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jueves, 8 de diciembre de 2016

Relato: Un camino de espinas

CAMINO DE ESPINAS

        
   Me sentía hambriento, cansado y sediento, pero seguía caminando. Sabía que todo había sido un error, una equivocación, no sabía muy bien qué había pasado, pero ahora me veía solo en un lugar desconocido. Se habían ido sin mí y los tenía que encontrar, porque ellos siendo cómo eran no recordarían dónde me habían dejado. Así que, aunque estuviera a punto de desfallecer tenía que continuar, tenía que hacerlo por los pequeños de la casa. Ellos eran el motor que me hacían seguir hacia adelante, los que hacían que las fuerzas no me abandonasen. Recordaba todos los buenos momentos que habíamos vivido y eso me impulsaba a seguir adelante, para encontrar el camino de la casa donde nací.

Cuando las noches frías venían, intentaba buscar un hueco entre matorrales, para que el frío no me calase los huesos, y aunque la comida no era como en casa, algo encontré por el bosque y bebía de los ríos y los charcos que por el camino iba encontrando. No podía quedarme quieto, daba igual cuántos días llevase caminando, sé, mi instinto me lo decía, que ya estaba cerca. Mis pies estaban gastados, agotados y con heridas, cómo me hubiera gustado tener una de las zapatillas que utilizaba Zoe para correr, así no tendría tanto dolor en mis pezuñas. Cuando llegase a casa me prometí no estropeárselas, ni escondérselas, porque entendía lo importante que eran para ella, cosa que hasta entonces nunca le había dado ni la menos importancia al calzado. Sería mucho más bueno, obediente y mimoso, así nunca tendrían ninguna queja sobre mí, sería tan ejemplar que estarían orgullosos de mí.

Al tercer día me pareció divisar la casa, mi casa. Casi se me saltaron las lágrimas, no me lo podía creer, después de tanto esfuerzo tendría mi recompensa: estar con los míos. Vi que el coche seguía aparcado donde siempre, ese coche donde me habían montado tres días atrás y se habían olvidado de mí. Aunque todavía no llego a entender cómo pudieron olvidarse de mí con mis 42 kilos, con todo el pelo que tengo y lo grande que soy, y tampoco entiendo porque justamente ese día me quitaron el collar, si nunca lo hacían. Supongo que sería para que me sintiera más libre, aunque ahora que no lo tenía sentía que me ahogaba sin él. Pero, ahora que volvía a casa sé que me lo volverían a poner, porque me gustaba llevarlo y que la gente viera mi nombre en él. No sé fue un día muy raro, se salía totalmente de lo corriente: recordaba que Juan me dijo que íbamos a dar una vuelta, subimos al coche y después se fue. No sé, pero ahora que ya veía la meta, olvidaba ese día y todos los malos momentos, solamente quería llegar y abrazarles, quería demostrarles que les quería, por si acaso les quedaba alguna duda, era mi familia y yo sin ellos, me había dado cuenta, que no soy nadie. 
Solamente tenía que cruzar y ya estaría en mi parcela, pero no sé si el cansancio hacía que viera mal, ya que mi casa, donde yo pernoctaba no estaba. Pensé que aún estaba lejos como para saberlo con certeza. Cuando me fui acercando me dí cuenta que sí que era mi casa, no era una equivocación, desde la valla observé que sí que estaba mi alcoba, mi refugio, mi hogar. ¡Cómo no iba a estar! Aunque fijándome mejor, ví que era muy diferente, era nueva, tenía colores, la habían pintado y reformado. ¡Qué detalle! Qué ilusión me hizo saber que habían renovado la casa. Seguro que querían darme una sorpresa y por eso me habrían dejado allí, para que no viera los preparativos. Aunque si no recordaba mal, mi cumpleaños no era hasta dentro de seis meses, pero se habían adelantado. Sabía, siempre lo había sabido, que no me traicionarían. Puk, mi mejor amigo, siempre me decía que no me fiase ni un pelo de los humanos, que cuando menos te lo esperas, te abandonan. Sin embargo, yo le hacía caso omiso a sus habladurías, y le replicaba que con la familia que yo tenía no me pasaría, que él tenía envidia, porque él había tenido muy mala suerte en la vida y no tenía una familia como la mía. Me sabía muy mal por él, pero me fastidiaba que tuviera que meter a todos en el mismo saco, no todos eran igual, para ejemplo los míos. Él seguía que yo sabría, pero que ya se lo diría dentro de unos años, porque no le daba buena espina el viejo Juan, el abuelo de Zoe y dueño de la casa. No sé por qué lo decía, creo que no le caía muy bien, porque Juan en cuanto lo veía entrar por la zanja, lo echaba con malos modales, y nunca le daba nada de comer. A mí me hubiera gustado que se llevasen bien, los dos eran mis amigos. En parte entiendo que no hubiera afinidad, más que nada porque no se conocían y la desconfianza hacía que Juan lo echase y que Puk se sintiera molesto. En más de una ocasión, yo me escapaba para ver a Puk, iba a su escondite, y llevarle algo de mi comida, sabía que Puk, a pesar de su carácter pulgoso y huraño, lo agradecía. 
Durante estos días de caminata incansable he recordado las palabras de Puk, pero, aunque reconozco que por minutos, sobre todo cuando estaba más cansado, se me pasaba por la cabeza que pudiera tener razón, se me disipaban las dudas cuando recordaba palabras cariñosas de Zoe, las fiestas que me hacía, los juegos y todos los buenos momentos vividos juntos. 
Ahora que solamente me faltaba llamarles, para que me abriesen la puerta, la emoción hizo que se me crease un nudo en la garganta, que me impedía articular ningún sonido. Y más aún cuando de repente me ví de pequeño jugueteando por el jardín, de eso ya hace más de diez años. Pero, no, no estaba recordando lo estaba viendo con mis propios ojos, como si pudiera ver nítidamente mi pasado. Puk, lamentablemente, tenía razón, me habían reemplazado, por otro más joven, más juguetón, más guapo, como yo hace diez años.

La tristeza de saber que lo que yo pensaba una sorpresa, era una traición en toda regla, pudo conmigo. Mis piernas, la sed, el cansancio y el no poder con mi alma, hizo que me tumbase desolado ante la puerta de mi casa, donde había vivido durante toda mi vida. Había llegado a la meta, pero el resultado no era el esperado. Sabía que era mi final, pero quería que ellos vieran que los había encontrado, que me había enterado de todo. Desde el suelo, no me salió un fuerte ladrido, sino uno muy agudo, triste  y que me irritó toda la garganta. No quería guardarles rencor, primero porque no sé cómo se hace eso, y segundo porque no estaba molesto, estaba dolido, desolado y decepcionado. No podía hacer otra cosa que llorar. La tristeza me dolía, se me clavaba en el corazón como una punzada.
Se abrió la puerta, la que estaba enfrente de mi sombra, yo solamente era una sombra de lo que había sido, era un fantasma, y salió Juan acompañado del nuevo miembro de la familia que no reparaba en mi presencia y solamente hacía que saltarle al abuelo. El viejo sí que reparó en mí y puso una cara indescriptible, como si no creyera verme de verdad, seguramente mi aspecto no era el de siempre. El reflejo de su cara denotaba: sorpresa, incredulidad, pero no dijo nada, solamente me miró sin saber qué hacer. La comisura de sus labios me transmitía una culpabilidad estática. No sé cuánto tiempo pasó, hasta que sí que mirándome fijamente, con la mirada brillante como nunca antes se la había visto,  susurró entre dientes algo, me pareció entenderle:
-        Perdóname. Tú siempre has sido fiel, no como yo.

No es que esperase su perdón, pero como si mi corazón sí que lo esperase, dejó de latir y no recuerdo nada más.   

ÉL NUNCA LO HARÍA 

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