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martes, 13 de diciembre de 2016

Descubriendo el valle del Baztán

DESCUBRIENDO NAVARRA     UN VIAJE AL VALLE DEL BAZTÁN


El pasado puente de noviembre fuimos a descubrir el Valle del Baztán. Gracias a Dolores Redondo y su trilogía de El guardián Invisible, ya habíamos viajado a ese lugar tan mágico a través de sus descripciones y de nuestra imaginación. Pero, nos apetecía pasear por esas montañas, sentir la naturaleza y esos elementos mitológicos como el Basajaun que ella describía en sus novelas.

Antes de ir estuvimos mirando alojamientos, para ir ya con la reserva hecha, pero parecía que todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para visitar esa zona durante ese puente, y no encontrábamos ni una habitación. Finalmente a pocos días de nuestra escapada, encontramos un sitio en Lesaka, que no sabíamos ni dónde estaba. Mirando por Internet nos convenció la localización, porque más o menos estaba cerca de todo, y, sobre todo, del pueblo que, sin duda, no podía faltar en nuestra visita al Baztán que era: Elizondo. Uno de los escenarios de la trilogía, el pueblo natal de la protagonista, Amaia Salazar. 
A ese pueblo no es que quisiéramos ir porque sí, si no que a raíz de leernos la novela y descubrir que hasta se hacían rutas literarias en Elizondo, contratamos una de ellas, para que nos contasen más sobre Elizondo, la novela y empaparnos de todo lo que los guías nos contasen.

Río Baztán


EL VIAJE
El 29 de octubre madrugamos para aprovechar el día que nos esperaba en coche. No sabíamos si tendríamos muchas horas a causa de las caravanas, pero, afortunadamente no estuvimos atrapados durante mucho rato en ningún atasco. Aunque al llegar a Lleida tuvimos que reducir bastante la velocidad e ir a paso de tortuga, porque la niebla hacía que no se viera nada, empapaba los cristales y la carretera estaba resbaladiza. Suerte que Carlos es muy precavido y no le gusta ir pegado al coche de delante, porque en más de una ocasión tuvimos que dar algún que otro frenazo a causa de los coches de delante que también lo hacían. Vimos bastantes coches que habían visto su puente frustrado, por algún choque, más de un accidente debido a la niebla que no facilitaba la conducción.
En Aragón ya hicimos alguna pausa, para estirar las piernas y para comer algo. Seguimos nuestro camino y llegamos a la Comunidad Foral de Navarra, ya quedaba menos. El pueblo donde nos alojaríamos estaba muy cerca de Euskadi, así que estaba bien al norte de Navarra.

LA LLEGADA
Al llegar al hostal nos quedamos petrificados al ver que la puerta estaba cerrada y no había ni un alma rondando por ahí. Después de llamar a la puerta en varias ocasiones, nos abrieron y en seguida nos reconocieron por ser la pareja que venía con un perro guía, una gran pista. Nos llevó arriba, nos enseñó la habitación y nos dijo que siempre que saliéramos teníamos que cerrar la puerta de abajo con llave.  El sitio era un caserío, donde los dueños del hostal también hacían vida allí, pero habrían arreglado unas cuantas habitaciones para que funcionase como hospedaje. 

Hostal Caserío


LESAKA
Estábamos cansados del viaje, sobre todo Carlos que había estado conduciendo, pero más que cansados lo que nos apetecía realmente era pasear y estirar las piernas. Así que, seguimos el consejo de la dueña del Hostal y fuimos a una vía verde que había justo al lado. Era un camino bastante transitado de peatones, coches, pero por los lados del camino era todo verde, prados, campos y caseríos. Caminamos un buen rato hasta que nos cansamos y el frío empezaba a dejarse notar más. Entonces fuimos a la habitación, nos acicalamos y fuimos al pueblo de Lesaka que estaba a menos de cinco minutos en coche. Era un pueblo con mucho movimiento, gente por las calles, paseando o incluso, a pesar de la época del año: tomando algo en terrazas. Nos sorprendió escuchar que muchos de los habitantes hablaban euskera como si tal cosa, como si en vez de estar en Navarra ya estuviéramos en Euskadi.  Sé que en Navarra también hay ikastolas, escuelas donde aprenden euskera, pero no sabía que lo hablasen con tanta fluidez, creo que el hecho de que sea una zona norteña, limítrofe con el País Vasco, hace que mucha gente haya hablado siempre euskera. 
Al ir bastante abrigados, al ir con Kenzie, no queríamos meternos en una de esas tabernas que están llenas de gente, y optamos por una terraza que, como digo, estaba bastante llena, y ahí respirando el aire del norte, nos tomamos algo. Después cenamos prontito en un restaurante, y volvimos al hotel. Antes de volver tuvimos que esperar a que los cristales del coche se desempañasen, ya que por la noche se nota que bajan las temperaturas. 
Al día siguiente, domingo, nos esperaba visitar el pueblo  de Elizondo, que se ha catapultado a la fama gracias a la trilogía de Dolores Redondo, donde describe de maravilla y muy fiel el pueblo.  

ELIZONDO
El domingo día 30 teníamos reservada una ruta literaria, que habíamos reservado con anterioridad en Visitas de El guardián Invisible nos dieron hora para las 11 de la mañana, el lugar donde se había quedado era en la Plaza de los Fueros de Elizondo, en la plaza del Ayuntamiento, ahí empezaría la ruta. Llegamos pronto, después de haber desayunado en el hostal, haber emprendido el viaje en coche por montañas hasta Elizondo y haber aparcado en el pueblo. Al poco empezó a llegar más y más gente, hasta que hicimos un corro con la guía, Beatriz, quien iba apuntando los nombres de las personas que estábamos ahí, para ver si estábamos en la lista o no. Una vez estábamos todos, empezó a relatar con un micrófono, la cual cosa ayudaba a que todos pudiéramos escucharle muy bien.

Visitas ElGuardián Invisible


LA RUTA  DE LA TRILOGÍA
 Empezó la ruta en la plaza del Ayuntamiento, presentándose y contándonos cómo empezaron las rutas, ya que vieron que al poco de salir la primera publicación del libro, ya había gente merodeando por el pueblo, intentando saber dónde vivía la protagonista, por dónde andaba y muchos curiosos ajenos al pueblo se acercaban, para hacer visitas y descubrir in situ el escenario de El guardián invisible, preguntando aquí y allá dónde estaba el obrador, la casa de tía Engrasi y otros puntos clave de la novela. Entonces, se les ocurrió que podría ser una buena idea contar más curiosidades sobre el pueblo y los enclaves del libro, hablaron con la autora, Dolores Redondo, y les ayudó a fijar los puntos que habían inspirado los escenarios: algunos reales, con descripciones fidedignas y otros, no tanto, porque es una escritora y puede crear escenarios que solamente estén en la imaginación de ella y del lector.  
Después de contarnos cómo comenzó todo, siguió leyendo algún pasaje del libro, para ubicarnos y ver qué el lugar dónde estábamos salía en el libro. Y así era enfrente nuestro teníamos el Ayuntamiento con el escudo baztanés: un blasón con cuadros, tipo ajedrez, que significaba la hidalguía de los habitantes del valle. Este escudo no solamente se encuentra en la fachada del Ayuntamiento, sino que muchos habitantes aún hoy día lo muestran en las puertas de sus casas, como un recuerdo de quién fueron y quiénes son.  

Kenzie  y yo en la plaza
Escudo Baztanés



Justo en esa plaza, en una esquina encontramos el botil harri, la piedra por dónde siempre que pasaba la protagonista de la novela, Amaia Salazar, la tocaba y le recordaba el pasado de Elizondo y decían que simbolizaba la fuerza.
Después de contarnos por qué estaba ahí esa piedra, el significado y leernos  un pasaje donde se menciona esa piedra, todos, absolutamente todos, fuimos a tocarla, para ver si nos daba fuerza y por el simbolismo que tiene. La guía se reía y decía que poco a poco desde el éxito de la obra de Dolores Redondo, y después de tantas visitas, y las que vendrán, con tanto roce, no se sabe si se va a ir desgastando.
Botilharri


Seguimos la ruta adentrándonos por callejuelas con todo el encanto de Elizondo, íbamos haciendo paradas, para escuchar atentos lo que la guía nos iba narrando, acompañando las explicaciones con imágenes que nos iba enseñando, con curiosidades y con historia real de lo acontecido en esos puntos clave, como, por ejemplo: cuando nos contó la gran inundación que sufrió Elizondo en 1913, que también se cuenta en el libro, y nos mostró que en algunas partes del pueblo está la marca, para recordar hasta dónde llegó el agua, también hay fotografías antiguas colgadas por el pueblo, para ver cómo ha cambiado. A raíz de esa inundación y sus consecuencias, algunos edificios históricos de Elizondo sufrieron grandes daños y tuvieron que construirlos de nuevo en otros lugares, como es el caso de la Iglesia.

Poco a poco, el Sol iba haciendo acto de presencia, y entre el buen tiempo y la caminata, nos fuimos quitando los abrigos, para continuar descubriendo más y más Elizondo. Todo nos parecía curioso y apasionante, como que en el suelo había iniciales grabadas y ya pensábamos que era algo oculto, y simplemente estaban ahí, porque alguien, seguramente algún crío le habría dado por firmar cuando el cemento aún estaba fresco. 
Seguramente los vecinos de Elizondo ya deben estar acostumbrados a la peregrinación de lectores que guiados por la trilogía aparecen allí, para descubrir sus calles y que todo les parece sorprendente, parándonos delante de sus casas y haciendo fotografías, como cuando nos paramos delante de una casa, solamente porque en la puerta tenían un eguzkilore, que es una flor, como si fuera una especie de girasol, que sirve para protegerse de los malos espíritus y de las brujas. Ahí vimos que la superstición perdura,  porque por muy bonito que sea tener una flor colgada en la puerta de entrada de una casa, sin duda, la siguen conservando, porque aún creen en las tradiciones: donde las brujas, los espíritus y hechiceros siguen estando ahí y creen en ello. 

Puerta de Elizondo


RUTA SENSORIAL
Sí, porque, a pesar de no ver los escenarios los sentía. Primero, por las buenas explicaciones que nos iban narrando con muy buen acústica y de forma muy cercana. Además, Carlos, Kenzie y yo en algunos sitios nos quedábamos más rezagados, para poder tocar el elemento que había hecho referencia la guía, como es el caso de la piedra que simbolizaba para los supersticiosos la fuerza, y aunque no lo somos, más valía tocarla por si acaso. Además quería hacerme la idea de cómo era esa piedra, que no era muy grande, pero se notaba el paso de los años y su tacto frío. 

       Puente de Muniartea  
Yo en el rincón de Amaia Salazar
Al llegar al puente de Muniartea un ensordecedor ruido nos atrapó. Las presas del río Baztán, que en otras partes se llama río Bidasoa, hacía que pocas explicaciones nos pudiera dar la guía, por mucho micrófono que llevase, la fuerza del río y su magia nos cautivó. Descubrimos el sitio recogido, donde Amaia Salazar, protagonista del libro, iba a pensar, a refugiarse y dejarse llevar como hacía el río. Desde ese puente, aparte de notar la fuerza del agua, también había unas vistas preciosas de todas las casas cercanas al río, y se veía el barrio de Txocoto.  Además el puente de Muniartea tenía una inscripción en la baranda, donde estaba reflejado el nombre del puente Muniartea, así que podías recorrer con los dedos el nombre, tal y como tantas veces en la novela había hecho la protagonista.
No solamente el oído disfrutaba de estar en un paraje como Elizondo, gracias a las explicaciones y la naturaleza que nos rodeaba. El tacto también, porque como digo, todo lo que se podía tocar, lo tocamos, más que nada para hacerme más a la idea. 
El olor de Elizondo estaba presente cuando por algunas casas se notaba la presencia de chimeneas, y ese típico olor a leña, que entran ganas de estar ahí dentro y quedarte mirando el fuego de la chimenea, calentándote y dejándote llevar por el fuego. Recordamos que en la novela, Amaia siempre que podía y estaba en casa de su tía Engrasi se quedaba absorta ante la chimenea, mirando el fuego.

El gusto tuvo un papel importante cuando llegamos a la pastelería Malkorra. A esa pastelería llegamos cuando terminaba la primera parte de la ruta. Entramos y había dulces para probar, chocolate típico de la zona, pero sobre todo un producto que gracias a la novela se ha convertido en el producto estrella: el txantxigorri.  Es un pastelito típico de la zona, pero que no se comercializaba, la gente los preparaba en casa, es un dulce muy contundente hecho de chicharrones de cerdo. Tuvimos la oportunidad de probarlo y estaba muy rico, pero no me lo imaginaba así, no sé por qué, pero creía que llevaría crema por dentro y no era así. 
Al entrar por turnos en la pastelería, muchos aprovecharon para realizar compras en la pastelería mítica de Elizondo, nosotros después de degustar los dulces no lo hicimos, porque pensamos en pasarnos en otro momento que no estuviera tan llena de gente. Y seguimos con la ruta, en este caso fuimos a la Iglesia que estaba dentro de un parque, y es la que a piedra a piedra cambiaron de ubicación después de la gran inundación sufrida en 1913. 

KENZIE Y LA RUTA
Kenzie mirando curiosa
Kenzie se portó muy bien durante toda la ruta, a pesar de no entender nada, ya que caminábamos y al rato nos parábamos todos, para escuchar a la guía. Ella no debía entender el hecho de ir sin rumbo y pararnos cada dos por tres. Pero, no se quejó en ningún momento y siguió nuestros pasos sin rechistar. Eso sí, no guió mucho, porque al no conocerme el entorno y no saber dónde íbamos a parar, prefería que fuera Carlos quien nos llevase. En otras ocasiones la directriz que le daba era que siguiera a la gente. Hay que decir, que Kenzie no fue el único can durante la visita, había otra persona que también había querido acercar a su perro a Elizondo. 


CONTINUAMOS CON LA RUTA
Paseamos durante más de tres horas por todas las calles como: Braulio Iriarte, calle de Santiago, Jaime Urrutia, Antxitonea, Txocoto, pasando por el restaurante favorito de James, el marido de Amaia Salazar: Santxo Tena y pasando por la comisaría de la policía foral de Navarra- un edificio moderno que huía de la arquitectura común del valle, un edificio muy singular.  

EL CEMENTERIO DE ELIZONDO
Una de las últimas paradas de la ruta fue el cementerio de Elizondo. Y en “El guardián Invisible” primer libro de la trilogía de Dolores Redondo, encontramos lo siguiente:

Calavera cementerio Elizondo
Del mismo modo que sobre las puertas de una ciudad se coloca un escudo con sus armas y sus valías, en la puerta del cementerio presidía una calavera que vigilaba desde sus cuencas vacías a los visitantes, avisándoles de que entraban en los dominios de aquel particular gobernador de la ciudad de los muertos”

Entramos en la ciudad de los muertos, que tanto sale en la trilogía por la cantidad de entierros a los que tienen que asistir. Paseamos entre tumbas, algunas con esculturas muy bonitas. Nos cuentan que, antes de hacer la visita guiada por el cementerio pidieron permisos, porque es un lugar que quizás familiares no quieren que sea visitado. No se opusieron a ello, incluso lo veían bien que las tumbas de familiares fueran visitadas. De hecho, incluso la adaptación cinematográfica de “El guardián Invisible” se rodó en el mismo cementerio. 



FIN DE LA RUTA
Terminó la ruta en el mismo sitio donde había empezado en la Plaza de los Fueros. Ahí nos despedimos, aunque me hubiera gustado que le hubiéramos dado un gran aplauso a nuestra guía, Beatriz, por lo bien que nos guió por todo el pueblo, de una manera muy cercana y destapando curiosidades que sabemos que sin la ruta no nos hubiéramos enterado.  Al terminar, esperamos a que muchos le felicitasen y se fueran, cuando nos quedamos solos, llegó nuestro turno de agradecerle lo bien que lo había hecho y lo ameno que había pasado el recorrido, preguntamos unas cuantas curiosidades que no nos habían quedado muy claras y, siendo ya pasadas las dos de la tarde, le pedimos consejo para comer bien por ahí cerquita. Nos recomendó un asador, ya que le habíamos dicho que nos apetecía un buen entrecot del norte. Con su consejo gastronómico y con un buen sabor de haber descubierto un pueblo tan bucólico y literario nos fuimos a saciar nuestro hambre, ya que después de tanto caminar el apetito ya hacía acto de presencia.

OÑASKA: Un asador en plena montaña de Elizondo
Después de la ruta nos dirigimos al asador que nos había recomendado nuestra guía, para ello tuvimos que coger el coche, ya que estaba cerca, pero no como para ir caminando. Nuestra sorpresa fue cuando el dueño nos dijo que tenían todo reservado dentro, para más de 80 comensales, así que, cuando ya casi nos íbamos, no sé si le debimos dar pena, pero nos comentó que si queríamos podríamos estar fuera. Así que, por pelos, pero tanto una pareja, también catalana, como nosotros, tuvimos suerte, justo había solo dos mesas. Aprovechamos el buen tiempo que hacía, y que no había otra opción que comer fuera sí o sí.  Kenzie se dio una buena siesta, estaba cansada después de tanto caminar, así que después de beber toda el agua que le trajeron, se dedicó a dar un buen descanso en el césped. Nosotros empezamos a degustar platos típicos de la zona: marmitako, judías y unos buenos entrecots a la brasa. Creo que, particularmente, en el norte es donde mejor se come.
Marmitako y alubias
Entrecot a la brasa sabroso



Después de una buena comilona, no quedaba otra que caminar para bajar la comida un poquito. Así que seguimos adentrándonos en las calles de Elizondo, esta vez por nuestra cuenta, recorriendo otra vez las mismas calles que habíamos visto con la ruta, pero quedándonos el tiempo que queríamos, disfrutando de cada momento y cada detalle. Más tarde, vimos un banco, en uno de los lados del río, que nos atrajo. Nos apetecía descansar escuchando los pajaritos, el pasar de la gente, el río- que a esas horas era la balsa de unos cuantos patos que también se oían-.  Descansamos y por último: tomamos algo antes de volver al hotel en Lesaka.  El día había terminado, estábamos cansados, pero muy contentos de todo lo que habíamos descubierto.


ÚLTIMO DÍA DE LA ESCAPADA 31 de octubre

Era lunes, y aún nos quedaba un día de fiesta, pero ya regresábamos, para descansar el último día en nuestra casa. Aún teníamos todo el día por delante y no nos apetecía coger ya carretera y manta y volver a casa, así que teníamos toda la mañana. No sabíamos si ir a San Sebastián, que no nos quedaba muy lejos, pero optamos por dejar Euskadi, para otra escapada y centrarnos en Navarra y sus pueblos. Desayunamos con la calma, recogimos las mochilas y nos fuimos del hostal. La primera parada fue en Lesaka para ver el pueblo con luz y buscar un supermercado, para comprar las típicas magdalenas baztanesas, pero no hubo suerte con la búsqueda. 
Panificadora BaztanesaDe nuevo en el coche, como si Elizondo tuviera algo que nos atrapase, volvimos allí. Al ser un día laborable, pudimos entrar en la panificadora baztanesa, que le han puesto el título de “Mantecados Salazar” ya que lo utilizaron para grabar la película y ya se ha quedado como símbolo del pueblo. Preguntamos por las famosas magdalenas, y a pesar de no ser mediodía, ya no les quedaba ninguna, nos dijeron que en el EROSKI, un supermercado del pueblo podría ser que hubiera. Así que probamos, a ver si teníamos más suerte, y, afortunadamente: estaban las magdalenas recién hechas del día en la panificadora.
Con nuestra bolsa de magdalenas, recuerdo de Elizondo, nos fuimos a Zugarramurdi.



URDAX
Antes de llegar a Zugarramurdi pasamos por Urdax, un pueblecito pequeño y conocido por sus cuevas. Solamente nos paramos para pasear por el pueblo y respirar tranquilidad y naturaleza. Cuenta la leyenda que los habitantes de Urdax por miedo no entraban en las cuevas, ya que se creía que en ellas habitaban las lamias, dentro de la mitología vasca, eran como unas sirenas. Nosotros no entramos por miedo, simplemente tampoco las vimos.


ZUGARRAMURDI
Era ya la hora de comer y pensamos que Zugarramurdi sería una buena opción. No pensamos que, como nosotros, mucha gente habría pensado en ir al pueblo de las brujas el día de Halloween, y así debió ser, porque había más coches y visitantes que casas. Casi no sabíamos ni dónde dejar el coche, finalmente encontramos un aparcamiento. La misión era encontrar un buen restaurante, sin embargo, todos estaban llenos, con gente esperando. Nos arrepentimos de no habernos quedado en Urdax con lo tranquilo que parecía.
Después de ver todas las opciones, visitar casi todos los restaurantes, vimos que daba igual dónde comiéramos, porque no sé si para no hacerse la competencia o como política del pueblo, en todos ofrecían casi el mismo menú.
Así que nos quedamos con el primero que vimos, que estaba cerca del aparcamiento, y a pesar de que había gente, había una mesa en el porche. Tardaron mucho en atendernos, sabíamos que pasaría, porque estaba a tope, así que nos colmamos de paciencia y fuimos degustando los platos, que nada tuvieron que ver con los del día anterior, escuchando el ambiente. Nos sorprendía que las camareras tan pronto hablaban euskera, como español o francés, pasaban de una lengua a otra sin ninguna dificultad. Al ser un lugar fronterizo los habitantes tienen la suerte de dominar con fluidez las tres lenguas, ya que también observamos que muchos visitantes eran franceses, y seguramente también sean una fuente de turismo.
Después de comer, paseamos sin prisa y con calma por los alrededores, viendo: vacas, cabras, cerdos y una especie de caballos pequeños. Son animales sin más, pero para nosotros que somos urbanitas, todo aquello nos apasionaba, porque nos sacaba de la rutina. Eso sí, no estamos muy acostumbrados a ese olor.  Después, nos adentramos por los caseríos, por las callejuelas por donde siglos atrás habrían caminado las brujas del lugar.

Llegamos al museo de las brujas, sí, porque ese pueblo se siente orgulloso de su tradición, de su historia, y sabe que también ello conlleva que muchos visitantes vayan allí. No llegamos a entrar al museo, a pesar de que no era muy caro, pero nos comentaron que eran vídeos, salas multimedia, así que mucha gracia no nos hacía, porque yo tampoco lo hubiera podido disfrutarlo, ya que si era muy visual me hubiera perdido mucho. 

Seguimos caminando y vimos las cuevas, la entrada donde se tenía que pagar, pero también vimos que muchos perros estaban atados en árboles, ya que no permitían entrada a perros. En mi caso, hubiera sido diferente, porque Kenzie es mucho más que un perro, es una guía y como perro guía tiene derecho a entrar allá donde yo vaya. Sin embargo, quedaban  15 minutos para que cerrasen, así que pensando que teníamos un largo camino hasta casa, tampoco entramos.   
En esas cuevas se dice que era donde las brujas celebraban sus aquelarres. No sabemos si fue el miedo a entrar, pero no lo hicimos. Básicamente fue una cuestión de realismo no nos daba tiempo a ver todo, sabiendo que ya cerraban.  Algunas personas que sí que han estado me comentan que dentro se sienten cosas, yo no sé si es verdad o no, porque no entramos. Pero, cabe decir, que mientras paseábamos solos por los alrededores del pueblo, no solamente se escuchaban a todos aquellos animales que he comentado, también se escuchaba un especie de tintineo, que sería el viento que movía…. No sé qué, pájaros que piaban al unísono de una manera muy peculiar, y la verdad, que también la sugestión y el saber que han ocurrido tantas cosas en un lugar con tanta magia, también te crea ese tipo de sensaciones.

Cuadro de Goya


LA VUELTA A CASA

Emprendimos el regreso a casa desde Zugarramurdi, empezaba a anochecer, pero el hecho de que justo ese fin de semana hubieran cambiado la hora, ya se notaba. No eran ni las seis de la tarde y ya estaba oscureciendo. Nos quedaba un buen camino hasta casa, pero íbamos con la calma, sabiendo que no importaba a la hora que llegásemos, las pausas que tuviéramos que hacer, lo más importante era llegar, ya tendríamos al día siguiente para descansar todo lo que deseásemos.

Mientras íbamos en el coche recordábamos todos los lugares que esconde Navarra y que quizás, si no nos hubiéramos adentrado en la novela de Dolores Redondo, jamás hubiéramos descubierto. Fue una escapada  breve, pero intensa: llena de bucólicos recuerdos, magia, encanto y algo de superstición. Sin duda, ni el frío, ni la niebla, ni la distancia elimina el encanto de visitar lugares así, donde el basajaun vigila parajes donde la naturaleza es la verdadera protagonista.  

NUESTRO VÍDEO DE LA ESCAPADA 





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