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martes, 23 de agosto de 2016

Relato: Las luces que guían tu camino


Las luces que guían mi camino: las estrellas

Las estrellas habían dejado de brillar, como si alguien  le hubiera dado al interruptor de la luz.  El silencio de aquella noche retumbaba entre todos aquellos testigos que vieron lo que ocurría. Esos puntos luminosos habían desaparecido sin más y había dejado un cielo desierto. Enseguida se corrió la voz por todo el valle, vecinos de todas las edades salieron con linternas, móviles, velas y todo tipo de luces. Todos contemplaban ese asombroso fenómeno de la naturaleza.

Un niño se deshizo de los dedos de su madre, adentrándose en la profunda negrura de la noche, sin temor a la oscuridad. Solamente había dado cinco pasos, pero no quería sumergirse más allá, sabía que la oscuridad se le podía comer y hacerle desaparecer. Al menos si no hubiera sido tan valiente, si no se hubiera soltado de la seguridad que da la mano de una madre, podría con todo. A pesar de ver muchas luces a lo lejos, no era capaz de distinguir a nadie. A pesar de escuchar su nombre, él estaba muy lejos, como si ya la voz  también hubiera desaparecido de su cuerpo como habían hecho las estrellas del valle. Quería contestarles, decirles que estaba ahí, que no se alejasen, que vinieran a por él,  pero lo único que salía de su boca era grito ahogado que formaba una nube de vaho.
Los dientes de la oscuridad empezaban a hincarse en todo su cuerpo paralizándole y haciendo que un líquido caliente resbalase por sus piernas, pensó que era la sangre, pero sabía que era su propio pis, delatando el miedo que corría por todo su ser.

Mientras la madre de Diego gritaba hasta desgañitarse, cada vez que pronunciaba el nombre de su hijo se escapaba un trocito de su alma. Sabía que en una noche tan oscura, sin que las estrellas ni la Luna fueran testigos, sería más complicada una búsqueda. Además, solamente dos o tres vecinos se habían dado cuenta de su desesperación, los demás seguían absortos en el paradigma de la oscuridad.     

El niño recordó que su abuelo le había explicado que para orientarse era bueno saber las constelaciones, saber dónde estaba la osa mayor, pero ahora de poco le servía en una noche que había querido zamparse a todas aquellas estrellas. Pensó en su linterna y en porqué no la habría cogido, simplemente por no ser rebelde y hacer caso a su madre. Si le hubiera llevado la contraria ahora estaría iluminado, como todos aquellos fantasmas del pueblo que eran puntos de luz.

La madre odió haber sido tan madraza, y se arrepentía de haberle dicho a su hijo que dejase su linterna que con la suya ya harían, que no se soltase de su mano. No hay nada como decirle a alguien, y  más a un niño, que no hagas tal cosa, para que le entre más ganas de romper esa barrera de prohibición. Y eso es lo que  la curiosidad de Diego había hecho, arrancando sus dedos de los suyos, alejándose de su vera.

Diego empezó a temblar, tenía frío, desconsuelo y mucho miedo. Empezó a llorar como si esas lágrimas fueran la solución, como si fueran el imán que atraería a su madre, y fuera a ir corriendo como en tantas otras ocasiones había funcionado. En esa ocasión no funcionaría. Miraba hacia arriba deseando que las estrellas se encendieran, pensando quién y por qué habría apagado el mejor decorado de ese valle frío y alejado de la ciudad.

La madre miró al cielo, se puso de rodillas y suplicó a quien pudiera estar allá arriba que le diera una pista, que se lo devolviera, que le diera la luz de su vida. A ella poco le importaban las estrellas, porque sabía que si hubiera seguido viviendo en la capital seguiría sin verlas. Sin embargo, lo que sí que hacía especial ese lugar era su hijo. Diego había nacido allí, siendo el fruto de un amor verdadero, hasta que el príncipe desapareció como esa noche lo habían hecho las estrellas y su hijo. Y ella no podía quedarse sin más estrellas en su vida, porque si no perdería el norte.

A las tres y dos minutos de la madrugada como si por arte de magia alguien encendiera el árbol de Navidad, todas las estrellas, miles y miles de ellas empezaron a entonar una melodía de luces, que sumado a los flashes, a las linternas y al brillo de las miradas de los vecinos, formó un baile de luces y colores que jamás se repetiría. Nunca nadie entendió ese fenómeno, pero cada 23 de agosto se conmemora la fiesta de las estrellas en el valle de las luces perdidas.

Desde entonces hay muchos vecinos que lo recuerdan como el día que estuvieron presentes, que hicieron fotografías, que lo retrasmitieron por redes sociales, pero, sobre todo hay dos habitantes que lo vivieron de una forma muy especial. Diego, un niño que aprendió a no soltar la mano de su madre, suave, templada y que le aportaría seguridad durante toda su vida. Sabiendo que esa mano no es solamente una protección es mucho más, es un te quiero en las noches más oscuras. También aprendió que no es de valientes adentrarse en un mundo desconocido, si después no tienes el coraje de continuar siendo un explorador. Supo que las mejores estrellas no están en el cielo, porque aquella noche desde la distancia vió que las estrellas habían bajado a buscarle y eran todos los habitantes de su pueblo.  
La madre no recordaría nunca el baile de luces y de colores, porque las lagrimas le impidieron ver qué ocurría. Ella solamente recuerda el galopar de su corazón al fundirse en el abrazo que más ardía, el abrazo de su estrella. Lo tenía justo al lado, pero no supo verlo con tan poca luz: los nervios hicieron que se moviera hacia todas partes, menos hacia donde estaba su verdadera estrella, la que guiaba su vida. 

Para todos fue una noche especial, porque todos tienen estrellas que brillan a su lado, más cerca de lo que se piensan. Brillen o no, si miras bien, si miras con los ojos de tu alma verás que iluminan tu alma cuando están cerca de ti.


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