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domingo, 6 de noviembre de 2016

Relato: Decisiones de la vida

Decisiones duras, que saben a gloria 

Limpió el cuchillo que aún derramaba sangre. Lo puso bajo el grifo de agua fría, y como si el agua se fuera a llevar todo lo que había hecho, dejó que la sangre se fuera por el desagüe poco a poco, sin que el tiempo pasase, solamente el agua. Después lo dejó en la pica, se secó las manos con el delantal de toalla que siempre le acompañaba, y sin un abismo de remordimiento miró el reloj y se sentó en la silla de la cocina. Se sentó enfrente del reloj como si esperase, o más bien como si el tiempo fuera lo único que le fuera a salvar, como si no se diera cuenta de la hora que era, aunque la tuviera delante. Como si tal cosa, se levantó, miró la olla exprés y vió que seguía su proceso, aún faltaba mucho para que estuviera a punto, aún tenía tiempo para descansar. Prefirió quedarse en la cocina, en la misma silla de la que se acababa de levantar, pero a Pepi le entró algo de hambre y cogió unos pistachos, quizás por hambre, por gula, por pasar el tiempo, pero no quitaba ojo al reloj.  A pesar de que el tiempo había de preocuparle hacía tiempo, ahora era su gran aliado. Se dormía con el tic-tac, sin prisas, sin preocupaciones, pero ahora, sí que tenía una gran preocupación y por eso estaba tan atenta al reloj de cocina, todo tenía que estar a punto, y para eso era necesario calcular algo de tiempo, aunque si no, siempre quedaba la opción de estar con los oídos alerta.

A la una y media llamaron al timbre de casa y se sobresaltó, levantándose de golpe de la silla, no esperaba a nadie y estaba tan absorta en ese tic-tac del tiempo, que ese timbrazo le devolvió a la realidad. Con toda la tranquilidad del mundo, pero sin fijarse por dónde pisaba, se dirigió a la puerta, sin recordar que el bebedero de agua, el barreño que utilizaba para que siempre tuviera agua para beber seguía ahí, con tan mala suerte que derramó todo el agua, dejando la casa peor de la pocilga que llevaba años siendo. Hubiera mirado por la mirilla, pero sus cataratas ya no permitían que lo hiciera, así que preguntó que quién era, como no recibió respuesta y escuchó que llamaban a otras puertas, maldijo por dentro a esos encuestadores o quien fuese, porque gracias a ellos ahora tenía que ir a buscar la fregona y solucionar todo el jaleo que había enredado, todo por levantase para nada.  Después de secar el suelo y poner unos diarios, volvió a su silla como si nada de lo sucedido hubiera ocurrido.  Antes de sentarse pensó que sería buena idea ventilar la casa, a pesar de estar en invierno, no era buen síntoma que el olor de la sangre y del cuerpo empezase a envolver toda la casa, así que pasó por el comedor y fue a abrir el balcón, colocó el sillón en la puerta, para que no se cerrase de golpe y miró todos los balcones del barrio. Un barrio obrero que tras cada balcón habría una familia que escondía miles de secretos, como ahora lo hacía ella. El frío le devolvió a la realidad y volvió a su cocina, a seguir comiendo pistachos. Cuando cogió uno, se fijó que en sus dedos aún tenía entre las uñas sangre y recordó lo que acababa de hacer. No se arrepentía, porque creía que se lo tenía más que merecido, pero sí que se sentía sucia. Pensó en prepararse un baño, pero ya no tenía edad para esos caprichos, ya que sabía que si lo hacía después, sin ayuda, no podría salir. Así que optó por darse una ducha, cuando iba por el pasillo un grito agudo le hizo retroceder y volver a la cocina. La olla exprés ya estaba dando síntomas de estar lista. Así que estaba preparada para hacer lo que nunca hubiera pensado que haría, pero lo tenía que hacer hoy o nunca. Aflojó el fuego. Salió al balcón y rebuscó entre las cosas de Antonio hasta que encontró lo que buscaba: el hacha. No sabía ni para qué tenían eso ahí, pero ahora le daría el uso que le debió dar hace tiempo. El comedor quedaría hecho una pocilga, y nunca mejor dicho, pero sería el mejor cocido que jamás hubiera probado. Le sabía mal que su Antonio nunca lo probaría.
Al cabo de unas horas, exhausta, pero recién duchada y lista para el gran manjar, le dio un beso a la urna que estaba encima de la televisión y se sentó en el sofá a degustar el caldo.
-        Por ti, Antonio. Sé que jamás hubieras martado a Porky, pero no podía más con ese cerdo.  Va por ti y no me lo tengas en cuenta, pero con este cocido, más lo que he congelado, tendré para aguantar todo el invierno. Además, te lo tenía dicho, ¿dónde se ha visto a un cerdo en una casa? El trabajo que me ha dado el marrano ese, ahora me toca disfrutarlo.  


martes, 23 de agosto de 2016

Relato: Las luces que guían tu camino


Las luces que guían mi camino: las estrellas

Las estrellas habían dejado de brillar, como si alguien  le hubiera dado al interruptor de la luz.  El silencio de aquella noche retumbaba entre todos aquellos testigos que vieron lo que ocurría. Esos puntos luminosos habían desaparecido sin más y había dejado un cielo desierto. Enseguida se corrió la voz por todo el valle, vecinos de todas las edades salieron con linternas, móviles, velas y todo tipo de luces. Todos contemplaban ese asombroso fenómeno de la naturaleza.

Un niño se deshizo de los dedos de su madre, adentrándose en la profunda negrura de la noche, sin temor a la oscuridad. Solamente había dado cinco pasos, pero no quería sumergirse más allá, sabía que la oscuridad se le podía comer y hacerle desaparecer. Al menos si no hubiera sido tan valiente, si no se hubiera soltado de la seguridad que da la mano de una madre, podría con todo. A pesar de ver muchas luces a lo lejos, no era capaz de distinguir a nadie. A pesar de escuchar su nombre, él estaba muy lejos, como si ya la voz  también hubiera desaparecido de su cuerpo como habían hecho las estrellas del valle. Quería contestarles, decirles que estaba ahí, que no se alejasen, que vinieran a por él,  pero lo único que salía de su boca era grito ahogado que formaba una nube de vaho.
Los dientes de la oscuridad empezaban a hincarse en todo su cuerpo paralizándole y haciendo que un líquido caliente resbalase por sus piernas, pensó que era la sangre, pero sabía que era su propio pis, delatando el miedo que corría por todo su ser.

Mientras la madre de Diego gritaba hasta desgañitarse, cada vez que pronunciaba el nombre de su hijo se escapaba un trocito de su alma. Sabía que en una noche tan oscura, sin que las estrellas ni la Luna fueran testigos, sería más complicada una búsqueda. Además, solamente dos o tres vecinos se habían dado cuenta de su desesperación, los demás seguían absortos en el paradigma de la oscuridad.     

El niño recordó que su abuelo le había explicado que para orientarse era bueno saber las constelaciones, saber dónde estaba la osa mayor, pero ahora de poco le servía en una noche que había querido zamparse a todas aquellas estrellas. Pensó en su linterna y en porqué no la habría cogido, simplemente por no ser rebelde y hacer caso a su madre. Si le hubiera llevado la contraria ahora estaría iluminado, como todos aquellos fantasmas del pueblo que eran puntos de luz.

La madre odió haber sido tan madraza, y se arrepentía de haberle dicho a su hijo que dejase su linterna que con la suya ya harían, que no se soltase de su mano. No hay nada como decirle a alguien, y  más a un niño, que no hagas tal cosa, para que le entre más ganas de romper esa barrera de prohibición. Y eso es lo que  la curiosidad de Diego había hecho, arrancando sus dedos de los suyos, alejándose de su vera.

Diego empezó a temblar, tenía frío, desconsuelo y mucho miedo. Empezó a llorar como si esas lágrimas fueran la solución, como si fueran el imán que atraería a su madre, y fuera a ir corriendo como en tantas otras ocasiones había funcionado. En esa ocasión no funcionaría. Miraba hacia arriba deseando que las estrellas se encendieran, pensando quién y por qué habría apagado el mejor decorado de ese valle frío y alejado de la ciudad.

La madre miró al cielo, se puso de rodillas y suplicó a quien pudiera estar allá arriba que le diera una pista, que se lo devolviera, que le diera la luz de su vida. A ella poco le importaban las estrellas, porque sabía que si hubiera seguido viviendo en la capital seguiría sin verlas. Sin embargo, lo que sí que hacía especial ese lugar era su hijo. Diego había nacido allí, siendo el fruto de un amor verdadero, hasta que el príncipe desapareció como esa noche lo habían hecho las estrellas y su hijo. Y ella no podía quedarse sin más estrellas en su vida, porque si no perdería el norte.

A las tres y dos minutos de la madrugada como si por arte de magia alguien encendiera el árbol de Navidad, todas las estrellas, miles y miles de ellas empezaron a entonar una melodía de luces, que sumado a los flashes, a las linternas y al brillo de las miradas de los vecinos, formó un baile de luces y colores que jamás se repetiría. Nunca nadie entendió ese fenómeno, pero cada 23 de agosto se conmemora la fiesta de las estrellas en el valle de las luces perdidas.

Desde entonces hay muchos vecinos que lo recuerdan como el día que estuvieron presentes, que hicieron fotografías, que lo retrasmitieron por redes sociales, pero, sobre todo hay dos habitantes que lo vivieron de una forma muy especial. Diego, un niño que aprendió a no soltar la mano de su madre, suave, templada y que le aportaría seguridad durante toda su vida. Sabiendo que esa mano no es solamente una protección es mucho más, es un te quiero en las noches más oscuras. También aprendió que no es de valientes adentrarse en un mundo desconocido, si después no tienes el coraje de continuar siendo un explorador. Supo que las mejores estrellas no están en el cielo, porque aquella noche desde la distancia vió que las estrellas habían bajado a buscarle y eran todos los habitantes de su pueblo.  
La madre no recordaría nunca el baile de luces y de colores, porque las lagrimas le impidieron ver qué ocurría. Ella solamente recuerda el galopar de su corazón al fundirse en el abrazo que más ardía, el abrazo de su estrella. Lo tenía justo al lado, pero no supo verlo con tan poca luz: los nervios hicieron que se moviera hacia todas partes, menos hacia donde estaba su verdadera estrella, la que guiaba su vida. 

Para todos fue una noche especial, porque todos tienen estrellas que brillan a su lado, más cerca de lo que se piensan. Brillen o no, si miras bien, si miras con los ojos de tu alma verás que iluminan tu alma cuando están cerca de ti.


domingo, 17 de julio de 2016

Relato: Una noche tonta


¡Mierda! ¡Vaya suerte la de aquel día!  

Ana llevaba meses sin salir de fiesta, ya casi ni recordaba la última vez que lo había hecho. Había estado anclada durante años en una relación, y si salía siempre lo hacía con él. De repente se veía con 36 años, sin pareja y sin experiencia a la hora de vivir la noche. Ese día salió con la única amiga soltera, la divorciada del grupo. Esa amiga estaba más que acostumbrada a salir y tenía ya un posgrado en la noche madrileña. Así que, era la mejor opción con quien ir de marcha, pero lo que no sabía era que su amiga llevaba tal carrera que, al poco de empezar la noche, en la tercera canción, desapareció con un chico. Ella no iba a renunciar a su gran noche, ya que había dado un paso importante haciéndolo, quería sentir la fiebre del sábado noche y darlo todo. Lo decidió, se iba a quedar, aunque estuviera sola. Sin embargo, bailar le encantaba, pero eso de hacerlo sola, no iba mucho con ella…  Y enseguida fue a la barra de la discoteca, y empezó a pedir cubata tras cubata, se los bebía como si fueran agua, pero más que agua eran vodka con naranja y no eran ningún zumo, para que se los bebiera de aquella manera. El exceso de bebida, la locura de salir, y el hecho de sentirse libre después de tanto tiempo hizo que sus bailes frenéticos le llevasen hasta donde estaba un chico muy apuesto. Un chico demasiado joven para ella, pero muy atractivo e interesante. Le resultaba muy apetecible. Así que, como el chaval parecía seguirle el ritmo y no paraba de bailar con ella todas las canciones que sonaban, una cosa llevó a otra y se acabó yendo a casa de él, acabando en su cama.  

Al día siguiente cuando Ana se despertó se sobresaltó al ver que no estaba en su casa. No sabía dónde estaba, pero se asustó más al ver que al lado suyo había un torso desnudo roncando como un cerdo, al verle la cara, recordó algunos fragmentos de la noche anterior y quiso morirse. No podía creer lo que había hecho. En realidad, no sabía si había llegado a hacer algo o no, pero no quería pensarlo, simplemente el hecho de saber que estaba en una casa ajena, mejor dicho, en una cama que no era suya,  le ponían los pelos de punta. Ella nunca había sido de esas que en la primera noche se va con el primero que encuentra, con un desconocido. Aparte de estar aterrada por su comportamiento, tenía un dolor de cabeza tremendo, la resaca estaba llamando a su cabeza y ella parecía no comunicar. Le entraron muchas ganas de ir al lavabo, pero no sabía ni siquiera dónde estaba el baño. Desde la cama observó por la habitación, pero era tan pequeña y tan recargada de posters que, pensó que se había acostado con un adolescente, por un momento se le pasó por la cabeza que quizás ese chavalín le habría traído a casa de sus padres, si era así entonces sí que se moriría ahí mismo.  No aguantaba más y salió a la aventura de adentrarse en una casa que no conocía, por suerte parecía que no había nadie, al menos solamente se escuchaban los ronquidos continuos del chico. Al salir de la habitación se encontró con un comedor pequeño que se comunicaba con la cocina americana, a la izquierda había una puerta y supuso que era el lavabo, se apresuró y fue a abrirla. Afortunadamente sí que era la puerta que llevaba al lavabo, un lavabo diminuto, con una pica, una ducha en la que solamente cabía una persona y un váter. Ni bidet, ni armarios, solamente estanterías debajo del espejo de la pica.  Respiró aliviada al verse que nadie más habría en la casa y que había encontrado el lavabo. Iba descalza, solamente con unas braguitas,  y no sabía si porque habría cogido frío, si por los nervios, si por el exceso de alcohol del día anterior o por qué, pero le entró un apretón. Unos retortijones hacían que se sintiera fatal. Era una lucha entre el dejarse llevar y el sentido común, quería aguantar hasta que llegara a su casa y evacuar tranquilamente. Sin embargo, cuando la naturaleza da señales evidentes no se pueden omitir... Se resignó y se dejó llevar, no podía evitarlo. Estaba la puerta cerrada, así que el chico no tenía por qué saber lo que estaba haciendo. Miró en el pequeño habitáculo, deseó que hubiera un ambientador. Si hubiera llevado su súper bolso de diario, hubiera podido sacar una colonia fresca que siempre llevaba, pero llevaba un bolso tan diminuto que solamente cabía el monedero y poco más. Se maldijo porque no encontró ningún ambientador, pero vio un desodorante y eso le serviría para engañar el ambiente. Le alivió localizarlo, porque echaría desodorante y todo solucionado. Mientras investigaba con qué iba a perfumar la estancia, ella seguía a lo suyo sin poder remediarlo. Se moría de vergüenza por estar haciendo lo que hacía, pero no podía controlarlo. Pensó en que si el chaval por un casual se despertaba, lo primero que haría sería ir al lavabo y se encontraría que una desconocida estaría cagando en su trono, porque si el chico también iba tan borracho como ella podía ser que ni la recordase… ¡Sería terrible! Pero, y si el chico iba sereno y alguno de sus encantos le habían encandilado, se le borraría por completo con la imagen que vería. ¡Buuuf! Tenía que darse prisa antes que alguna de las dos situaciones, a cuál más patética y bochornosa, ocurriese.
Terminó y por suerte el yogurín no se había despertado, seguía escuchando la orquesta que provenía de la habitación. Echó el desodorante y tiró de la cadena, pero para su sorpresa no salió ni una gota de agua. Pensó que le habría dado mal y volvió a apretar el botón, y nada de nada. Quiso mantener la calma, aunque su cara era de pánico, no podía ser que no funcionase la cisterna. No quería estropear una casa ajena, pero levantó la tapa de la cisterna y vió que todo estaba en orden. Después de varios intentos más de darle al botón de la cadena,  y que no le hiciera ni caso, abrió el grifo del lavabo y nada, abrió el grifo del agua caliente y tampoco. Fue a la ducha, ya con desesperación, y tampoco salió nada de nada, ni siquiera un intento, ni un ruido, las tuberías parecían estar vacías. Ella nerviosísima se preguntaba que por qué había tenido que salir esa maldita noche con lo a gusto que hubiera estado viendo una película en casa, que por qué había tenido que beber tanto, que por qué había acabado ahí y por qué le tenía que pasar eso a ella. Pero, ¿Con quién se había acostado? ¿Pero quién no tiene agua en el lavabo? Todas esas preguntas y muchas más le rondaban por la cabeza, cuando las lágrimas de impotencia ya asomaban por sus ojos, se le ocurrió ir a la cocina, recordó que estaba al lado. Cruzó los dedos para que allí sí que funcionase el grifo, pero la suerte no estaba de su lado. No podía ser lo que estaba viviendo, no podía creérselo. Por un momento se quedó mirando la nevera sin saber qué hacer, y en esa nevera podría estar la solución. La abrió sin pensárselo dos veces y busco por todas partes, aunque no le costó mucho, porque estaba casi vacía, quería encontrar líquidos para echarlos en el váter. Sin embargo, con una lata de cerveza y un tetra brick de leche no podría hacer mucho, y menos sin presión. No resultaría y no era plan de hacer un mejunje y estropear más la cosa, a ver si iba a ser peor el remedio que la enfermedad. Entre tanto nerviosismo, impotencia y malestar no sabía qué hacer.

Se fue corriendo a la habitación, suerte que iba descalza y no hacía casi ruido, así el chico seguiría en sus sueños sin darse cuenta de su presencia, al menos esa era su intención. Cogió deprisa su ropa desparramada por el suelo, los zapatos y el bolsito y salió de la habitación. Antes de cerrar la puerta, se le quedó mirando y vió que dormía tan plácidamente que parecía un angelito, se sintió culpable y le susurró desde la puerta que lo sentía, y salió de la habitación, pero cuando estaba cerrando la puerta poco a poco, el corazón se le paró cuando él dejó de roncar y como si le hubiera escuchado se giró, pensó que le diría algo, quería volverse invisible, esperó… 1, 2, 3 y al poco volvió a escuchar la respiración profunda de un dormilón como era aquel. Sin respirar, cerró la puerta y salió, en el comedor, respiró aliviada y con un gran suspiro pareció recobrar la serenidad, pero sin demorarse más se vistió lo más rápido posible. Los zapatos al llevar tacón prefirió ponérselos en el rellano. Con prisas cogió la puerta y la abrió. Con la única mano libre, en la otra llevaba sus zapatos y el bolsito, empezó a cerrar la puerta poco a poco, con cuidado, para que el chico no se despertara. Al cerrar la puerta, con el corazón a mil se apoyó en la puerta, para cerciorarse que no se abriera o más bien para tomar aire y apoyarse a la hora de calzarse. Con los zapatos ya puestos se dirigió al ascensor, no sabía ni en qué piso estaba, vió que en la puerta había un cartel:  
“Atención:  

Domingo 10 de julio corte del suministro del agua durante todo el día en todo el edificio. Sentimos las molestias.”  

sábado, 25 de junio de 2016

Relato: Besos

Besos


“Besos, ternura, qué derroche de amor, ¡cuánta locura!” y, venga, otra canción con la palabra besos. No quiero ni escuchar hablar de esa absurda palabra, y desde hace un mes la escucho por todas partes, como si me estuviera volviendo loca. Vaya donde vaya, sean canciones antiguas o no, en todas partes suena esa maldita palabra, la palabra que sella el amor entre los labios, pero que cuando no es correspondido hace mucho daño.

Mi primer beso recuerdo, ya hace bastante de eso, fue con Juan Carlos, el vecino del cuarto, y me dio mucho asco. Tanta saliva, tanto jugueteo con las lenguas. Fue una sensación muy desagradable, casi llego a ahogarme con su lengua, incluso le tuve que decir que parase. Desde entonces fue muy incómodo encontrarnos en el rellano, no nos mirábamos a la cara. 

El segundo beso no estuvo nada mal, no fue con él, porque después del primer beso, nuestra relación fue mucho más fría, quizás por mi reacción o ves tú a saber. La cuestión: es que el segundo beso fue con un chico del instituto. Aquel beso, no estuvo mal, pero nada del otro mundo, quizás porque el chaval en cuestión solamente me hacía algo de tilín, pero no había sentimientos de verdad. Simplemente era un chico que me atraía, además de ser uno o dos años mayor que yo, la cual cosa le daba más morbo sumado a su experiencia, fue un grado que hizo que fuera mucho mejor que la primera vez. 

El tercer beso, eso ya fue otra cosa, con ese aprendí a saborear los besos, a no desengancharme y a disfrutarlos. Quizás, porque fue un novio que tuve en la universidad, tenía más edad, y más experiencia en todos los aspectos, y…porque estaba enamorada realmente de él. No era un simple pasatiempo, sino que cada vez que lo veía mi corazón aceleraba, si lo escuchaba me acaloraba, así que cuando los besos hacían acto de presencia eso era ya todo un espectáculo. 

Pero, ahora los besos me matan. Esos que tanto me daba, esos fuegos artificiales que vivía mi alma al sentir sus labios, ya no los recibo yo. Quiero ser la destinataria de esos besos, sin embargo no recibo respuesta alguna. Lo peor es que veo en mi propia cara como es otra quien ahora es la afortunada de sentir sus labios, mientras yo me desangro por dentro. No puedo remediarlo, me siento engañada, dolida, y enfadada conmigo misma. Porque, a pesar de todo, aún quisiera sentir sus labios, a pesar de lo que sé, y, a pesar de lo que veo.Ya que quizás, como para creérmelo, me quedo mirándoles desde la lejanía, siendo testigo de ese amor, en el que yo antes era protagonista. Y, mientras vivo engañada, no por su traición, sino por mí, mientras les miro, pienso que ella soy yo, y es que algún día lo fui.  

Y ahora que él no quiere saber nada, y ahora que él besa a otra, parece que las canciones sobre los malditos besos se hayan puesto de moda. Y, si no es que mis oídos solamente se fijan en esa palabra. Esos besos que tantas alegrías me habían dado, y que triste me hacen sentir ahora. ¡maldita casualidad! ¿no podrían haberse puesto de moda cuando yo estaba con Manuel tan a gusto? ¡No! Se tienen que poner justamente ahora. Entro en un bar y suena una, y después otra tras otra. No me queda otra que hacer como que no la escucho y meterme de lleno en la conversación con los míos.Sin embargo, me tengo que hacer la fuerte, ponerme la máscara y concentrarme, para anular todo sonido ambiente que tenga connotación con aquellos besos. Aunque me da la sensación que si no sellan mis labios con la palabra prohibida, me voy a volver aún más loca de lo que estoy. Y, es que yo, eso es lo que quiero, besos.    





domingo, 24 de enero de 2016

Relato: Tras el payaso

La felicidad que da un payaso 

Soy Willy y me declaro culpable, culpable de despertar sonrisas a niños que lo necesitan. Siempre he querido hacerlo y ahora que tengo cuarenta y cuatro años parece que lo he conseguido. No sé si soy feliz, porque eso es muy relativo, pero sé que cuando veo esas miradas ilusionadas, esas risas contagiosas y  esos aplausos suenan tan fuerte, parece que si algo de tristeza albergaba en mí, desaparece, aunque sea por esos momentos de felicidad contagiosa.  Saber que soy  el culpable  de esa felicidad me genera un  orgullo que nadie puede  quitarme.

Puedo tener a toda mi familia en contra por decidir ser quien soy hoy día, pero no me arrepiento de la decisión que tomé y mucho menos de acabar siendo quien soy. Para mí dedicarme a lo que me dedico es todo un orgullo y puedo decir en voz alta y gritando a los cuatro  vientos que soy un payaso, un payaso  que  lleva la cara pintada, la ropa de colores y  que con la máscara de la alegría y  mis múltiples  locuras hago que esos niños que están atados día y noche a un hospital, se olviden de dónde están, de las caras tristes de sus familiares y del dolor.  

Hubo un antes y después, para que al fin viviera sin miedos, sin inseguridades, después de aquel día en que todo cambió, me dí cuenta que ciertamente mi vocación era real, a pesar de llevar años creyéndolo. Algo hizo que  con más fuerza aún  mi alter ego de payaso  me sacase del pozo: de eso donde tanto tiempo había estado solo, pero luchaba por mi sueño, ser quien soy, a pesar de todo.  Y puedo decir bien alto que valió la pena, porque  al final el tiempo me dio la razón, y como tantas otras veces, mi profesión dio tanto y siguió ayudando.

Esa mañana como tantas otras me llamaron al teléfono de empresa, para ir al Clínico. Había un caso de un paciente que quería verme, yo sabía que normalmente en ese hospital no había niños y me extrañó mucho  que solicitasen mis servicios, sin embargo, tampoco iba  sobrado de trabajo, como para rechazar cualquier oferta laboral. Además, era todo un lujo que  quisieran que fuera especialmente yo. Cuando finalicé la llamada, me dispuse a preparar toda la ropa- no tenía coche y por muy orgulloso que estuviera de mi trabajo no me apetecía ir  ya vestido de payaso, prefería, desde que me había adentrado en este mundo, cambiarme en el lavabo de la habitación, aunque rompiera un poco el encanto y me vieran tal y cómo soy: calvo, bajito, con gafas y sin nada de pinta de ser el loco payaso Willy.  Llegué a la hora que me dijeron, casi con el tiempo justo para entrar en escena, antes de ello la enfermera, como siempre hacían, me quiso poner en antecedentes: Estábamos ante un caso de un enfermo terminal, le quedaban semanas, pero quería  evadirse del mundo. Decía que con tanta morfina estaba un poco  adormilado, pero  sino la tomaba era incapaz de soportar los dolores  que esa enfermedad le generaban.  Yo asentí y preparé el número de las ilusiones y los sueños, al menos, ya que quizás era la última vez que esa persona  iba a ver un espectáculo que fuera el más mágico y pudiera pedir los sueños que no se le habían cumplido.  
Me pareció raro que no me dijeran el nombre, ni la edad del paciente, simplemente era un varón de edad avanzada, pero con ilusión de ver un gran espectáculo y sabía que  yo era uno de los mejores.

No hay nada más triste que ver a un payaso  llorando, pero en cuanto entré por esa habitación y ví a ese  hombre en la cama, con un pijama y con la mirada perdida, por muchos años que hubieran pasado, lo reconocí. Mi padre, quien tanto  había renegado de mi profesión, quería verme actuar ante él, solo para él.  Tantos años sin querer hacerlo y su último deseo era verme en  acción. Me sentí traicionado por el tiempo perdido, por la situación y porque no sabía  si lo que quería era reírse de mí, o era cierto que estaba, aunque fuera un poco, orgulloso de mí. Principalmente lloré por saber de él, por saber  que le quedaba poco tiempo y que habíamos desperdiciado el tiempo: por rencillas, por desacuerdos, por ser cada uno como somos. Testarudos, cabezones, orgullosos, sin dar el brazo nunca a torcer, todo eso había hecho que se hubiera  abierto una brecha, donde la distancia del tiempo hizo de las suyas.  Mis lágrimas seguían haciendo de las suyas  y el maquillaje enseguida sería un borrón, una mancha que desdibujaría la sonrisa pintada con cera de color rojo. Intenté controlarme y ser un profesional, no sé si la enfermera estaba enterada de quién era yo, y no quería que mi reputación  quedase por los suelos, me jugaba más contratos. Pero sé que si me habían llamado de ese hospital había sido por ese paciente, ese que al verme, al contrario que yo, dibujó una sonrisa y abrió los brazos esperando un abrazo  que nunca llegó. Me olvidé del payaso loco y divertido que era,  de mi traje coloreado, y solamente recordé: el dolor pasado, la soledad, la incomprensión,  y solamente veía a un hombre que no había estado a mi lado y que pretendía que ahora yo le abrazase  como si el cariño, que sí que lo tenía  si no, no hubiera arrojado esas lágrimas de niño pequeño,  permaneciera  ahí como el día que me echó de casa por decirle que quería ser payaso.   Los años habían pasado, yo había cumplido mi sueño, pero con un fuerte sacrificio, por tanto no era tan completo  como hubiera deseador, la perdida de mis padres, de mi familia, de su apoyo, de su cariño, de saber qué eran unas Navidades en familia, de  saber qué era un abrazo en los momentos en  que más lo necesitas, y ahora él solamente me pedía uno de esos abrazos que tanto yo había anhelado, pero estaba paralizado.

Me tuve que quitar la nariz  de espuma, para sonarme los mocos, se estaba empapando, suerte que llevaba de repuesto. La enfermera al notar la tensión que se respiraba en la habitación y al ver que  algún vínculo nos unía, se esfumó diciendo que le parecía escuchar el timbre de otra habitación.  Casi agradecí quedarme a solas con él, el gran desconocido, el conservador e intolerante padre que nunca perdonó  que su hijo, yo, no siguiera sus pasos y se dejase llevar por su vocación. Me quedé mudo, serio, y me alegré de que las lágrimas hubieran borrado la sonrisa de mi máscara. No estaba como para sonreír, ni para hacer el numerito, pero tampoco quería echarle toda la mierda acumulada que  me hubiera gustado echarle, porque entendí que  ese hombre, mi padre, no estaba en condiciones de rebobinar y   recuperar el tiempo perdido, lo único que le faltaba era tiempo. Además, la rabia, la impotencia y el no esperar encontrármelo ahí, hizo que me convirtiese en un mimo paralizado ante la situación. Entendí que aunque  mi número no fuera  bueno, por no decir  que no había número, entendí que ese hombre  no quería vivir un último espectáculo, quería recuperar los abrazos perdidos.    Mientras yo estaba estático y observándole, y  no paraba de darle al pañuelo,  él en ningún momento se rindió, en ningún momento bajó  los brazos, ni hizo desaparecer su sonrisa, ni se apagó la ilusión de su mirada.  Al final, ante esa mirada de niño perdido en cuerpo de un anciano, me rendí y le abracé. Si  era payaso era para hacer feliz a los demás, llevaba el traje y tenía que comportarme como lo que era, un payaso que  es sumiso ante los deseos de los demás, abnegándose a los suyos.  Cedí y no sé cuánto tiempo  estuvimos abrazados como si de esa manera  pudiéramos retroceder al pasado y  recuperar todos los que no nos dimos. Me reconfortó, pero a la vez  me sentí triste por no haberlo hecho antes, por saber dónde estábamos y recordar las palabras de la enfermera, sabía que le quedaban meses, semanas ó días, quién sabe y él había querido verme.  
Cuando nos soltamos me pidió que me sentase en la cama,  me hizo saber lo mucho en falta que me  había  echado, me puso al día y  me dolió mucho enterarme que mi madre no estaba con él, porque  había fallecido hacía dos años. Mi cara era de rabia, de dolor, de incredulidad,  ¿cómo podía ser que nadie me hubiera avisado?. Al menos me hubiera gustado despedirme de ella. Tenía ganas de salir huyendo y dejarle solo, tal y cómo e´l años atrás me había dejado, no se merecía ni mi respeto, ni mucho menos mi compasión. Mi padre se estaba sincerando, demasiado, y la verdad escocía mucho, demasiado para una vida como la mía. Él relatándome  todo lo que  contaba también  iba perdiendo la voz, el cansancio, el recuerdo y  la culpabilidad de no haber sido cómo debería  haber sido para un hijo hacía que  se fuera debilitando cada vez más… y los sentimientos empezasen a aflorar. Sentía que todo  lo que  me decía lo decía de verdad,  me extrañaba ver a un hombre tan mayor llorando, pero más aún saber que ese hombre enfermo que no tenía perdón,  me lo estaba suplicando.  Yo era incapaz de mirarle a la cara, me daba pena  verle en esa situación,  pero me daba asco todo lo que me decía, porque  por mucho que  se le partiera el alma, a mí me la estaba machacando. Entre lo cansado que estaba el paciente y  lo harto que estaba de escuchar a ese loco anciano, cogí  mis bártulos y me fui, sin otro abrazo, sin una despedida y  sin mirarle. Me daba la sensación de estar perdiendo el tiempo, dedicándoselo a una persona que no se había arrepentido de nada,  y que solamente  ahora que estaba ante el abismo de la soledad y la muerte, solamente ahora era  capaz de recordar que había tenido  un hijo.

Ese día fue un shock enterarme de tantas noticias sucedidas durante tantos años en un par de horas.  Enterarme de  todo lo que me había perdido, saber que no tenía madre y que casi no me quedaba padre. Mi cabeza no paraba de darle vueltas a todo,  saber que había sido mal hijo por elegir un camino con el que mis progenitores no habían estado de acuerdo, solamente una decisión sobre mi propio  camino hizo que me desterrasen de casa, de la familia, del cariño.  Hacía  años, más de veinte que  no sabía nada de ellos, y en un acto de  redención, de culpabilidad, de irse en paz,  mi padre  contacta con mi  empresa para verme como payaso: el  hilo  que  cosió nuestra separación. 

Esa noche no pude dormir, no paraba de darle vueltas a todo lo que me había dicho, todo lo que había vivido y no sabía qué hacer. Mis ojos estaban hinchados, mi cabeza era un tambor que no paraba de retumbar palabras y yo era un manojo de nervios. En mi foro interior sabía que  como buen cristiano, como hijo, como ser humano con sentimientos, debía perdonarle, pero era todo tan  reciente, tan difícil de superar que no sabía  si  hacerlo o no, porque en cierto modo, para mí, aunque fuera mi sangre, aunque algo de cariño perdurase, era un extraño que había  hecho que me encontrase muchas espinas doloras en mi camino y  que nadie me las curase, había permitido que estuviera solo, sin familia. Y ahora egoístamente quería recuperar al hijo que alguna vez tuvo, pero del que se desprendió en cuanto quiso  ser valiente y llevarle la contraria. Ahora que  se ve solo en una cama, quiere el perdón, no quiere morir solo, pero yo soy  incapaz de  perdonar, aunque  fuese lo que tuviera que hacer. 

En algún momento de la madrugada me debí  dormir, pero me desperté como si me hubieran pegado una paliza. En cierta manera la paliza me la habían pegado  el día anterior, una de esas que no se olvidan y hacen mucho daño:  sicológicamente , moralmente y  en el corazón. Estaba  roto, no sé  ni de dónde había sacado las fuerzas  para levantarme, debieron ser las ganas de tomarme mi café matutino. Me  lo tomé a solas, en silencio  y una voz interior me dijo que me olvidase del pasado, porque ya no se podía hacer nada y que fuera a ver a ese hombre que tanto me necesitaba, si lo hacía por los niños también lo podía hacer por él, me tenía que olvidar  de quién había sido ese hombre y pensar en quien era: un hombre a punto de morir, sin familia y que quiere cariño.

Me vestí corriendo: unos tejanos y una camisa blanca, y antes de que  cambiase de idea, tenía que hacer caso a  mi conciencia, seguro que era lo mejor que podía hacer.  Subí a la séptima planta y busqué la habitación 704 pero cuando entré ya no había nadie. Había llegado demasiado tarde y me derrumbé, se había ido sin que yo aceptase su perdón, sin darle  otro abrazo y sin hacerlo feliz.  La enfermera  del día anterior entró  en la habitación y al verme casi desmayado en el suelo, se preocupó, me incorporó y  me dijo que quién era yo. Por lo visto no recordaba la  corta conversación antes de convertirme en payaso, y con ropa de calle no me reconocía.  Le conté que era el hijo de Juan Antonio, omitiendo  que era el payaso del día anterior  - si quería atar cabos que  lo hiciera ella sola-.  Entonces  se me quedó mirando cómo interrogándome con la mirada, extrañada de no haberme visto antes por ahí, después de unos segundos de sentirme muy  observado, me dijo que esperase un momento y se fue. Pensé que iba a avisar a seguridad, así que antes de que viniera alguien me escapé por el pasillo. Cuando estaba avisando al ascensor alguien me llamó por mi nombre de pila, me giré instintivamente, sin esperar a nadie conocido por ahí. En una de esas butacas enfrente del ascensor, con la luz de los grandes ventanales  que daban a la playa, estaba mi padre, con el oxigeno colgando de un palo, con el pijama y  la mirada ilusionada de quien ve a un hijo  que ha recuperado.  Mi cara fue  la de ver a un fantasma, demasiadas emociones para  quien lleva una vida tranquila como yo. Sin embargo, una vez recuperado  del shock, fui corriendo a abrazar a ese hombre que con los años había recuperado la cordura y había asumido que se había equivocado,  había querido que estuviera allí con él, no podía abandonarle.  Willy tenía que hacerle feliz, porque para eso era un payaso. 

No me arrepiento de la decisión que un día tomé, a pesar de haber sacrificado muchas cosas,  ya que me ha dado más satisfacciones que  penas. Ahora  si  cabe, valoro aún más mi profesión. A veces, cuando recuerdo aquel episodio en mi vida, ahora ya hace más de cinco  de aquella casualidad que reconcilió con la vida, pienso que tal vez el impulso de aparecer en el hospital no fuera por mi conciencia, sino que fue  mi otro yo, Willy, mi alter ego, quien habló por mí y  me guió hacia la buena obra de mi vida. La mejor que he hecho y  la que día a día, dibujando sonrisas me hace ser mejor persona.







domingo, 9 de agosto de 2015

Relato veraniego

EL INTRUSO  

Lo maté. Sí, lo maté, lo confieso. Lo asesiné con alevosía, con ganas, y lo mejor, dormí muy a gusto, sin remordimientos, simplemente dormí como no había hecho desde hacía tiempo. Después de matarle fue como si me hubiera sacado un peso de encima. Dormí de maravilla.

El verano había llegado y hacía tanto calor por las noches, que tenía que dejar las ventanas abiertas, para que entrase algo de aire. Era algo insoportable, un calor pegajoso y el aire de la calle era casi inexistente, pero mucho mejor que estar encerrado entre cuatro paredes sí que se estaba. El calor  no me dejaba dormir a gusto, lo único que conseguía era sudar y dar vueltas y más vueltas en la cama, hasta acabar deshaciéndola. Esa noche, más bien, esa madrugada, ya estaba medio adormilado, había ganado la batalla al insomnio y al calor, y de repente, lo escuché. Tenía un intruso en casa, concretamente, en mi habitación. No me asusté,  para nada. Simplemente, con mi mal despertar, se iba a enterar de quién era yo. Tengo muy mal despertar, muy mala leche, y encima si me desvelo ya no puedo volver a dormir. Así que, no me quedó otra que hacer guardia. Sabía que el intruso, por mucho que se escondiese seguía ahí, así que, a riesgo de volverme paranoico estaba haciendo guardia, alerta, esperando un falso movimiento de éste para actuar. Sabía que continuaba en mi alcoba, porque no había podido escapar. Me puse la almohada en la espalda y me senté en la cama, con las piernas cruzadas, como si estuviera haciendo meditación, aunque precisamente relajado no estaba. Me quedé esperándole, como un pasmarote, en esa posición tan extraña para la hora que era, pero sabía que tarde o temprano caería, solamente tenía que estar muy atento. No encendí la luz, porque con la luz que se colaba de la farola ya estaba suficientemente iluminado, una luz tenue, pero perfecta, para hacer lo que estaba deseando realizar, sí, matarle. En cuanto tuviera la oportunidad lo haría, en silencio, con el único testigo de esa farola, que sé que no diría nada y si lo hacía me daba igual, solamente estaba cegado por conseguir mi objetivo: acabar con él. 

No estaba loco, estaba cabreado, enfurecido, y todo empezó a cuadrarme: entendí que ese intruso no era la primera vez que me visitaba, estaba convencido que otras noches había estado ahí al acecho. Entendí el porqué de mi cansancio por las mañanas, yo no es que durmiera mal por culpa del calor, que también, sino que, estaba siendo acosado, atacado, irrumpiendo mi sueño y mi intimidad. Ahora que sabía todo, sabía que él era el culpable de todos mis males se iba a enterar, era yo quien estaba tras él. Aunque ahora se hiciera el silencioso,  el invisible, cuando menos se lo esperase, acabaría con él.  Recordé que tampoco tenía que ser muy cruel, que no tenía que mancharme las manos de sangre. No quería ensuciarme, ni gastar mucha energía, simplemente acabar con él. Recordé que había una solución más directa, silenciosa como él, pero efectiva. A los cuatro vientos grité: “ ¡Quién avisa no es traidor!” Alertando al intruso para que se fuera, más bien como un pequeño acto de compasión, aunque sabía que por mucho que le dijera, aunque le hubiera dicho que sería su última noche con vida, no me hubiera creído y hubiera seguido ahí, ajeno a mis voces y persistiendo en su afán de ser lo que era, un intruso. 
Rápidamente, después de mi grito, salté de la cama y con una risa maquiavélica, abrí el cajón, saqué mi arma letal y la conecté a la corriente. Enseguida empecé a notar el suave y dulce olor a la muerte. Nunca más volvería a picarme, ni ese, ni otros de su calaña. Me sentí tonto por no haber recordado hacerlo antes de abrir la ventana, pero ahora me reía muy a gusto y estaba listo para descansar sin interrupciones.