Mostrando entradas con la etiqueta comida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta comida. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de agosto de 2018

Comida japonesa en Japón


GASTRONOMÍA JAPONESA EN JAPÓN



 10 CURIOSIDADES SI VAS A COMER A UN RESTAURANTE EN JAPÓN 

1-      No en todos los restaurantes tendrás que descalzarte y comer en el suelo. Solamente en los que haya tatami, pero en la mayoría hay sillas y mesas.
2-     No te sorprendas si ves que no hay cubiertos, habrá palillos enfrente del plato. Pero, no te preocupes, siempre puedes pedirlos sin problema. Eso sí, a veces puede ser un show que te entiendan, pero nada que una imagen no pueda remediar.
3-     En la mayoría de restaurantes la carta solamente estará en Kanji, pero aunque no sepas leerlo no es ningún problema, ya que suelen venir con fotografías. Incluso hay algunos que tienen escaparato con platos de cerámica, y así puedes saber qué ofrecen.
4-     Lleva siempre dinero en efectivo, porque en algunos locales no aceptan tarjeta de crédito. Puede sorprender que en un país tan tecnológicamente avanzado no acepten tarjetas, pero ocurre.
5-     A la hora de pagar no esperes a que vengan a cobrarte, como mucho te dejarán una bandejita con el ticket. Tendrás que levantarte a la caja para pagar.
6-     En algunos restaurantes, sobre todo en Izakayas (tabernas) está permitido fumar.
7-     Es muy importante que respetes el sonido bajo a la hora de hablar, ya que verás que, aunque el restaurante esté a tope, nadie levanta la voz. Eso sí, sí que escucharás que sorben el ramen.
8-     Te apetezca o no, casi siempre te ofrecerán agua fría o té macha calentito. Te lo servirán de forma gratuita nada más sentarte en la mesa. De hecho en algunos ya está preparada la mesa con las bebidas. Eso no significa que después no puedas pedir otro tipo de bebida.
9-     No esperes encontrar una cestita con pan, eso es más bien en España, fuera de aquí en pocos sitios lo he visto. Allí acompañan la comida con un bol de arroz blanco, sería como su pan.
10-  Algunos restaurantes están tan escondidos dentro de la gran ciudad que tendrás que coger un ascensor y acabar en el piso 21 para poder entrar. Nada más abrirse las puertas del ascensor está la entrada al comedor. Curioso, sorprendente y gracioso.


GASTRONOMÍA JAPONESA

 NO TODO ES SUSHI 

 Si a alguien le preguntas que te diga un plato japonés, el primero que seguramente le vendrá a la cabeza será el sushi, y es que la mayoría de personas que no sepan un poquito del mundo japonés se piensan, de forma equivocada, que todo lo que comen los japoneses es pescado crudo. Reconozco que, a pesar de haber estado en más de un restaurante japonés, antes de ir a Japón, no sabía mucho de la cultura gastronómica del país nipón. Sabía que no se resumía todo en Sushi, pero sí que es lo que más había probado cuando iba a algún restaurante japonés en mi ciudad.

El sushi no estuvo presente todos los días que estuvimos por Japón, si no se nos hubiera quedado cada de pez o de alga. Aunque cabe decir que después de probar el Sushi de allí ninguno nos ha sabido igual de bien. Y no es que esté malo el de aquí, pero después de probarlo de la Lonja de Tokio: Tsukiji, viendo cómo lo preparaban y notando el sabor fresco del pescado, no es lo mismo ahora.   
Plato con sushis


A pesar de que se pueda pensar que el sushi es aquel montículo de arroz recubierto por nori (alga verde tirando a negra) no es así. El sushi es la palabra denominada en general, pero hay diferentes tipos. Este que he descrito el del alga se llama Maki, pero por el contrario el que más suelen consumir los japoneses son los Nigiri: montículo de arroz con el pescado fresco y crudo encima, algunos cocineros le ponen wasabi entre el arroz y el pescado. Se tiene que comer de un bocado.

Nosotros, como hemos dicho, lo comimos en varias ocasiones, pero sobre todo, donde más lo disfrutamos fue en un Kaiten Zushi (tren de sushi) uno de esos restaurantes en los que hay una cinta transportadora y ahí están todos los platitos y tú tienes que ir cogiendo. Era muy gracioso, porque veías cómo lo preparaban, como los ponían en la cinta transportadora, como pasaba por tu lado y lo cogías. Después ibas formando una montaña de platitos, cada uno con un color diferente, ya que dependiendo el color tenía un precio diferente. A la hora de cobrarte venían, pasaban una máquina por los platos y enseguida sabían cuánto debías pagar en la caja. Fue una experiencia en todos los sentidos. Este sitio lo encontramos en la Lonja de Tokio, a pesar de que había multitud de puestecitos para elegir, pero hacia un día de lluvia y preferimos comer Sushi sentados, sin prisas y con la calma, así descubrimos ese lugar tan divertido y tan exquisito.

Antes de explicaros todo lo que comimos y dejamos de comer. Necesito reunirme con Carlos y poner en común los sabores que degustamos, ya que la memoria es selectiva y después del tiempo transcurrido mucho más.

Hemos estado haciendo un repaso y, sin duda, él se queda con los takoyaki, que son unas bolitas, como si fueran buñuelos, rellenos de pulpo. La verdad es que estaban deliciosos, porque era una explosión de sabores en la boca, básicamente de pulpo, aunque también lleva cebollita y una salsa por fuera que sirve para aderezar las bolitas y darle más sabor. Básicamente este tipo de comida la probamos en Izakaya: bares tradicionales japoneses. Más que nada es para picar, como para ir de tapeo, pero eso, sin duda, os lo recomendamos al 100% 
Plato con takoyakis - bolita de pulpo


En cambio, a mí, aunque también me gusten los takoyaki me quedo con los yakitori. A pesar de que son brochetas de pollo, algo sencillo y sin más, tiene mucho más, porque entre cada trocito de pollo hay cebollino y todo está aderezado con una salsa que lo hace especial. Esa salsa que le echan por encima es el Teriyaki: dulzona pero con algo salado, debe ser la soja, que viste al plato y le da ese punto diferente. Además es algo sano, ya que se hace a la plancha.   

plato con yakitoris - pinchos de pollo


Otros platos estrella:  


El Ramen es un plato típico japonés, más adecuado para la época invernal, pero con los días de lluvia que tuvimos más de un día lo degustamos. A mí no me termina mucho, porque se suele comer muy caliente, y yo más bien soy de comer sopa templada tirando a fría. Sin embargo, a Carlos le encantó ese plato.  

Carlos comiendo ramen


Curry: El curry que puedas saborear en Japón no es igual que el de la India u otros países de Asia. No es tan picante, tiene el punto justo, para darle un gran sabor, pero sin que te adormezca la boca sin después distinguir ningún otro sabor. Encontramos un cadena de restaurantes CoCo Inchibanya (Ojalá algún día llegue a España) en el que el precio era más que razonable, menos de 10 euros, y te ponían un plato generoso de arroz con curry y con lo que quisieras. La carta era bastante amplia, podías añadirle desde pescado o marisco hasta pollo en todas sus variantes u otra especie de carne. Incluyendo el Tonkatsu, cerdo empanado con una harina que no absorbe tanto el aceite al freirlo. Podías pedir la cantidad de arroz que quisieras con el grado de picante del curry, siempre servido con un vaso de agua fría o té (esa bebida siempre te la servían de forma gratuita).     

Arroz con curry y tonkatsu del CoCo


El plato estrella y más completo fue el Okonomiyaki, que es una especie de tortilla con multitud de ingredientes. Puedes elegir de marisco, de pollo, de verduras, de fideos. A veces de tanta cosa que lleva, no sabes ni qué ingredientes exactos lleva dentro. Pero, la cuestión es que elijas el relleno a tu gusto, de ahí el nombre: o kono miyaki cocinado a tu gusto. 
En Japón lo comimos por primera vez para cenar en Osaka, en un sitio en el que estábamos sentados en una barra y había una placa, para que te lo preparases tú. Todo un espectáculo, ahí con la espátula, sin idea, pero nos lo comimos y lo disfrutamos.
La segunda vez fue en Hiroshima, en un sitio muy pequeño, en el que solamente estábamos nosotros como clientes. La mujer que estaba al mando, y la única en el local, nos hizo sentir como si estuviéramos en su casa. No tenía ni idea de inglés, pero con gestos se hacía entender. Le dijo a Carlos que no se comía con palillos, que se comía con la espátula, partiendo trocitos y comiéndolo. Ella me preparó un trozo partido con la espátula y me lo ofreció. Un encanto de mujer y preparado con mucho cariño y esmero. Nos quedamos muy llenos. Recomiendo pedir este plato si tienes hambre, te aseguro que no te quedarás con nada de apetito. Además, dejando de lado los ingredientes que quieras que lleve, está sabroso, porque lo aderezan con una salsa, que puede que sea soja, pero hace que sea mucho más que una tortilla.  
Lo podrás encontrar en muchos lugares de Japón y fuera del país nipón si vas a un sitio japonés seguro que también. Sin embargo, el origen de este producto fue en la región de Kansai, en Hiroshima, y es típico tanto allí como en Osaka. Justamente los dos sitios en los que lo degustamos.

Postres

Uno de mis postres favoritos es el  Mochi: un pequeño pastel hecho de pasta de arroz, con un grano glutinoso llamado mochigon. Es como una bolita de esa masa relleno de té, de judías o mi favorito de chocolate. Sin embargo, en Japón no lo ví con la frecuencia que me hubiera gustado. Solamente lo comí un día. También lo compramos un día en un supermercado, pero a pesar de pensar que estaría relleno de chocolate, me llevé un gran chasco al degustar las queridas judías rojas que les encantan a los japoneses. Ese tipo de judías son muy dulces, demasiado para mí gusto, y suelen utilizarlas en casi todos sus postres. El mochi te lo tienes que comer con cautela, ya que es una masa muy chiclosa y te puedes atragantar si no lo masticas bien, de hecho leí una noticia de varias muertes de personas mayores por ingerir mochis.

Dorayaki: Más conocido por ser el dulce favorito de Doraemon el gato cósmico de los dibujos. Aunque también es uno de los dulces favoritos de Carlos. Son dos bizcochos redondos y planos rellenos de anko (judías rojas dulces) y chocolate.   
Doraemon comiendo dorayaki


Taiyaki:  Literalmente significa besugo, pero nada que ver con su traducción. No es un pescado, ni es salado, todo lo contrario: es un dulce calentito con forma de pez. La masa es de gofre o parecido y tiene forma de pez, está relleno. Nosotros lo comimos relleno de chocolate y al estar caliente, parecía chocolate a la taza. Una bomba.

Ciudad con más experiencias culinarias

En Fukuoka nuestra última ciudad que visitamos en Japón, fue en la ciudad en la que más experiencias gastronómicas, hasta entonces no testadas por nosotros. Puede que al ir con alguien de allí, quisiera descubrirnos platos japoneses que no habíamos probado. En primer lugar, Shabu-Shabu:  Un plato peculiar, pero muy sabroso. Te sirven trozos de carne fileteada bien fina y puedes tener diferentes verduras, todo crudo. Después vas cogiendo los trozos finos y los introduces en la olla que te han dejado en medio de la mesa, tienes que tener mucho cuidado, porque esa olla está hirviendo. Una vez sacas los ingredientes, los mueves hacia adelante y atrás (de ahí el nombre de shabu shabu, que era el sonido que se puede escuchar) y lo mojas en salsa. Te ponen dos tipos de salsa Ponzu (de vinagre de arroz) o goma (salsa de sésamo). La verdad, es que aparte de que todo te sabe delicioso y sabroso, también es muy divertido cocinarte la comida, mientras vas comiendo.
Y, después en los típicos yataí, Yusuke nos pidió unos cuantos pinchos, en los que estaban los yakitori y un plato más especial:
Gyutan o lengua de ternera: Un pincho que me encantó, a pesar de saber lo que era. Aunque es cierto que nuestro amigo, Yusuke, nos dijo lo que era una vez ya lo habíamos probado. Me dio igual que fuera lengua, el sabor de esos trocitos pequeñitos me encantó. Era muy sabroso y la textura chiclosa, como cuando te comes una sepia, me gustó mucho. Además al estar partido en trozos muy pequeños, no se te hacía nada pesado. 

 En resumen:

De lo que no cabe duda, es que los japoneses saben comer bien, ya que es una cocina cuidada, esmerada y equilibrada. No pueden faltar las verduras, ya sean en tempura, crudas o de cualquier manera, pero siempre encontrarás algún vegetal en tu plato.  

Pero, a pesar de haber probado mucha comida tradicional y no tan típica de Japón, nos quedamos con las ganas de probar dos platos estrellas. Esos platos, algún día, no sé cuándo, pero sé dónde (en Japón), son los siguientes:  

Nos queda pendiente para la próxima visita

Fugu, pez globo: Un pescado que casi que solamente se puede comer en algunos restaurantes especializados de Japón. Prohibido en España y en muchos otros países del mundo por su gran toxicidad. Es considerado un manjar altamente delicioso, pero letal.  En algunos restaurantes de Japón que lo sirven, tiene que estar cocinado por un cocinero altamente cualificado, ya que necesitan una licencia, de hecho hacen cursos de años, para poder obtenerla: la vida de los comensales están en sus diestras manos, ya que tienen que saber eliminar exactamente los órganos contaminantes, incluso el cuchillo que utilicen no puede rozar mínimamente otras partes para no contaminar el producto. La toxina que tiene es tan mortífera y tan inmediata que no hay nada que hacer una vez está en tu cuerpo, es similar al cianuro. Además la persona es consciente en todo momento de cómo su cuerpo se va paralizando hasta que llega la muerte. Puede parecer algo siniestro, pero quiénes lo han probado dicen que es delicioso. Nosotros no nos atrevimos a comerlo, y no por no jugar a la ruleta rusa, si no por su precio tan elevado: puede costar 90 euros, y nos daba miedo pagar algo tan caro, para que después no nos gustase. No teníamos miedo a que ocurriera algo, ya que se supone que si lo ofrecen, y si estás en el país en el que son expertos, no tiene por qué ocurrir nada. Lo vimos en Osaka, pero no nos atrevimos a entrar, primero porque no teníamos hambre y segundo, por lo comentado, del precio. Pero, sin duda, si alguna vez volvemos al país nipón, no dudaremos en probarlo: reservaremos algo del presupuesto, para hacerlo. Ya que si lo comemos alguna vez de lo que no tenemos duda es que será en Japón, el sitio especializado en prepararlo. En otro sitio, creemos que aunque tengan licencia, es jugársela.

Pili haciendo de pez fugu con la boca hinchada. Detrás tiene una pecera en un restaurante en el que ofrecen pez globo.

Ternera de Kobe: Las famosas terneras originarias de Kobe y mimadas hasta la saciedad, para que tengan la calidad y la denominación de origen que tienen. Sin duda, dicen que si pruebas la ternera de Kobe ninguna carne te sabrá tan bien como esa después. No pasamos por Kobe, porque, aunque en un principio queríamos ir para degustar la famosa carne, finalmente no estaba en nuestra ruta. Aunque, es cierto que en otros lugares de Japón también la puedes encontrar. Sin embargo, había tantos platos para elegir, que no nos decantamos por ese. Ya sabíamos de su precio elevado, a pesar de que sea un pequeño trozo, sabroso, pero pequeño. Una vez más, es uno de nuestros platos pendientes, para una próxima visita a Japón.

También nos quedamos con ganas de ir a un restaurante que hay en Tokio llamado: Zauo. Me lo habían recomendado, pero finalmente por falta de tiempo no pudimos visitarlo. Este sitio tiene algo especial, ya que aparte de comer, puedes vivir una experiencia: tendrás que pescar tu propia comida. Tiene su aquel, ya que hay un estanque dentro del local y te dan una caña, para que pesques tu pescado. Es cuestión de suerte, no sabes qué vas a comer hasta que lo pescas. Puede salir algo caro, ya que puede que pesques el pescado más valorado, puede que pesques uno que no te guste, pero no está permitido volver a dejarlo. Juega un papel importante el destino, ya que puede que no pesques nada, pero, para eso hay un menú especial, sin esperas. Debe ser gracioso tener que pescar tu comida, aunque también arriesgado, por si no te gusta, por si es muy caro o por si te pasas más de 40 minutos para que muerdan el anzuelo. Te lo pueden preparar como tú quieras.   

Y, ahora contadme: ¿Qué comida os gusta más? ¿Qué habéis probado? ¿Con qué os habéis quedado con ganas de degustar? ¿Qué pensáis de la comida japonesa? Espero vuestras  recomendaciones. 

Os dejo con un vídeo en el que recopilamos muchos de los platos comentados en este post. Vídeo temático sobre gastronomía japonesa: 



jueves, 22 de junio de 2017

Un día japonés en Barcelona

UN DÍA DE MATSURI CON WASABI EN BARCELONA

Al llegar el buen tiempo muchos habréis escuchado  que Japón se llena de celebraciones, ya que tienen el Matsuri: Festivales tradicionales, en los que danza, gastronomía y cultura se dan la mano. Imaginaros que una cultura tan lejana y en forma de festival llega a vuestra ciudad, ¿Sí? ¿Os lo imagináis? Pues, no hace falta forzar mucho la imaginación, ya que por fortuna, gracias a una Asociación cultural japonesa acerca la cultura nipona a Barcelona.

Barcelona durante un fin de semana se llena de actividades, música, danza, obsequios y gastronomía japonesa. Esta asociación ya lleva más de cinco ediciones celebrándolo. Este año 2017 no queríamos perder la oportunidad de visitar este festival por nosotros mismos y disfrutar del V Festival Matsuri en Barcelona.

No sabíamos lo que nos íbamos a encontrar, no sabíamos cómo sería, qué harían. A pesar de que leas el programa de actividades, de escuchar comentarios, de saber que habrá carpas y espectáculo, hasta que no llegas no sabes qué es. Cuando llegamos al Moll de la Fusta nos dimos cuenta que ese sábado 10 de junio, a pesar de no estar en verano era como si lo fuera, y Kenzie no estaba por la labor, con toda la razón del mundo en que nos parasemos a cada momento  a contemplar como tontos las tiendecitas que habían colocado, ni mucho menos a que nos parásemos a escuchar la música tradicional. No es que no le gustase el ambiente japonés, ni le molestase la música, ni tampoco las personas que paseaban envolviéndose del ambiente nipón, sino que con altas temperaturas Kenzie deja de ser un perro guía, para ser un perro jadeante, y si a eso le sumas que el suelo quemaba como el mismísimo infierno, ella solamente estaba pendiente en hacer un baile, para no quemarse las almohadillas, y buscaba con ansiedad una sombra.

Finalmente, después de dar un paseo rápido con el fin de que Kenzie aguantase lo mejor posible, buscamos un lugar donde sentarnos, por supuesto ella eligió sombra. Allí Kenzie y yo esperábamos a que Carlos viniera con exquisitos manjares del lejano oriente, mientras ella y yo nos intentábamos relajar y sofocar esos calores con un abanico que nos habían regalado.    

Matsuri: japonesa riendo
Programa de actividades



Probamos algunas cosas, pero, sinceramente, con un calor tan agobiante no apetece comer nada, pero me gustaron algunos sabores que jugaban con los contrastes. No duramos mucho, porque ni nuestro cuerpo, ni el de nuestra peluda estaba para nada más. Así que nos fuimos para casa, para retomar fuerzas y sobre todo para refrescarnos.

Con las pilas cargadas y sin rendirnos en nuestra aventura de adentrarnos en Japón estando en Barcelona, volvimos por la tarde noche a la andadas, volviendo al lugar donde se celebraba todo el festival cultural: Moll de la Fusta de Barcelona. En esta ocasión dejamos a Kenzie a buen recaudo, bien cuidada por los pajaritos, en casa descansando y con la tele. Nosotros nos fuimos a descubrir qué era eso del Matsuri, cuando nos íbamos acercando ya se escuchaba la música de fondo, una música que jamás hubieras pensado escuchar, japonesa, tradicional, alegre y divertida. A todo eso hay que sumarle toda la cantidad de gente que como nosotros se había animado a acercarse al festival, casi era imposible moverse, pero sin llegar al agobio. Pudimos pararnos tiendecita por tiendecita, viendo lo que vendían: kimonos, abanicos, figuritas, monederos, llaveros. Esas paraditas era de tiendas ubicadas en diferentes puestos de Barcelona, habían salido para mostrar sus obsequios, ya que están centrados en la cultura japonesa. 

Llegamos al escenario, donde pudimos escuchar en directos algunas canciones tradicionales, cantadas por japoneses. Al lado del escenario, japoneses, y gente afín bailaba un especie de coreografía, no sé si serían de alguna escuela, pero lo que no cabía duda era de lo bien que se lo estaban pasando, y cuando la gente se lo pasa bien es contagioso y da muy buen rollo.

Paseamos por las mismas mesas que habíamos estado al mediodía con Kenzie, y seguían estando a tope. Sin ningún sitio para sentarse, tampoco pretendíamos hacerlo, así que nos dedicamos a ver todas las paraditas de comida que había, fijándonos a qué se dedicaban cada una de ellas. Una estaba especializada en helados, otra en té, otra en tallarines, otra en sushi, otra en ramen, y así sucesivamente hasta ver todas. Nos entró ganas de algo dulce, Carlos de un helado ya que estaba sediento y a mí de un mochi, ya que lo he descubierto hace poco gracias a una compañera de trabajo.

Después de hacer algo de cola en una de las paradas que vendían lo que ambos queríamos, nos dimos cuenta que habíamos estado perdiendo el tiempo, porque se necesitaba primero hacer cola en otro sitio para conseguir un ticket y poder después hacer la cola para pedir. Nos desanimamos después de ese funesto descubrimiento, pero con ganas de comer algo japonés.

La noche era calurosa, pero apetecible para pasear por el centro de Barcelona. Recorrimos calles y callejuelas hasta llegar a un restaurante japonés: Machiroku muy pequeñito, pero acogedor y con un trato muy agradable, además japonés, japonés, no de esos que hay ahora que son medio chinos y tienen poco de cultura nipona. Después de degustar unos cuantos sushis, sobre todo de los que más me gustan a mí, los de salmón y de comer otras cosas que soy incapaz de recordar, llegó el momento del postre y pedí mi ansiado mochi, mi gozo en un pozo, no tenían.

Sin embargo, rematamos el día japonés en Barcelona de la mejor manera, dejándonos llevar por los olores de esa comida tan sabrosa, escuchando música alegre, tocando detalles con forma de totoros, viendo un ambiente mágico y degustando platos provenientes del Sol naciente. Un día redondo, con un toque de wasabi, como a mí me gusta. Esos son los días diferentes en la ciudad, esos que por muy pequeños detalles que haya, hacen grande y diferente un día.  





sábado, 28 de diciembre de 2013

LOGROÑO



LA ÚLTIMA ESCAPADA DEL AÑO: LOGROÑO 2013

Casi con seguridad, me atrevo a decir que, lo que os voy a contar, ha sido nuestra última escapada de este 2013. Sí, porque el año está a punto de acabar, porque vienen fiestas familiares y hay que estar al lado de los tuyos, y porque durante este año, ya hemos tenido suficiente. Tendremos que cargar las pilas, para que el año que viene haya más y mejores escapadas, viajes de los que aprendes y descubres.  


CIUDAD DE RECUERDOS

En esta ocasión, nuestro viaje, mini viaje, fue a Logroño , capital de La Rioja. Ciudad de la que guardo muchos recuerdos, donde he pasado casi todos mis veranos, hasta que llegó la adolescencia, y preferí quedarme con mis amigos. Sin embargo, durante años he estado yendo allí. Mientras muchos veraneaban en pueblos, yo pasaba mis veranos en una capital de provincia. Sí, no era un pueblo, no había peñas, no iba en fiestas, pero, de todas maneras, eran unos veranos excepcionales. Además, Logroño, a pesar de que con los años está creciendo mucho, siempre ha sido como un pueblo para mí. Un lugar pequeño, donde te lo puedes recorrer andando, donde todo el mundo se conoce y preguntan por ti.  Iba a Logroño, porque mis abuelos eligieron ese lugar cuando llegó la edad de la jubilación, buscaban un lugar tranquilo y, sin duda, ese era el lugar indicado. 
Me encantaba ir a Logroño, para verles, pasar ratos con ellos, ir a las piscinas, ir a la huerta del yayo, en la orilla del río Ebro, pasear, ir al Espolón y cuando venían mis padres ir a la Calle Laurel a comer unos pinchos y beber unos mostos.  Logroño tenía un sabor diferente a Barcelona, no había tanto gentío por todas partes, el agua sabía diferente, y esos veranos…. Quizás, estoy  hablando desde una nostalgia, viendo que los años han pasado, que he crecido, y que muchos de los que estaban en ese Logroño que recuerdo ya nos han dejado. Muchos no están en esa ciudad querida, otros ya no están allí – a mi abuelo nos lo trajimos a Barcelona, para que estuviera más cerca y acompañado-. Pero, todos los demás ya no están allí. Antes de que la nostalgia se apodere del todo de mí, voy a continuar…

Sin embargo, dejando de lado las sensiblerías, que siempre me dominan, vamos al tema:  Este diciembre, aprovechando el puente de la Constitución, y,  sobre todo, sabiendo que, aparte de los días festivos, Carlos tenía unos días más, aunque fuera uno más…. Pues cogimos carretera y manta, y nos fuimos dirección a Logroño.  La idea original era ir a Euskadi, pero, entre el frío que hace en esta época del año , los pocos días y  que Logroño nos llamaba la atención. Dejamos de lado la posibilidad de ir al País Vasco, a pesar de las ganas de Carlos  por conocer esa comunidad autónoma. Reconozco que, a mí también me llama la atención, pero quizás es mejor ir en una época, donde el paisaje este más verde… Nosotros no tenemos cadenas, y la posibilidad que durante el trayecto nos encontrásemos nevadas, yendo al norte era factible, así que dejamos esa opción para más adelante.  Además, si un día veíamos la posibilidad y las ganas nos acompañaban, siempre se podía realizar ese viaje. Utilizando Logroño como campamento base. De La Rioja a cualquier lugar del País Vasco no hay mucho, así que siempre que nos apeteciese, sobre todo al conductor, se podía barajar esa posibilidad.  

El viaje

De momento, vamos a centrarnos. Salimos de Barcelona el jueves, víspera del día de la Constitución. El viaje no se hizo muy largo, aunque cuando rozábamos Lérida, la cosa se puso muy nublada, y la niebla empezó a hacerse muy presente…Más despacio, con calma, tranquilidad, y con luces antiniebla, superamos el primer obstáculo que nos ponía la carretera. Por fortuna, no hubo ninguna traba más en el camino. Además, tuvimos suerte y no cogimos caravana. Así que llegamos muy bien. Haciendo las paraditas, para estirar las piernas, ir al lavabo o que Kenzie corriese un poco y también se desahogase. Llegamos a Logroño sobre las cinco de la tarde. Con algo de hambre, pero dada la hora que era, no era plan de pegarse un banquete, picamos algo en un bar y ya era suficiente.

Pero…. ¿dónde nos íbamos a alojar?
Por suerte, disuadí a Carlos de ir a la aventura. Habiendo un puente de por medio, no era plan de jugarnos todas las cartas, y tener que dormitar en el coche, que ya no tenemos edad. Así que el día anterior, nos dio por buscar en Internet: hostales, pensiones, albergues, hoteles…. Solamente, con la idea de mirar la disponibilidad, y apuntarnos las direcciones, para una vez allí fuéramos allí a preguntar. Sin embargo, nos dio por llamar, y después de cuatro o cinco llamadas, al ver que estaba todo a tope…me entró “miedo”, el temor de no encontrar nada. Así que, decidimos intentar encontrar algo  antes de ir, para tener algo seguro, tener algún sitio donde ir.

Y nos encontramos con los primeros “problemas”

¿Sin salir de casa y  ya aparecen problemas? No solo, porque no encontrábamos alojamiento. Algún sitio escondido habría, se trataba de seguir indagando y llamando. Pero, cuando encontramos un hostal que no parecía estar mal, llamamos y tenían una habitación disponible para los dos y con baño privado, a un precio bastante bueno. Cuando dijimos que nos interesaba, haciendo la reserva por teléfono. Se me ocurrió decir, para finalizar la conversación, que también vendría Kenzie. ¿En qué momento dije nada?  Como usuario de perro guía, como persona que necesita un perro, y como perro que puede entrar en todos los sitios, me podría haber callado y aparecer allí con Kenzie. Pero, como acto de confianza, lo comenté. Entonces….lo cosa cambió. Me dijo que es que no aceptaba perros. Le dije que era un perro guía y que había una LEY que amparaba a estos perros, permitiéndoles la entrada en cualquier lugar público. Tienen sus derechos. Él diciéndome que qué ley era esa. Más tarde, le dije que si tenía correo electrónico, yo le facilitaba la ley, más que nada para no reinase la ignorancia, y facilitase la entrada a otros usuarios. Me dijo que la estaba viendo en Internet. ¿Entonces? El hombre, no me decía que no rotundo. Pero, me decía que, a pesar de ser un perro guía, seguía siendo un perro. Un perro que ladra, destroza y deja pelos. No aceptaba perros. Le decía que no ladra, no destroza, porque está bien educado y pelos no suelta, porque la cepillo. Alguno que otro puede soltar, pero nada que una escoba y un recogedor no pueda solucionar, me ofrecí para limpiar los pelos que dejase. Pero, él decía que comprendía que necesitase el perro, pero que…y vuelta a suspirar. Estaba harta de la conversación, una conversación que no llevaba a nada. SI no quería que me dijera claramente que  no, aunque me hubiera fastidiado, pero eso de los suspiros y tanta reticencia ante mis argumentos, me estaba sacando de quicio y era a mí a quien se le estaban quitando las ganas de ir a un sitio donde no iba a ser bien recibida. Pero, estaba en plan reivindicativo, porque hay unos derechos, y no miraba solo por mí, miraba por todas las personas que tenemos perros guía y tenemos derecho a ir a cualquier sitio. A pesar de que nos encontremos a personas que ven pegas por todas partes. 
Una cosa que me reventó fue que me dijera que cómo me iba a decir que no, con lo que tenía. Entonces, ya le dije que por pena sí que no lo hiciera. Eso me revienta, cuando se lamentan. Pero, él hombre seguía con el discurso del perro, que no aceptaba, pero yo diciéndole que no era un perro por capricho, que es un perro que ayuda. Me decía que lo entendía, pero que lo tenía que consultar. Y volvíamos a lo mismo. Eso era un no terminar. Pero, yo tampoco quería colgar, educación ante todo. Me preguntaba cosas súper tontas, como: si el perro ladraba, que cómo era de grande, que si tenía muchos pelos, que si dormía con nosotros en la cama. Vale, sé que hay mucha ignorancia, pero…¿tanta?  Al final, yo diciéndole que si se lo tenía que consultar a alguien que lo hiciera y punto. No estaba dispuesta a aguantar más tonterías. Pero, me dijo que las condiciones cambiaban, teníamos que pagar la reserva pro adelantado, que no sabía si tendríamos baño privado, pero que si eso él lo consultaba, nosotros fuéramos cuando llegásemos y ya encontraría alguna solución. Antes de colgar, le dije que hablaría con ONCE, para que hicieran más campañas de concienciación, sobre todo, por Logroño, ya que no veía nada concienciada a la gente.
Piensen ustedes que, a una persona que va en silla de ruedas, no le dejaran entrar con la silla, porque fuera a estropear el parquet del alojamiento. Le denegasen el paso, porque fuera en silla de ruedas. Es un caso extremo, porque a pesar de que la gente esté más concienciada con esos casos….las personas con movilidad reducida se encuentran ante dificultades más duras, en cuanto a accesibilidad. Pero, solamente era un ejemplo.

Volviendo al tema del hostal, ¿Qué pasó? Al cabo de cinco minutos, a lo sumo 7, recibo una llamada. ¿Quién era? Volvía a ser el hombre ignorante, el que no entendía, o más bien, no quería entender mis argumentos. Yo pensaba que para qué volvía a llamar. Y me dijo que, al final sí que podríamos alojarnos sin ningún problema. Le dije si es que ya lo había consultado. Y me dijo que sí, que él era el dueño, y lo tenía que consultar con él mismo. Y había llegado a la conclusión que era un acto discriminatorio, porque yo necesitaba al perro.  Pero, del todo no estaba convencida. Entonces, le pregunté si tendríamos las mismas condiciones que al principio, baño privado y pagar allí. Y me dijo que sí, que el mismo precio 100 euros las  tres noches, baño privado y miles de disculpas. Después, como si fuera mi amigo de toda la vida, con una confianza antes no vista, me estuvo contando que teníamos que llegar después de las cinco y media, porque tenía que llevar a su niña a inglés y después no sé qué y después no sé cuántos.  ¿Era el mismo hombre? Sí, lo era. Habría recapacitado, o, habría visto la multa que le podía caer, o….Bueno, a pesar de mi indignación, pero sabiendo que es de sabios rectificar, acepté ir a ese hostal. Tampoco teníamos otra opción.
Sin embargo, sigo pensando que hay pocas campañas de concienciación, porque hay gente que aún no entienden que estos perros hacen una labor encomiable. En Barcelona, nunca, o muy pocas veces, por no decir nunca, me he encontrado con dificultades, para acceder a los sitios. Puede que al ser una ciudad más grande estén más acostumbrados a ver la función de un perro guía.  De todas maneras, me gustaría que hicieran campañas, como las que hicieron la Asociación de perros guía de Andalucía. Os pongo el vídeo.  Creo que, de esta manera, llegaría más a la gente, y verían que estos perros tienen derecho a entrar en cualquier sitio, que son nuestros ojos, que no es un capricho y, sobre todo, que están más educados que algunas personas.    



¡Ya estábamos en Logroño! 
Teníamos hostal. El hombre al vernos, nos dio las llaves- tanto del portal, como de la puerta de casa, como de la habitación- , casi como si hubiéramos alquilado un piso. Nunca había estado en ningún hostal sin recepción. Allí era como si estuviéramos en casa, con nuestras propias llaves. El dueño, con el que había hablado por teléfono, no hizo ninguna referencia al tema. Nos dio las llaves, nos enseñó la habitación, nos preguntó si nos gustaba y nos hizo firmar unos documentos, y después pagar lo dicho. Nos dijo que al mediodía venían a limpiar la habitación, que si nos iba bien y tal. Después, que el último día dejásemos las llaves en una mesita que había y ya está. Casi que no lo volvimos a ver más.
No estaba mal, era como una habitación de esas antiguas, con muebles que hacen ruido…y una tele que apenas se veía. Pero, lo que queríamos baño privado, aunque pequeño, y una cama grande para los dos lo tenía, así que más que suficiente. Además, había calefacción, central, pero calefacción. Una ventana que daba a la calle y bastante espacio, hemos estado en sitios más pequeños.
Ya estando en el hostal, sin problemas, con las llaves y en la cama, suspiramos y dijimos….!Ahora sí que estamos en Logroño! Por fin, tranquilos, con alojamiento y era el momento de ponernos en marcha con los reencuentros.

REENCUENTROS….

Teníamos ganas de ver a unos amigos  logroñeses, que hacía como cinco años que no veíamos. Sé que si desde un principio les hubiéramos dicho que íbamos, hubieran hecho lo imposible para que nos quedásemos en su casa. Pero, como días anteriores, estuvimos mensajeándonos  y sabíamos que tenían una visita, un familiar, en casa. No queríamos importunarles con nuestra llegada. Así que, fue sorpresa.  Una vez en Logroño les dijimos que si quedábamos, y ellos que sí , claro, que dónde y tal. Siguiéndonos el rollo. Pero, como no había manera. Al final, les dijimos la verdad, que habíamos llegado a Logroño y que queríamos quedar. Pues, costó que nos creyeran, querían pruebas, fotos o lo que fuera. Pero, no había manera. Después de muchos mensajes y una llamada de Alfonso terminaron por creérselo. Alfonso estaba trabajando, así que quedamos que le iríamos a buscar cuando terminase.

Nosotros aprovecharíamos para ir a hacer unos pinchos. Y llega el Reencuentro con los Pinchos….

Nos dirigimos a la Calle Laurel. Le llevé a Carlos, sabía el camino, con referencias, como pasando por el Espolón y desde allí ya sabía llegar. Me gustaba saber que, a pesar de los años, y de que ya no vea, puedo llegar a los sitios, puedo recordar cómo llegar.
Bueno, el caso es que la Calle Laurel, sigue donde siempre; quizás con la variante de que como ahora ya no se puede fumar en los establecimientos, han puesto barriles al lado de la puerta de los locales.

Primera parada: Fuimos a por un fabuloso pincho de champis. De esos champiñones gorditos, carnosos, tiernos  con una salsa  hecha con ajillo. Pasar por ahí ya es hacerte la boca  agua, solamente por  el olor que desprende. Pedimos un pincho de champis, que lo rematan con una gambita al final, y una copita de vinito para que entre mejor la cosa.   


De ahí nos fuimos a otro bar, donde la especialidad son: “matrimonios” y “zapatillas”. Los matrimonios son bocadillitos pequeñitos de boquerones, anchoas y oliva. Riquísimo, cayó uno, con otra copita de vino. Las zapatillas, que en esta ocasión no las pedimos, son bocadillito de pan de molde, pasado por la plancha, y jamón serrano. Todo ello calentito.
De ahí, a por otro pincho de sepia, otro de chapis, un bocadillito de jamón con seta y queso de cabra, hasta perder la cuenta. Entre que no parábamos de comer y de beber vino, pues perdí la cuenta. 
Fue un fantástico reencuentro con los pinchos. A pesar del frío, estábamos fuera, en casi todos los sitios que estuvimos, más que nada, porque había más espacio entre los barriles colocados fuera, y porque no había tanta gente,  y estábamos más a gusto. Además, al cabo de dos copitas de vino y varios pinchos, el frío dejó de ser un problema. Kenzie estaba más a gusto fuera, prefiere el frío, además, no está tan agobiada. Porque hay sitios, tan estrechos, que es como ir en un vagón del metro en hora punto, y todo eso comiendo y aguantando la copa y sujetando a Kenzie, para que no hiciera de aspiradora.
Eso sí, en uno de los sitios, a pesar de estar afuera, pisaron a Kenzie la colita, y protestó. Pero, es que no se dieron cuenta, quizás sí que la vieron a ella, pero no a su cola. Pero, dada la gente que había, que, afortunadamente, solamente le pisasen una vez fue un logro. A pesar de que íbamos con cuidado, a veces suceden este tipo de percances.

Después de tanto pincho, de disfrutar comiendo, ya tuvimos suficiente. La cena, entre tanto pincho, ya había llegado a su fin. Ahora tocaba otro reencuentro… el de Alfonso y Eva. Alfonso nos explicó dónde trabajaba y que salía a las 23h, así que a por él fuimos.  
¡Qué ilusión volverle a ver! Después de tanto tiempo. Él casi no se lo creía, así que podemos decir, que nos salió bien la sorpresa.

Después de la incredulidad, abrazarnos, reírnos y creernos que volvíamos a estar en Logroño con ellos. Fuimos a tomar algo, para ponernos un poco al día, y decidir qué podríamos hacer al día siguiente. Ninguno de los dos trabajaban, así que genial. Día para pasarlo juntos.  Carlos, el conductor, quería ir al País Vasco, pero quizás otro día, no le apetecía ponerse otra vez a conducir mucho trayecto. Por tanto, decidimos estar cerca de Logroño. Tentamos varias opciones, turismo por Logroño: monte Cantabria, río Ebro, y al fin, se les ocurrió: un sitio muy natural, cerquita de Logroño, con un lago y donde Kenzie podría correr.  
Queríamos un sitio natural donde poder pasar el día. Incluso, estando en Barcelona, miramos sitios donde ir. Y uno de los sitios que no s llamó la atención fue un lugar donde hace miles de años vivieron dinosaurios: El barranco perdido. Situado cerca del río Cidacos. Sin embargo, la suerte no estaba de nuestro lado, y justamente en estas fechas estaba cerrado, quizás por la climatología y por lo que fuera, pero esa opción estaba más que descartada. No hubiéramos podido ni entrar al parque, ni ver las huellas, ni ver el museo paleontológico. Así que, otra vez será.

LA GRAJERA    

Al día siguiente, madrugamos relativamente, para poder ir a desayunar. Quedamos que nos venían a buscar, y así íbamos en coche. No hay mucha distancia, a lo sumo 5 km, pero tampoco era plan de ir caminando….entre el frío, la distancia y todo lo que se tendría que caminar por ahí. Llegamos, aparcamos el coche y empezamos a caminar. Kenzie fue lanzada al césped. Quería oler la hierba y correr por el bosque. Así que, tal y como le habíamos prometido, la soltamos. Le duro poco la alegría, porque enseguida vino un forestal, para decirnos que no se podía soltar a los perros.  Más tarde, vimos un cartel donde ponía todas las recomendaciones del lugar, y una de ellas era llevar atado al perro.   
recomendaciones GRAJERA


Así que, Kenzie se quedó con las ganas de correr a sus anchas, y tuvo que trabajar. Entre tanta naturaleza, tantos animalitos y olor a naturaleza, tiraba mucho, y tenía que hacer fuerza, para que no me llevase donde su instinto le llamaba. Trabajó duro, luchando ante sus ganas de correr y de ir hacia donde quisiera. En ese parque, aparte de árboles, arbustos, plantas y hierba por todas partes, hay: un gran embalse en medio del parque. También, hay algunos caminos para caminar, algunos de los cuales son parte del Camino de Santiago.
Muchos logroñeses tienen la oportunidad de realizar deporte, pic-nic, bici o cualquier tipo de ocio al aire libre yendo a este gran parque, muy cerca de la ciudad. Caminamos y caminamos, rodeando el lago, parecía que nunca terminaba esa vuelta. Los chicos, no sé si porque son más altos, o dan las zancadas más largas, iban muy por delante nuestro. Eso también hacía que Kenzie quisiera ir más rápido. Mientras, Eva y yo íbamos a nuestro ritmo, sin pausa, pero sin prisa y poniéndonos al día.     
embalse
ciervos comiendo


Después de esa gran caminata, dimos un descanso en un restaurante. Picoteando algo y yo degustando un mosto fresquito. La verdad, es que hacía muy buen día. Un día soleado, apto para pasear por un ambiente tan bucólico.  Porque, aparte de sentirte en un prado, podías ver a cisnes, patos y demás a ves en el embalse. Mientras se cebaban con el pan que les echaban la gente que paseaba por ahí. Más tarde, vimos ciervos. Y en alguna que otra ocasión, alguna ardilla trepando rápidamente por algún árbol. Entiendo que si Kenzie hubiera estado suelta, se hubiera ido detrás de alguna ardilla, y por supuesto, sabiendo lo que le gusta bañarse, hubiera acabado dentro del lago.   
Estanque de La Grajera


Aunque no consiguiéramos el objetivo de que Kenzie pudera andar a sus anchas. De lo que no cabe duda, es que acabó cansada. Reconozco que nosotros también.  
En la Grajera los cinco



LOGROÑO  

Después de pasar toda la mañana caminando. Repusimos fuerzas con una buena comida en casa de Alfonso y Eva. Entre otras cosas, Eva nos preparó un provolone que nos encantó. Le pedimos la receta, para poder probar de hacerlo en casa. Está riquísimo. Después de hacer la sobremesa, decidimos dar una vuelta por Logroño. Nos acompañaron hasta la Gran Vía, nos despedimos, para reencontrarnos por la noche y hacer unos pinchos juntos. Nosotros nos dirigimos al hostal, para poder darle de comer a Kenzie. Una vez había comido la pequeña, también tenía fuerzas para seguir ejerciendo su labor. Así que, nos fuimos a pasear. Primera parada: El Espolón, donde está la escultura que realizaron a Espartero subido en su caballo. Estaban todas las calles muy iluminadas, la Navidad ya estaba cerca. 
Iluminada por Navidad

Espartero en su caballo

Del Espolón fuimos al Ayuntamiento. Fui dirigiendo a Carlos y a Kenzie, yo dirigí la ruta. Aún recordaba cómo llegar a según que sitios. El ayuntamiento sigue donde siempre, estaba muy iluminado. En medio, había una cerca, porque estaban preparando el pesebre para las fiestas. No lo pudimos ver, pero da igual, sabíamos que lo pondrían allí.  
Ayuntamiento de Logroño
 Quería llegar a un rincón del Ayuntamiento que me encanta, donde hay una fuente y hay  una mujer con gabardina que bebe y bebe y no deja de beber. Esa escultura lleva años bebiendo agua de esa fuente, da igual que llueva o nieve, siempre está allí. Recuerdo que cuando era pequeña me encantaba ir a visitarla. Pero, veo, que a pesar de los años, mi gran curiosidad no ha desaparecido y quería ir a visitarla. Ver que, a pesar de los años, hay cosas que permanecen y nuestros recuerdos siguen perdurando y bebiendo el agua de la vida. Me encantó verla, tocar a la señora frío de bronce inmóvil ante las situaciones del tiempo. Ahí estaba, se la presenté a Kenzie, que le daba igual, y me hice la foto de rigor. No sé cuántas fotos debo tener en esa fuente, pero con diferentes edades, con el paso del tiempo de por medio, pero siempre acabo yendo allí.  
Fuente bebiendo agua

 Después de pasear un poco más, pasando por la calle donde vivían mis abuelos. Dimos media vuelta y nos dirigimos  al Casco Antiguo. Habíamos quedado con Eva y Alfonso en la concatedral de Logroño: Santa María de La Redonda.  Situada en la calle de Portales. Una calle peatonal muy amplia, donde en los soportales hay comercios. Se puede pasear muy a gusto. Además, está muy cerca de la calle de los pinchos, porque es paralela a la calle Laurel. 

LA SENDA DE LOS ELEFANTES  

Laurel
La calle Laurel, popularmente, lleva el sobrenombre de: La senda de los elefantes. ¿Por qué? Desde hace décadas fue bautizada con ese sobrenombre, porque si pruebas a tomarte un vino en los más de 60 establecimientos que hay en la calle….puedes acabar con una trompa increíble y caminando a cuatro patas, como harían los elefantes. Desde hace años, los bares que podemos encontrar no ofrecen solamente vino, también es un sitio para degustar exquisitos pinchos. Hay una variedad gastronómica suculenta, en cada bar puedes encontrar una especialidad: morros, setas, champiñones, tortillas, sepia, patatas a la riojana…. Un festival de sabores para la boca. Y si a esos manjares le acompaña una copita de vino- ya sea de denominación Rioja, o bien de otro tipo- o un mosto, ya  estás hecho un logroñés.  
pinchos


Los cuatro junto a Kenzie nos dispusimos a probar todo tipo de pinchos. Yendo por la calle Laurel, por la San Juan  y así por sucesivas calles. Probando todo tipo de pinchos. Hasta que yo acabé llena. Los chicos aún fueron capaces de terminar con un pincho denominado: “roto”. Un pincho que consiste en un panecillo relleno de lo que quieras, acompañado de huevo y patatas. No apto para no gordos.

Terminamos como los elefantes, no por la trompa, pero sí como unos gordos.

VITORIA-GASTEIZ    

Kenzie, Carlos y yo en Vitoria

Al final pisamos Euskadi. Carlos conoció el País Vasco. No hay mucha distancia de Logroño a Vitoria, puede que unos 60 km. Una hora y algo de distancia en coche. Quedamos esa mañana con Alfonso, tenía fiesta y podía acompañarnos, así que podría hacernos de guía. ¡Fantástico! Eva tenía que trabajar y no podía venir con nosotros…pero, bueno…  Fuimos a buscarle a su casa, ya que el día anterior habíamos dejado el coche cerca de donde viven ellos. Había amanecido una mañana soleada, pero fría. Alfonso nos comentó que por la noche había helado. Lo comprobamos al ver el coche, que tenía algo de hielo. 
Empezamos a subir y a subir por un puerto de montaña, llamado: Puerto de Herrera. También conocido como el “Balcón de La Rioja”, porque desde esa altitud se pueden ver muchos de los viñedos de La Rioja alavesa. Pertenece a Álava. Fuimos subiendo y subiendo, se notaba el cambio de temperatura. Pero, a mí, asustadiza de mí, no me hacía mucha gracia que en los laterales hubiera nieve, porque entre tanto giro y giro, para ir rodeando el monte, en un descuido… mejor no pensarlo, pero…
Bueno, la cuestión es que con nieve, con heladas y con todas las impedimentos que nos fuimos encontrando, los sorteamos y llegamos a nuestro destino. Por el camino, vimos el cartel de un sitio que me hubiera gustado visitar: La Guardia. Un pueblo muy famoso por sus bodegas, y, según me han dicho, muy bonito por estar amurallado.  Pero, no quisimos distraernos de nuestro objetivo: Vitoria-Gasteiz. Y allí, aparecimos bajo un Sol increíble, parecía mentira que las inclemencias del tiempo nos dejará un Sol tan fabuloso. Fantástico para caminar.
Y a eso nos dedicamos gran parte de la mañana, a caminar sin rumbo fijo. Pasando por plazas, sorteando a gran cantidad de gente que había por todas partes. Se nota, sin duda la diferencia en Logroño y Vitoria. Las dos son capitales, Vitoria del País Vasco y Logroño de La Rioja. Pero, en la primera hay mucha más gente por todas partes. Además, nos contó Alfonso que en ocasiones, logroñeses van a Vitoria a comprar, quizás porque en Vitoria se encuentre “ElCorteInglés” o ves a saber, pero se ve que hay más variedad tanto de comercios, como de horarios.  
La cuestión es que nos dedicamos a caminar, la intención no era ir de compras. Pasamos por plazas, parques, y un sitio de murallas. Había que subir y bajar. Incluso vimos unas escaleras mecánicas, que bien nos fue para después subir lo que había bajado. Porque una vez llegó la hora en la que la barriga empieza a protestar, nos pusimos en marcha para encontrar un buen restaurante. Euskadi tiene fama por su buena y abundante gastronomía. Sin embargo, sin conocer la ciudad iba a resultar algo complicado. Pero, no imposible. Empezamos a preguntar a oriundos de allí, para ver qué sitio nos recomendaban. A Carlos se le había metido en la cabeza, comer un buen chuletón, para ello qué mejor sitio que un asador.  Pero, resultaba que a todo el mundo se le había antojado la misma idea, porque los sitios que visitamos estaban a tope de gente. Y los que no estaban, a simple vista, tan llenos, nos decían que no tenían sitio, porque estaban reservados. Llegaron las tres de la tarde y seguíamos sin encontrar ningún restaurante. Cuando se acercaban las cuatro de la tarde, o incluso antes, omitimos la idea de Carlos, ya solo queríamos comer, aunque fuera un menú, algo calentito. Pero, en todos los restaurantes que visitamos estaban abarrotados de gente esperando. No sé si es que era un día especial, o qué pasaba. Bueno, era un sábado, pero no era ni festivo ni nada, a pesar de estar en medio del las dos festividades. Por tanto, al igual que nosotros, habría muchos que estaban de puente.
Por último, acabamos en un sitio, alejados del bullicio, y comimos poco y mal. Nada de menú, algo de pinchos y ya está. Ya se nos habían quitado las ganas de seguir buscando. Seguro que si hubiéramos seguido buscando, nos hubiéramso encontrado que las cocinas estaban cerradas. Así que más valían engañar el estómago con algo.  Bueno, no hay mal que por bien no venga, y nos sirvió para recorrer las calles de Vitoria en profundidad, sobre todo sin descuidar ningún restaurante.
Por la tarde, tomamos un café, intentando que nos dieran los últimos rayos de Sol, que ya se iba alejando. Lo hicimos en una terracita de una plaza, no sé si era la Plaza Blanca. Pero, ahí estuvimos tomando café, arreglando el mundo y viendo a la gente pasar. 
Después, cansados y porqué no decirlo, un poco decepcionados- pensábamos pegarnos una comilona de las que hacen historia y más después de las caminatas- fuimos al coche. El camino, por ese puerto, por esas montañas, con tanta bajadita, no fue tan agradable como la subida, parecía que lo poco que habíamos comido se nos fuera subiendo. Bueno, tampoco tanto, pero un poco mareadillos y  sobre todo, cansadísimos llegamos a Logroño.  
Cuando llegamos ya estaba oscuro. Pero, es que este tiempo, oscurece antes. Llegamos justo para que Kenzie degustara su pienso, visto y no visto, como siempre. 
Por la tarde, después de descansar, asearnos, salimos a dar una vuelta pro ese Logroño iluminado por la Navidad. Habíamos quedado con Eva y Alfonso para cenar. Nos iban a llevar a un buen sitio, habían reservado, para compensar lo “mal” y poco que habíamos comido en Vitoria.   

CENA DE DESPEDIDA

Quedamos en la Gran Vía, y de ahí fuimos al restaurante donde habían reservado: Mesón Cid. Un sitio muy grande, con mucha gente esperando, muchos grupos, mesas por todas partes. Afortunadamente, al haber reservado no tuvimos que esperar y enseguida nos llevaron a nuestra mesa. En una sala más apartado, donde no había tanta aglomeración de gente de pie, esperando o en la barra. Teníamos nuestra mesa para los cuatro, e incluso un hueco muy amplio para Kenzie. Empezamos a mirar la carta, se nos hacía la boca agua con tanta cosa. Después de la caminata por Vitoria, de lo poco que habíamos comido y las ganas de pedir un chuletón. Aparte de pedir un picoteo de embutidos ibéricos y un pulpo, cada uno pidió su plato. Carlos y yo pedimos un entrecot de buey con salsa roquefort. Eva y Alfonso también se pidieron carne. Teníamos hambre. Todo acompañado con un Rioja. Y por último unos chupitos de hierba para bajar la comida. Acabamos muy contentos con la comida. Por último, nos acompañaron al hostal, donde empezaron las despedidas y las promesas de no volver a tardar tanto en vernos.
Al día siguiente, ellos trabajaban y nosotros emprendíamos el viaje de vuelta. Afortunadamente, hoy día con las tecnologías, si quieres no estás lejos nunca. Pero, quieras que no, da cosilla dejar a gente tan maja. Sobre todo, te emociona cuando te dicen que ya han tenido regalo de Navidad con nuestra visita.  ¡Gracias, chicos, por estos días! ¡Gracias por hacer de guías, estar con nosotros y ser como sois!  
Los cuatro sonriendo


REGRESO A BARCELONA  
Por la mañana, madrugamos para terminar el equipaje. Tocaba recoger todos los bártulos e ir a buscar el coche. Lo teníamos aparcado por donde viven nuestros amigos. A pesar de estar cerquita de su casa, no podíamos volver a despedirnos, estaban trabajando. Además, Carlos no quería que nos demorásemos mucho en salir, no quería coger caravana. Era domingo y día festivo, 8 de diciembre. Por suerte, no cogimos nada de caravana. Comimos por el camino, en la Nacional que es por donde mejor se come, aunque cogimos  un bocadillo, pero mucho mejor que las áreas de servicio de las autopistas. Paramos por Lérida, otra vez la niebla, emborronaba todo. No se veía nada, y encima una temperatura muy gélida. Parecía que estábamos en el país de los fantasmas. Cuando paramos en ese restaurante, sabíamos que había uno por el cartel, pero Carlos decía que ni lo veía. ¡Qué sensación!  Estábamos entre nubes.
Pasado Lérida, la niebla se difuminó y pudimos ir más tranquilos. Estando más cerca de casa, sí que cogimos algo de caravana. Parecía que no fuéramos a llegar nunca. Pero, es que siempre sucede, cuando vas, vas con ganas por disfrutar de unos días diferentes. Sin embargo, la vuelta, entre el cansancio acumulado y el saber que regresas, parece que no llegas nunca. Pero, llegamos a casa. Al día siguiente, Carlos tenía que volver a la rutina del trabajo. Y yo…a la rutina de casa.