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sábado, 20 de agosto de 2016

Mi querido gato Pichi: Siempre en el recuerdo

MI QUERIDO GATO PICHI


Siempre en el recuerdo 


Pichi tumbado en el sofá

 Esta semana, el día 16 de agosto, nuestro gato Pichi nos dijo adiós. Después de 16 años, con sus buenos y malos momentos, nos abandonó. Todavía no me hago a la idea, y el hecho de no convivir con él, me da la sensación de que aún está en casa de mis padres. Pero, cuando voy a verles, sin querer, me da la sensación de que va a aparecer sigilosamente por ahí, para ir a comer, para saludar, para cotillear a ver quién ha venido, para jugar.. sin embargo, no aparece y no es porque esté durmiendo, si no porque no aparecerá más.

Cuando me hago un poquito a la idea, resurgen sentimientos y me da mucha pena, no poder volver a verle, no poder volver a cogerle, acariciarle, notar su ronroneo cuando le peinaba, no poder jugar con él, no notar su lengua rasposa cuando me daba besos, no.. Todo son acciones que no podré volver a hacer, ni sentir con él. Son muchos años, muchos recuerdos, muchas anécdotas y vivencias en las que ha estado presente. 

Un verano del año 2000 fui con mis padres a una aldea de Guadalajara, lugar donde nació mi padre y donde nació Pichi. Allá aquel verano lo conocimos. Era un gato pequeñito, que cabía en una mano y tenía muchas ganas de jugar. Al final, nos conquistó y nos lo trajimos a Barcelona. Un viaje en el que se portó muy bien, todo el viaje durmiendo.  Era muy pequeño, blanquito, con su mancha oscura en el lomo, sus ojos verdes, sus orejas puntiagudas, su nariz marroncita aterciopelada y sus uñas como alfileres. Dormía conmigo en la cama y jugaba mucho-

Recuerdo que le cortaba las uñas, aunque no le gustaba nada que lo hiciera, pero era bueno para él y para nosotros. También recuerdo que fue perdiendo los dientes de leche y  nos lo íbamos encontrando por casa. Después le fueron creciendo otros dientes.  

Cuando perdí la vista, él fue un gran apoyo para mí y sabía saborear mis lágrimas saladas, sí, con su lengua salada me daba ánimos, para que supiera que él estaba ahí. Tuve que dejar de cortarle las uñas, porque ya no me atrevía a cortárselas, es lo que tiene no ver bien. A pesar de ello, los mayores arañazos me los llevé viendo, aún tengo alguna cicatriz, recuerdo para siempre. Después de no ver siempre tuvo mucho cuidado, aunque algún que otro mordisco o clavada de uñas me llevé, pero nada comparado con los arañazos que me hizo en su momento viendo.    

Miles de recuerdos se agolpan a mí ahora que no está. Navidades junto a él, cuando olía que había gambas frescas él salía para ver si le caía alguna. Su época de gato gordo, pensando más de ocho kilos, pero estando atlético como un campeón, subiéndose por las mesas. Los viajes con él, no le gustaba ir dentro del trasportín, pero cuando llegábamos al destino hacía de pequeño explorador. 

Pichi se sintió un poco relegado a un segundo plano cuando llegó Kenzie. No entendía cómo me había ido y al volver aparecía en caso con un cuatro patas tan grande, aparecía un perro en su casa, que lo que quería era ir a por él y olerle, eso a él no le hacía mucha gracia. Además pasaba más tiempo con Kenzie que con él y me la llevaba a todas partes. Él pensó que le había cambiado, y empezó a distanciarse un poco de mí. Sabía que si se acercaba a mí, y sobre todo si lo cogía, la peluda ladraba porque estaba celosa. Yo estaba dividida, porque quería a Pichi y no podía evitar cogerle, para darle abrazos pero entendía que Kenzie sufría.  
Pichi con Kenzie a su lado



Después al irme de casa de mis padres, él nunca me olvidó, porque sabía quién era. En cuanto lo llamaba venía, si acercaba la cara me hacía una limpieza de cutis, y a veces solamente iba para jugar con él, ya que él lo necesitaba y yo también disfrutaba viéndole jugar. Otras veces, iba y le daba una buena pasada con el peina y él lo agradecía.

Quizás, por haber estado tiempo alejada de él, por no convivir junto a él, es por ello que aún no me hago a la idea, y me da la sensación que aún está en casa de mis padres. Cuando voy a ver a mis padres, me da la sensación que debe estar durmiendo escondido en alguna habitación, en alguna silla, pero al cabo de un rato y ver que no aparece para saludar, para cotillear quién ha venido, que no sale para comer, me doy cuenta que se ha ido y no aparecerá.
Mis padres al haber estado viviendo con él lo llevan peor. Echan en falta las noches en las que no aparece para dormir con ellos, las siestas en las que no se coloca encima, los madrugones que les hacía despertar, para pedir comida. Lo buscan y no lo encuentran, porque ya no está ahí.

Poco a poco nos tenemos que ir haciendo a la idea, pero el nombre de Pichi siempre nos recordará a nuestro gato que estuvo 16 años a nuestro lado.


 
Yo con PIchi en brazos
Abrazando a Pichi y los 2 mirando
Carta a mi gato Pichi

Aún no me hago a la idea de que te hayas ido. Sé que has aguantado como un campeón, algo te pasaba y no supimos entenderte. Aunque hubiéramos sabido lo que te pasaba, no sé si hubiéramos podido ayudarte, porque los años ya te pesaban. Espero que, al menos te quedes con los buenos recuerdos. Nosotros así lo haremos. Yo me quedaré con las últimas veces que te ví, en las que dando unos golpes encima de la mesa con el peine, allá donde estuvieras lo escuchabas y enseguida dabas un salto y te subías a la mesa, para que te peinase y tú me regalabas esos ronroneos que significaban que te encantaba que te cepillase, sobre todo debajo de la barbilla, y tú estirabas el cuello todo lo que podías, para que siguiera rascándote con el peine y seguías ronroneando y me animaba a continuar.  
Nos has dejado un gran vacío: en ocasiones pensamos que debes estar dormido en alguna habitación, escondido, tranquilo, tal y como te gustaba a ti, pero cuando pasa un rato y no apareces volvemos a la realidad. La mama el otro día contaba que al volver de comprar y traer las bolsas y que no apareciese, se daba cuenta que ya no estabas y se le cae el mundo encima al darse cuenta. Sí, porque tú eras un cotilla de mucho cuidado, y siempre que se escuchaba algún ruido, sigilosamente te acercabas para ver qué pasaba, y sobre todo si el ruido era de bolsas venías corriendo. 
Estos últimos meses con tus maullidos incesantes, pensábamos que era tema de la edad como nos habían comentado, ya que te movías como un jovenzuelo, comías y no tenías ningún síntoma. Pero, creo que era tu manera de decirnos que no te encontrabas bien, fuese como fuese, dejando al margen esta última etapa, que espero que no nos la tengas en cuenta, espero que allá donde estés te quedes con un buen recuerdo de tu familia.
Hemos vivido muchas cosas juntos, siempre has estado ahí. Regalándonos buenos momentos y otros no tan buenos con tus travesuras, pero, ¿sabes qué? Olvidaremos todas las veces que nos despertaste, que tiraste cosas al suelo para jugar, las cosas que rompiste, los arañazos y mordiscos que nos diste, y nos quedaremos con todo lo bueno, porque ahora echamos en falta: tus carreras nocturnas, tus maullidos, tus ganas de jugar y tirar todo. De los arañazos nos quedamos con la cicatriz, pero la herida que costará cicatrizar será la de tu ausencia. A pesar de  no hablar, se te notaba, sabíamos que estabas y tú notabas cómo estábamos, dejándonos a solas cuando lo requeríamos, dándonos besos con tu lengua áspera, para que supiéramso que estabas en los momentos más bajos y durmiendo en nuestros pies.  
Ahora al menos queda el consuelo que no sufres, que te has ido al cielo de los gatos, pero que no has querido irte sin despedirte, y por eso querías que los papas estuvieran en tu último aliento, y ellos estuvieron ahí haciendo todo lo posible, para que no nos dejases, pero a veces no se puede hacer nada.

Quédate con todo el pienso que has comido, con todas las latitas, con todas las gambas que has comido y te dábamso a trocitos. Quédate con todos los abrazos, las caricias, los masajes y las pasadas de peine. Quédate con todas las veces que hemos jugado, con un hilo, con una cuerda o con una pelotita hecha de papel de plata, yo te lo tiraba y tú enseguida venías para rematar. ¿Y recuerdas? Con la cuerda hasta te ponías de pie tú solito y empezabas a darle con toda tus fuerzas como si fueras un pequeño boxeador, un campeón como lo has sido hasta el último momento.  
Quédate con todos los sueños que hemos compartido durmiendo juntos. Las siestas con papa, dormir por la mañana junto a mama cerca de su cabeza, y dormir conmigo en aquellos primeros tiempos. Siempre has estado velando por nosotros mientras dormíamos, eras el guardián de nuestros sueños. Siempre a nuestros lado.

No solamente nosotros te echamos en falta, el loro ahora te recuerda y me dicen que maúlla y seguro que el no verte pasar cerca de su jaula también se le debe hacer extraño. La Kenzie aunque no haya  ido a casa de los papas, creo que también lo sabe,  y ahora entiendo porque la última vez que estuvimos Kenzie y yo en casa, sé porque no te fuiste al verla pasar, te quedaste ahí quieto, la oliste y le diste un beso y después a mí. ¿Era tu forma de decirnos adiós? ¿Lo intuías? 

Y ahora te escribo estas líneas y me vienen mil recuerdos a la cabeza en los que tú estás presente. Y ahora que cada vez me voy haciendo a la idea, esas lágrimas saladas que tanto te gustaban se me van cayendo con cada palabra, y tú no estás para pasar tu rasposa lengua. ¿Y ahora qué?

Pues, que te tengo que dejar, para no seguir manchando el teclado. Te diría mil cosas, te pediría mil perdones por todas las trastadas que te debí hacer, por todos los momentos que no pasé contigo, aunque tú también eras de estar solo y tranquilo. Pero, ahora no puedo rebobinar, así que me quedaré con lo vivido que es mucho, todo lo que dieron tus 16 años a tu lado, con todo lo bueno que nos diste. Me quedaré con tus orejas puntiagudas siempre frías, con tus ojos verdes que brillaban por la noche, con tu pelo suave, con tus patitas, y sobre todo contigo, porque tú no eres solamente una imagen, no eras solamente un gato, eras uno más de la familia y como parte de la familia, ahora se nos hace duro estar sin ti.

Gracias por tanto y no digo que te hemos querido mucho, porque te queremos y te seguiremos queriendo, ya que permanecerás vivo en nuestro recuerdo.

Descansa en paz mi querido Pichi.  

domingo, 9 de agosto de 2015

Relato veraniego

EL INTRUSO  

Lo maté. Sí, lo maté, lo confieso. Lo asesiné con alevosía, con ganas, y lo mejor, dormí muy a gusto, sin remordimientos, simplemente dormí como no había hecho desde hacía tiempo. Después de matarle fue como si me hubiera sacado un peso de encima. Dormí de maravilla.

El verano había llegado y hacía tanto calor por las noches, que tenía que dejar las ventanas abiertas, para que entrase algo de aire. Era algo insoportable, un calor pegajoso y el aire de la calle era casi inexistente, pero mucho mejor que estar encerrado entre cuatro paredes sí que se estaba. El calor  no me dejaba dormir a gusto, lo único que conseguía era sudar y dar vueltas y más vueltas en la cama, hasta acabar deshaciéndola. Esa noche, más bien, esa madrugada, ya estaba medio adormilado, había ganado la batalla al insomnio y al calor, y de repente, lo escuché. Tenía un intruso en casa, concretamente, en mi habitación. No me asusté,  para nada. Simplemente, con mi mal despertar, se iba a enterar de quién era yo. Tengo muy mal despertar, muy mala leche, y encima si me desvelo ya no puedo volver a dormir. Así que, no me quedó otra que hacer guardia. Sabía que el intruso, por mucho que se escondiese seguía ahí, así que, a riesgo de volverme paranoico estaba haciendo guardia, alerta, esperando un falso movimiento de éste para actuar. Sabía que continuaba en mi alcoba, porque no había podido escapar. Me puse la almohada en la espalda y me senté en la cama, con las piernas cruzadas, como si estuviera haciendo meditación, aunque precisamente relajado no estaba. Me quedé esperándole, como un pasmarote, en esa posición tan extraña para la hora que era, pero sabía que tarde o temprano caería, solamente tenía que estar muy atento. No encendí la luz, porque con la luz que se colaba de la farola ya estaba suficientemente iluminado, una luz tenue, pero perfecta, para hacer lo que estaba deseando realizar, sí, matarle. En cuanto tuviera la oportunidad lo haría, en silencio, con el único testigo de esa farola, que sé que no diría nada y si lo hacía me daba igual, solamente estaba cegado por conseguir mi objetivo: acabar con él. 

No estaba loco, estaba cabreado, enfurecido, y todo empezó a cuadrarme: entendí que ese intruso no era la primera vez que me visitaba, estaba convencido que otras noches había estado ahí al acecho. Entendí el porqué de mi cansancio por las mañanas, yo no es que durmiera mal por culpa del calor, que también, sino que, estaba siendo acosado, atacado, irrumpiendo mi sueño y mi intimidad. Ahora que sabía todo, sabía que él era el culpable de todos mis males se iba a enterar, era yo quien estaba tras él. Aunque ahora se hiciera el silencioso,  el invisible, cuando menos se lo esperase, acabaría con él.  Recordé que tampoco tenía que ser muy cruel, que no tenía que mancharme las manos de sangre. No quería ensuciarme, ni gastar mucha energía, simplemente acabar con él. Recordé que había una solución más directa, silenciosa como él, pero efectiva. A los cuatro vientos grité: “ ¡Quién avisa no es traidor!” Alertando al intruso para que se fuera, más bien como un pequeño acto de compasión, aunque sabía que por mucho que le dijera, aunque le hubiera dicho que sería su última noche con vida, no me hubiera creído y hubiera seguido ahí, ajeno a mis voces y persistiendo en su afán de ser lo que era, un intruso. 
Rápidamente, después de mi grito, salté de la cama y con una risa maquiavélica, abrí el cajón, saqué mi arma letal y la conecté a la corriente. Enseguida empecé a notar el suave y dulce olor a la muerte. Nunca más volvería a picarme, ni ese, ni otros de su calaña. Me sentí tonto por no haber recordado hacerlo antes de abrir la ventana, pero ahora me reía muy a gusto y estaba listo para descansar sin interrupciones.