domingo, 25 de febrero de 2018

Cuarta parada en Japón: Hiroshima


Hiroshima: Una ciudad de recuerdos para recordar
La llegada

El 19 de octubre salimos de Osaka para plantarnos en Hiroshima. Una de las ciudades de Japón más tristemente conocidas por la tragedia que sufrió a finales de la Segunda Guerra Mundial. Una ciudad que acabó devastada, pero que supo reponerse. No sabíamos qué nos encontraríamos, ni cómo sería Hiroshima. Teníamos ganas de llegar, y con el Shinkansen una vez más llegamos en un tiempo récord.  Una vez llegamos al destino nos sentimos algo perdidos. Ahora no contábamos con Google Maps, ya que habíamos consumidos los datos contratados con el PocketWifi. Así que era el momento de buscar una oficina de turismo, pedir un mapa y preguntar cómo podíamos llegar a nuestro hotel. No sé si por su inglés o por el nuestro, pero no nos enteramos de mucho. Así que acabamos justo enfrente: en otra estación de tren, pensando que allí podríamos coger algún metro, para llegar a nuestra meta. Afortunadamente había otra oficina de turismo y volvimos a preguntar, nos comentaron que teníamos dos maneras de llegar:
Una a través del bus, que además era gratuito con el JRP ó con tranvía. Finalmente hablando con la chica de la oficina de turismo nos decidimos por el tranvía, ya que tal y como íbamos de cargados, sería más cómodo. Además nosotros somos más de metro que de autobús, y quieras que no, un tranvía es como un metro, pero al aire libre. Nos enteramos que en Hiroshima no hay metro, solamente: bus, tranvía o ferrocarril. Nos parecía raro que no contase con líneas de metro, como había ocurrido en las otras ciudades que habíamos visitados, pero más tarde me enteré que por la situación que tiene Hiroshima y al estar en un delta es complicado la construcción de líneas de metro subterráneas.
Da igual, fuese como fuese, sabíamos que teníamos que coger el tranvía número 6 para llegar a nuestro alojamiento.  
La estación del tranvía estaba relativamente cerca de la estación de tren. Eso sí, tuvimos que bajar unas cuantas escaleras (no había ni ascensor, ni mecánicas), así que Carlos tuvo que hacer varios viajes, para ir bajando las maletas y después acompañarme a mí, es lo que tiene ir cargados. 

Carlos con el tranvía


El trayecto en tranvía se hizo un poco eterno, porque eran más de doce paradas. Nos hizo gracia escuchar en el tranvía a compatriotas que hablaban nuestro idioma, pero no intercambiamos mucho, porque no estaban por la labor, pero nos dibujó una sonrisa. Una vez bajamos del tranvía, Carlos pudo rescatar con mi móvil algo de señal wifi y activando el Pocket wifi con Google Maps, más los mapas que llevamos y gracias a su orientación: encontramos nuestro alojamiento.
Esta vez el alojamiento que habíamos escogido era algo diferente, era un Ryokan: hospedaje tradicional japonés. Teníamos muchas ganas de comprobar si dormir en el suelo es tan incómodo como nos imaginamos, y de sentirnos cómo japoneses en su tierra. Nuestro Ryokan se llamaba: Ikawa Ryokan

en la puerta del hotel Ryokan

El alojamiento: Ryokan
 Al entrar, en lo que pensábamos que era la puerta principal, no había nadie. A pesar de estar un rato esperando y que alguien más también lo hiciera ante una barra desierta. Desistimos y salimos, nos dimos cuenta que justo la puerta de la recepción estaba al lado. Más tarde supimos que habíamos entrado por una puerta que es para los clientes, pero con horario, sin embargo, la puerta de la recepción está las 24 horas abierta. Lo que parecía quera una barra, lo era, pero era tipo barra de bar, ya que también era restaurante y servían desayunos, aunque, como digo, no había nadie para atenderte, ni orientarte. Una vez en la recepción, nos pareció un poco extraño que nos pidieran los pasaportes de los dos, se hicieran fotocopias y casi no nos explicasen nada, eso sí, entre ellas, que nos pareció que eran familia sí que hablaban en japonés, sin entender nosotros nada de nada. Solamente había una chica joven que sí que sabía inglés, y nos explicó el tema de la puerta, los horarios y nos llevó hasta nuestra habitación, que se tenía que acceder mediante ascensor. 
 Dentro de la habitación alucinamos. Nunca habíamos visto un alojamiento similar, ¿dónde estaban las camas?  No había camas, solamente una especie de colchón, finísimo en el suelo, un colchón doblado, que más tarde, una vez fueras a dormir tendrías que desdoblar, para que cupieras. Pero, no nos sorprendió solamente eso. Nada más entrar a la izquierda estaba el lavabo que tampoco era nada del otro mundo, nos sorprendió más el de Kitoo con su televisión en la bañera, éste era pequeño, y, aunque también tuviera  los típicos botones de limpieza en el váter, no nos sorprendió. Un lavabo sin más. Antes de entrar en la habitación, separada con una puerta corredera, como ya era costumbre, había un escalón pequeño, que significaba que tenías que dejar el calzado ahí, cerca de la puerta. Al descorrer la perta entendimos el porqué, ya que todo el suelo era de tatami, era como si todo el suelo fuera una esterilla gigante, y estaba muy limpio. Esa era nuestra habitación: un tatami con dos futones en el suelo, un escritorio y un armario gigante. Un armario con puerta corredera en el que cabías dentro, incluso alguien podría dormir allí dentro poniendo una almohada un nórdico, doy fe, porque lo comprobé, sintiéndome el gato cósmico de los dibujos, Doraemon. No tenía televisión, pero ni falta que nos hacía, lo que sí que tenía y nos iba de maravilla para organizar horarios y demás, era wifi. 

Doraemon en el armario y Nobita en el suelo. AnimePili probando a hacer de gato cósmico, Doraemon, dentro del armario

Una vez dejamos el equipaje en nuestro tatami y vimos un poco por Internet que ruta tomar, nos fuimos a la calle. Parecía que volvía a llover, la lluvia quería acompañarnos y no había manera de sacarla de encima. Por suerte eran gotitas sin importancia, y después de las tormentas que tuvimos que soportar en Kioto eso no era nada y se podía sobrellevar. Al ser al mediodía optamos por ir en busca de un sitio para comer. No sabía adónde ir, porque tampoco teníamos antojo de nada en particular, simplemente queríamos comer. Quisimos alejarnos un poco del parque de la Paz que lo teníamos muy cerca, para encontrar algo que no fuera muy turístico. A pesar de que en Japón puedes comer a cualquier hora, tampoco queríamos que se nos hiciera muy tarde. Y después de barajar diferentes posibilidades optamos por uno, en el que no había mucha gente, no había ni mesas, ya que se comía en la barra y en taburetes, y ahí comimos. Realmente  no me acuerdo ni el qué, no es que fuera una comida deliciosa, además el suelo estaba algo pegajoso, eso sí que lo recuerdo. Pero, el trato fue correcto, y una vez más, como ya era costumbre, nos sirvieron té. Sea como fuere, aunque no fuera un menú pera recordar, nos sirvió para ponernos en marcha y empezar nuestra ruta.

Parque Conmemorativo de la Paz
El primer sitio que visitamos fue el Parque Conmemorativo de la Paz, un parque amplio, muy grande y en el que reina el silencio. Es uno de las atracciones más visitadas de la ciudad, y en el que cada 6 de Agosto se reúnen para recordar a las víctimas del bombardeo atómico. A pesar de que un parque muy extenso, cada año en agosto se llena de gente, y no cabe ni un alfiler. De hecho cuando llegamos vimos a más turistas como nosotros, pero también vimos a grupo de colegiales, que a Carlos le hacía gracia que fueran todos con gorras amarillas, todos en silencio, con la cabeza para abajo y guardando respeto a las víctimas, todos ellos enfrente de un monumento a las víctimas. Impresionaba ver el silencio, y es que aunque notases que tenías gente a tu alrededor, podías notar su presencia, pero también escuchar el silencio. Sé que parece raro lo que digo, pero es cierto que a Carlos y a mí nos daba  esa sensación, de hecho  si hablábamos era casi con susurros, ya que el lugar daba respeto y porque si te fijabas nadie levantaba la voz.
El parque se construyó en la zona más afectada de la ciudad el 6 de agosto de 1945, era el centro neurálgico, el centro de negocios y justo donde cayó la bomba. Ahora es un lugar, en el que se respira el silencio,  se respetan a las víctimas y se les homenajea con monumentos, y símbolos de paz.
Paseando por el parque vimos una llama:  La llama de la paz que está encendida desde 1964 es un homenaje más a las víctimas del bombardeo atómico que sufrió la ciudad. Este fuego permanecerá encendido hasta que todas las bombas nucleares del planeta desaparezcan.
Seguimos paseando por el parque, porque allá por donde mirases encontrábamos algún monumento que representaba un símbolo o un recuerdo de la tragedia. Cerca del parque vimos la famosa imagen de la cúpula de la
Pili y cúpula de la bomba atómica
bomba atómica, un edificio que quedó solamente parte de la cúpula y su estructura de acero. Si te quedas mirándola, desde fuera, por seguridad no se puede entrar, de hecho no puedes ni acercarte mucho, ya que está totalmente rodeado por verjas, para que nadie pueda entrar, te puedes hacer a la idea de lo que fue que cayera un bomba como Little Boy en una ciudad como Hiroshima, haciendo desaparecer a miles de personas y convirtiendo en cenizas edificios. Esa cúpula de 25 metros no es solamente un edificio, no es solamente unas ruinas, es mucho más, es todo un símbolo de la ciudad, de lo que quedó, y cómo supo recuperarse ante las adversidades. La verdad, es que aunque no lo viera del todo, podría contemplar el silencio, las descripciones de Carlos , y lo cierto, es que impresionaba: estar en el mismo lugar en el hace más de 70 años ocurrió una tragedia como la que vivieron.

Antes de que se hiciera más tarde, queríamos entrar en el museo conmemorativo de la paz: un museo que narra el antes, el durante y el después del bombardeo atómico. Vimos que todavía nos daba tiempo de entrar, el museo cerraba a las seis de la tarde, así que teníamos tiempo de recorrerlo con calma. Además el precio no era muy elevado, como la mayoría de museos en Japón. Además, por muy duro que fuera, no podíamos estar ahí y no entrar. De hecho, hasta cogimos una audio guía, para completar nuestra visita, lo malo, entre comillas, es que la audio guía solamente estaba en inglés, pero ya nos serviría para ir completando lo que veíamos. Solamente cogimos una, no por el precio, sino porque con que la tuviera uno, que fui yo la que iba con el auricular a todas partes, ya era más que suficiente. Nos guardamos los abrigos en las mochilas y empezamos a sumergirnos en lo que era Hiroshima. Nada más entrar, había una recreación vía imágenes que impresionaba mucho, a pesar de que no lo pudo disfrutar con exactitud, sí que cuando me acercaba a una especie de círculo que había en el suelo, veía como se iluminaba el suelo: era cómo era Hiroshima, y llega un momento que hay una gran explosión, y todo se funde a negro. Realmente impresiona, y si lo ves supongo que mucho más. Creo que ahí estuvimos durante varias recreaciones, porque no podíamos ni movernos. Fuimos viendo imágenes que había desde cuadros, fotografías a vídeos. El museo cuenta con varias plantas, y cada vez que Carlos veía un vídeo, me pasaba el número de audio que me tocaba, y después compartíamos impresi0ones: con lo que yo había entendido en inglés en la audio guía con lo que él había visto. Una de las plantas que más me gustó fue la tercera porque aparte de imágenes que Carlos iba viendo y leyendo, yo me apartaba y me quedaba absorta escuchando el audio. Además, muchas de las explicaciones estaban en Braille, lo malo es que yo aún no lo domino y creo que el kan ji no ayudaba mucho a que pudiera entender ni una letra, pero lo mejor es que esas explicaciones accesibles estaban tanto en inglés como en japonés, y describían los objetos que había. Uno de los objetos que más me impactaron fue tocar una botella de cristal de cómo era, original, a cómo quedó después del ataque atómico. Otro objeto que agradecí mucho es tocar cómo era el edificio de la Cúpula antes y el después, en el que solamente se podía casi detectar la cúpula, aunque ya no era la misma y el esqueleto de acero del edificio, cambiaba mucho.  
Pili ante la maqueta de la Cúpula en el museo


La verdad, es que, a pesar de que fuera un museo duro por la tragedia que narraba, me gusto mucho en cuanto a accesibilidad y el detalle de poder tocar las cosas, toda la información que te facilitaban y ayudaba mucho a entender lo ocurrido. Además de concienciar a la  población de todo lo que sufrió unos habitantes de Japón, y como poco a poco fueron reponiéndose: y la ayuda que han facilitado en otros puntos del planeta que también han sufrido las consecuencias de un catástrofe nuclear, como fue el caso de Chernóbil. Así que no solamente es un museo que cuenta qué pasó y se basa en el morbo, sino que conciencia a todos y cuenta las consecuencias y cómo investigan en todo lo relacionado con las enfermedades que vinieron después. La parte de abajo puede que me gustase menos, ya que sí que era más dura con recreaciones de niños, ropa y fotografías, contando en cada vitrina la vida de cada uno de aquellos seres humanos que perdieron la vida. Vimos gente con  lágrimas y a nosotros se nos quebró la voz en más de una ocasión.

Necesitábamos salir, tomar el aire y nos sentamos en un banco del parque, casi sin palabras, pero compartiendo impresiones sobre lo impresionante del museo y todo lo que había ocurrido. Después de coger aliento, seguimos caminando por el parque, aún quedaba mucho por ver. Yo quería ver un monumento que había leído sobre las mil grullas de papel. Es un monumento que tiene historia: es un memorial a Sadako Sasaki. Sadako tenía dos años cuando la bomba atómica
Pili bajo las patas del monumento
cayó en Hiroshima, ella quedó expuesta a la radiación y a los diez años vio las consecuencias. Después de varios desmayos y encontrarse mal, sus padres le llevaron al hospital y le diagnosticaron el mal de la bomba atómica, leucemia. Estaba bastante avanzado y había poco que hacer, le quedaban meses de vida. Una amiga le regaló un papel dorado y le hizo un origami, contándole una leyenda sobre la magia de éstos: quien hiciera mil grullas de papel podría pedir un deseo que se le concedería. Eso alentó a la pequeña Sadako a tener algo de esperanza e ilusión y cada día con cualquier trozo de papel, aunque fuera con la caja de medicamentos hacía uno. A la edad de doce años y con más de 620 grulla Sadako no pudo ver cumplido su deseo de curarse y falleció. Fue enterrada con todos los origamis que había hecho. Todos sus compañeros de colegio, desolados, quisieron rendirle un gran homenaje: haciendo las mil grullas de Sadako, después hicieron campañas de recaudación para hacerle un monumento en recuerdo a ella y a todos los niños que perdieron la vida por el bombardeo. Doce años después consiguieron que se levantase un monumento para Sadako, en la que aparece encima de un origami, extendiendo las alas. El día de la inauguración estaba repleto de niños, había mil grullas y muchos niños homenajeando a todos los niños que habían perdido la vida a consecuencia de la bomba atómica.
El monumento es precioso, aunque muy alto. La base son unas patas de bronce de un origami, en el que dentro se encuentra una campana que con el viento se escucha repicar, arriba del todo hay un ángel extendiendo las alas. Abajo del todo, en una losa negra hay una inscripción en japonés que pone:

"Este es nuestro llanto, esta es nuestra plegaria: para construir paz en el mundo".  

Monumento de Sadako

Alrededor del monumento, Carlos me fue contando que había vitrinas con muchos tipo de origami, de colores, grandes, pequeños, de todo tipo. Eran de niños que siempre que van a visitar el monumento llevan las grullas que han construido en honor a Sadako. Este monumento es un homenaje, pero simboliza la paz, por eso es llamado: Monumento de la paz a los niños. Fue un monumento construido para una en concreto, pero es para todos los niños que cayeron por consecuencia del bombardeo, y además fue llevado a cabo gracias al ímpetu de los compañeros de Sadako que querían que se le hiciera algún monumento de recuerdo. Es muy bonito, ya no por el monumento en sí, sino por toda la historia que hay detrás.

Después de visitar ese monumento y de ver más del parque, porque en cualquier esquina encuentras algún recuerdo, nos alejamos de la zona. Queríamos ver el castillo de Hiroshima, pero entre que ya era de noche, estaba oscuro, no sabíamos muy bien dónde estaba y se ponía a llover. Lo intentamos y a Carlos le pareció verlo a lo lejos, pero dada la hora que era estaría cerrado. Así que nos queda pendiente para otra visita, porque, sin duda, tendrá otra visita nuestra en ocasión. Eso sí, si volvemos iremos por la mañana con luz, para disfrutar de la ciudad con más intensidad.

Hondori: paseo comercial por Hiroshima
A pesar de las gotas que empezaban a caer, empezamos a caminar sin cesar, sin ningún destino concreto. Era casi uno de nuestros últimos días en Japón y aún queríamos hacer algunas compras, así que fuimos en búsqueda de alguna zona comercial. Llegamos a Hondori. Encontramos un paseo repleto de tiendas de todo tipo, además con la ventaja de que estaba cubierto y no nos mojábamos. Entramos en algunas tiendas y algún que otro suvenir nos llevamos. No de la ciudad en sí, pero sí de Japón. Después de entrar en  varias tiendas y quedarnos una vez alucinados con la variedad que había, quisimos encontrar algún sitio para comer. Sabíamos que si volvíamos a la zona del Ryokan no encontraríamos nada y por ahí parecía que había movimiento y mucho para elegir.

Había bastantes restaurantes, pero también muchos que ya estaban llenos. En algunos nos hubiera entrado ganas de entrar por lo escondidos que estaban y el encanto tan tradicional que desprendía, al estilo izakayas, pero estaban a tope de gente, así que no tuvimos suerte y descartamos algunos. Finalmente a Carlos le dio por ver uno que tenía un cartel, pero era muy raro, porque teníamos que subir unas escaleras. Nos aventuramos a entrar y ver qué nos encontrábamos. Y, resultó ser una Izakaya similar a la que habíamos estado en Tokio con Jiwon. Era un sitio de esos que entras, te dirigen a una mesa, o más bien sala, y tienes una tablet, para ver qué quieres pedir. Era muy íntimo una mesa con sofá solamente para nosotros, sin nadie que hablase más alto que otro, porque todo el resto de mesas estaban separadas por biombos, y aunque sí que se escuchaba que había gente cada uno iba a lo suyo, porque era como estar en una sala para ti. Carlos empezó a mirar en la tablet, pero todo estaba en japonés. Había una opción de llamar al camarero y le llamamos para preguntarle por los takoyakis y nos ayudó a pedirlo. De hecho, sin haber pedido aún nada, o sí, nos trajeron una especie de pinchos de pollo, aunque estaba un poco fríos, creemos que fue un detalle del camarero, porque no nos suena que lo pidiéramos. En este tipo de establecimientos, aparte de repetir las veces que quieras y lo rápidos que son, puedes beber lo que quieras, nosotros pedimos unas cervezas japonesas y además puedes fumar, con la ventaja de no molestar a nadie, ya que no hay nadie a tu lado. Pedimos bolitas de pulpo, takoyakis, que enseguida volaron, y algunos pinchos más. Por último repetimos de esas bolitas rellenas de pulpo, porque estaban muy ricas, calentitas y bien de precio. Nos quedamos saciados con las veces que repetimos, además e descansados. Tardamos en irnos, porque estábamos muy a gusto en ese sofá, hablando de lo que haríamos al día siguiente y de los días que nos quedaban.

Una vez repusimos fuerzas, nos enfrentamos al frío nocturno de la noche y nos dirigimos al Ryokan, por primera vez dormiríamos en el suelo. Durante el trayecto a pie nos fuimos parando en muchas tiendas, no para entrar, porque a esas horas ya estaban cerradas, pero sí para contemplar algunos escaparates. Nos seguía sorprendió todo, sobre todo en un restaurante que había un robot. Carlos dijo de hacerme una foto, me puso al lado de lo que yo pensaba que era un muñeco o estatua, y me pegué un gran susto cuando el robot se movió y encima Carlos me decía que me miraba, me daba un poco de mal rollo. 

Pili con un robot


Carlos durmiendo en el futón, en el sueloEn el Ryokan todo estaba en silencio, se notaba que era un lugar de tranquilidad y de reposo. Abrimos nuestra cama en el suelo, un colchón finito, con un nórdico y nos pusimos a dormir. Nos costó un poco, porque se nos hacía raro estar estirados en el suelo, con los cables de todos los aparatos cargándose al lado, y nosotros ahí intentando dormir, pero nos entraba la risa. Sin embargo, el cansancio nos venció y enseguida sucumbimos en los brazos de Morfeo. 


Al día siguiente sería otro día, en el que tendríamos que madrugar, porque queríamos aprovechar el día y hacer una excursión a una isla cercana a Hiroshima. No os diré que isla es, para dejar la intriga, pero adelanto que es mágica, tiene un torii flotante y muchos ciervos.



Continuará…


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