Blog de Pili: una maleta en la que cabe de TODO.
Desde: Viajes, experiencias, recuerdos, aventuras, anécdotas, historias y mucho más.
Siempre habrá espacio para ir rellenando huecos, contándolo desde un punto de vista diferente, el de Pili.
No tiene exceso de contenido.
Hoy 31 de agosto es el último día del mes. Agosto se despide
con agua. Aún estamos en verano, pero parece que al estar rozando septiembre,
agosto quiere despedirse regando a todo el mundo. A pesar de que nos ha
regalado días de Sol, días de bochorno, días de calor, parece que se ha cansado
de esos días, y ahora quiere regar los campos y no precisamente con café. Toca
el turno a las lluvias, las tormentas y a las gotas que te van empapando poco a
poco. A muchos no les afectará porque ya han regresado de sus vacaciones y de
sus días de playa. A mí, aunque no haya hecho vacaciones, en ese sentido
tampoco me afecta.
No me gustan los días de lluvia. No soy a la única a la que
no le gustan, ya que a Kenzie, mi perra guía, tampoco le gustan nada. Es una
perra, pero parece una princesita. No le gusta mojarse. Si hay un charco, lo ideal
sería que lo esquivase, para que ni ella, ni yo nos mojásemos, pero en muchas
ocasiones lo que hace para evitar ese charco es dar un salto. No es un salto
bestial, pero sí que es uno de esos que te sorprende y al ir yo agarrada del
arnés,, si reacciono a tiempo también doy un salto, y si no, mientras ella se
ha librado de empaparse sus patitas, yo acabo con los pies mojados. Entiendo
que es bueno que llueva, que se rieguen los campos y cultivos, pero cuando no
llueve y de repente cae una tormenta, granizo o aguaceros como los de hoy, tampoco
creo que ayude mucho a los huertos ese tipo de agua. Nada en exceso es bueno, y
cuando caen tormentas solamente cabe esperar que tras la tormenta llegue la
calma.
Voy a enumerar doce razones de por qué no me gustan los días
de lluvia:
12 razones para que no me gusten los días de lluvia:
1-Guiar bajo la lluvia: Cuando
llueve Kenzie guía mucho peor. Se arrima a las paredes como si no hubiera un
mañana, para intentar mojarse lo menos posible. ¿Por qué se arrima más a los
edificios? Porque la mayoría de ellos tienen balcones y hacen de paraguas para
ella, y en su defecto para mí. Debería ser bueno ir tan arrimadas a los
edificios, ya que no nos mojamos tanto, pero tiene grandes inconvenientes:
toldos que sobresalen, puestos de fruta, y miles de obstáculos que, a pesar de
la perrería que le entra a Kenzie por querer ir por esos lugares, tampoco llegó
a comérmelos, pero sí que los rozamos, viviendo al límite. Además va
mucho más lenta. Y, sobre todo, una manía que no he podido quitarle de la
cabeza en días de lluvia, es que me utiliza de toalla. Ella puede llevar un chubasquero,
pero si se moja algo la cabeza, cuando entramos en un lugar seco, empieza a
restregarse contra mis piernas, hasta que logra saciar su intranquilidad por ir
algo mojada.
2-Sin paraguas: Ni Kenzie, ni yo
vamos con paraguas. El paraguas es un estorbo, para las personas que no vemos,
al menos para mí. Cuando llevaba bastón tampoco lo utilizaba. Más que una ayuda
se convierte en un incordio. Hace que las dos manos, antes por el bastón y
ahora por el arnés, acaben ocupadas. Así que, prefiero tener una mano libre por
lo que pueda ocurrir, incluso para poder corregir a Kenzie con la correa. Así
que, somos de chubasquero. Nos da mucha más libertad. Además, imaginaros que
llevase un paraguas, por mucho que Kenzie me guíe hay personas que no se dan
cuenta y el perímetro de un paraguas es más ancho, así que me iría chocando
tanto con árboles, edificios y sobre todo personas.
3-Malos humos: Cuando llueve las
personas están más de mal humor, por haberse mojado, por el día de perros, por
el frío, por el calor, por el simple de hecho de haber tenido que salir a la
calle con lluvia. Sea por lo que sea la gente está más irascible. Los coches se
convierten en verdadero peligro, porque se escuchan mucho más los cláxones, hay
más atascos y más accidentes.
4-Gremlins: Odio a las personas que sí que son
usuarias de paraguas y van bajo los tejadillos, lugar preferido de Kenzie para
caminar bajo la lluvia. Encima pretenden que nosotras sin ver, sin paraguas y
sin tener por qué nos retiremos de su ruta. Les da igual que no veas,
ellos no piensan dejarte pasar, no vaya a ser que les caiga una gota de agua y
se conviertan en Gremlins. Encima son de esas personas que no tienen suficiente
con arrollarte, encima sueltan bufidos y exclaman que por qué no miro por dónde
voy. La última vez, ya dije que ya me gustaría ver por dónde voy. La gente no
se fija y solamente quiere no mojarse, sin importarle nada, ni nadie.
5-Pies mojados: Si te mojas, como me
sucede en más de una ocasión, a pesar del chubasquero, te quedas todo el día
con mal cuerpo. Sobre todo si te mojas los pies y llevas calcetines, ya te
quedas con los pies húmedos durante todo el día, sin posibilidad de cambiarte y
con una sensación muy desagradable. Debería haber ropa específica para los días
de lluvia. Sé que hay chubasqueros, botas de agua, pero toda esa parafernalia,
a veces te hace sentir incomoda y encima parece que vayas disfrazada. Pero, yo
soy de las que prefiere ir bien protegida, aunque no vaya divina de la muerte.
Sin embargo, cuando las tormenta te pilla sin previo aviso, entonces es cuando
acabamos como si hubiéramos estado debajo de una ducha, ya que no siempre
llevamos el chubasquero, como no todo el mundo lleva el paraguas encima.
Deberíamos llevarlo por si acaso, pero si empezamos con e por si acaso,
deberíamos ir siempre cargados de multitud de cosas que no en realidad no
utilizamos.
6-No oigo: He comentado que no llevo
paraguas, pero que utilizo chubasquero. Si me pongo el gorro que suele
acompañar al chubasquero y que va bien para no acabar con todo el pelo empapado,
hace que escuche mucho menos. Y si esos días son horrorosos por el sonido de la
lluvia, los coches, y la gente que camina rápido, si a mi poco resto visual le
resto uno de mis sentido más importantes, el oído, parece como que me quede
huérfana de otro sentido, y te sientes más insegura, sobre todo a la hora de
cruzar.
7-Truenos y relámpagos: Si a las
tormentas de verano le sumamos los truenos, ya es insoportable. Esos días son
geniales para estar en casa, con una mantita, una peli y bien resguardada. Pero,
si te pilla en la calle, solamente quieres llegar a casa. Aunque sinceramente,
esté donde esté, siempre me han dado miedo los truenos con los antecedentes
relámpagos. Parecen de peli de miedo. Cuando escuchas caer el trueno con
fuerza, parece que el mundo se vaya a caer encima de ti, te asustas y sabes que
no ha caído muy lejos con las consecuencias que eso conlleva. Y si ya sabéis
que los petardos no me gustan por el estruendo que desprenden, imaginaros los
truenos, que no pueden ser más escandalosos.
8-Encerrados en casa: No puedes
salir a la calle, ni a pasear, ni a tomar algo, ni por gusto. Si sales a la
calle bajo la lluvia y sin paraguas, más bien es por necesidad. Por la simple
necesidad de tener que desplazarte de un lugar a otro. Recuerdo que en el
cole cuando llovía era un aburrimiento bestial, porque no podíamos salir al
patio. Nos teníamos que quedar encerrados, sin clase, pero sin tomar el aire.
Eran días raros, sin patio, sin juegos, y con la lluvia como culpable.
9-Contenido sumergido en agua: Todo
lo que llevas acaba empapado. Recuerdo que hubo una época, sobre todo cuando
vivía en Dublín, que cada dos por tres caía un chaparrón, que llevaba el bolso
con bolsas de plástico. Así todo lo que iba dentro del bolso iba protegido.
Ahora no lo hago, a pesar de que llevo miles de bolsitas para Kenzie, pero no
las llevo para proteger todo el contenido del bolso de la lluvia.
10-A
cámara lenta: El transporte público va mucho más lento, porque
encuentra retenciones. Como he dicho, cuando llueve, y eso que no estoy
hablando de nevar, parece que todo se ralentice. A pesar de que todo el mundo
va lo más rápido posible, para evitar mojarse, parece que todo transcurra a
cámara lenta. Incluso el metro que va bajo tierra y no tendría por qué estar
afectado, en ocasiones va también más lento. Estaciones inundadas de agua. El
suelo de cualquier transporte está más sucio, porque entre las pisadas y el
agua que van dejando los paraguas, se forma otro tipo de terreno que ya no se
puede ni denominar suelo. En esos días, y lo entiendo perfectamente, Kenzie no
quiere tumbarse, como acostumbra a ir ella tranquilamente. Está impaciente por
bajarse de ese suelo mojado, húmedo, pringoso y no se siente cómoda.
11-Pelos,
pelos y más pelos: Kenzie, por muy perra guía que sea, por muy princesa
que sea, sigue siendo un can, es por ello que cuando se moja, como cualquier
perro, sobre todo si son de los que sueltan pelos, como es mi caso,
suelta más pelo. Cantidad de pelaje que suelta cuando se empapa, por mucho que
lleve el chubasquero, algo se moja la pobre, y como mecanismo de defensa, como
nosotros nos quitamos el abrigo, ella se quita, se le cae mucho más el pelo.
12-Olor
a perro: Imagino que habréis escuchado la expresión: “Oler a perro
mojado”, pues no se dice porque sí , si no que tiene una explicación. Un perro
mojado, al igual que suelta más pelo, también hace más olor. No es muy
agradable el olor que desprenden, y se debe a la acumulación de pelo húmedo que
tienen, por mucho que lleve chubasquero, por mucho que después le des con una
toalla, ese olor se le queda durante todo el día. Además si le oléis las
patitas, las almohadillas, después de haber pisado por todas partes, incluidos
charcos y aceras mojadas, barro, y demás se le quedan muy sucias. No sé si
porque si se le quedan sucias, si por ahí tienen unas glándulas sudoríparas o
cuál es la razón, pero huelen mucho. Esos días en que llegamos al trabajo
cabreadas, por habernos mojados, haber esquivado a Gremlins, charcos, haber
intuido que podía cruzar, y cuando llegas al destino con los calcetines
empapados, tienes que quitarle el chubasquero calado, la secas y te das cuenta
que durante todo el día va a estar de mal humor y con mal olor.
El lunes día 14 de marzo tuve el
honor de ser invitada al evento que, desde hace más de diez años, celebra la Pizarra de Raimunda. Un
acto donde premian a colaboradores que de una manera u otra han contribuido en
la asociación. Yo tuve el honor no solamente de ser invitada, sino de ser una
de las premiadas.
El año pasado, a principios de
2015, me invitaron a pasar una tarde de lunes con ellas, para contar mi
experiencia con el programa “Con
mis ojos”. Estuve más de una hora y media, por tanto da para contar
mucho y hacerles ver que hay mucho más que el sentido de la vista, lo que
significa Kenzie para mí, cómo es mi día a día y todas las inquietudes que
tenían. Aunque, sin duda, se creó una confianza entre nosotras, que hizo que
todas me contasen un poco de ellas, porque todas tenían cosas que contar, como
siempre digo, no soy una heroína, simplemente hago lo mismo que haría, a pesar
de que me haya tocado la lotería, hay que seguir para adelante, como bien saben
ellas. Sin duda, aquella tarde fue muy enriquecedora, porque no fui solamente a
dar una charla, sino que lo bueno de conversar e interactuar con los demás, es
que casi que aprendes tú más que los demás, y si todos lo hacemos: mejor que
mejor.
Aquella tarde conocí a mujeres
que habían sufrido mucho por diferentes circunstancias, a veces sin que te
cuenten penas, sabes que lo han hecho, pero que, a pesar de todo, siguen
luchando y siguen para adelante. Hubo una mujer de más de ochenta años que
tenía una vitalidad que más la quisiera alguno de veinte. Otra mujer era sorda
y me contaba que me entendía, porque aunque no se note una discapacidad, no
tenemos porque llevar un cartel que lo diga, y sabemos que hay más sentidos.
Todas y cada una de ellas, con su atención, su escucha, su participación y su
tiempo me demostraron mucho. Empezando por el cariño que, por si
tenía alguna duda, ayer me lo volvieron a recordar.
El premio es algo simbólico, pero
cuando se acuerdan de ti tras un año de tu intervención, eso quiere decir que
les calaste, que te escucharon y que les gustó lo que dijiste. Por la Pizarra
de Raimnuda, cada lunes pasa mucha gente, ya que de todo se aprende, , sin
duda, a ellas ganas de aprender les sobran. Por tanto, tras un año y con toda
la gente que ha pasado, que se acordasen de mí y de Kenzie fue todo un
detallazo.
Por otro lado, fueron muy
emotivas las palabras que la presidenta de la Asociación me dedicó, y no
solamente por la presentación, sino porque; el premio que me daban era el
premio colaboradora al coraje, y era el premio de su hijo. Su hijo había
padecido un cáncer y estuvo luchando mucho, sin embargo, a veces el luchar
sirve de algo y lo superó. Además, a pesar de que los médicos dijeron que no
podría tener descendencia, la tuvo, y allí en el escenario estaba su nieta y su
otro hijo esperándome para pasarme el relevo y recibir el premio. Fue muy
emotivo, porque que te dediquen un premio tan especial y tan sentido tiene
mayor valor.
Cabe decir que yo no considero
que tenga mucho coraje, simplemente hago lo mismo que haría si viera, sabiendo
que tengo unos límites y que todo no se puede hacer, pero que no te puedes
quedar sentada esperando ver qué pasa, no te puedes quedar lamentándote, porque
no sirve de nada. El hecho de que el programa reflejase un montón de aventuras,
no significa que en mi día a día esté todo el día escalando, haciendo surf o
haciendo rafting, pero sí que espero que sirviera para que la gente apreciase
que, aunque tengamos alguna discapacidad podemos hacer lo mismo que otras
personas, de otra manera, pero lo haremos. En el día a día vivo otro tipo
de aventuras que a veces se asemejan:
escalar los prejuicios de otras personas, surfear obstáculos y hacer rafting
con la montaña rusa que es la vida. Así que, a pesar de que parezca que no la
vida cotidiana no sea un deporte de aventura, lo es, porque cada paso, cada
semáforo, cada cruce, lo es. Así que, seguimos acumulando experiencias que nos
aporta el caminar diario.
Valentía, coraje, bravura: son
palabras muy grandes, porque yo no he hecho nada excepcional, simplemente
seguir caminando, al igual que lo hacen miles de personas a diario. ¿El hecho
de tener una discapacidad me hace más grande? Pues, sinceramente, preferiría no
tener ninguna discapacidad, pero no elegimos tener o no, las cosas vienen como
vienen y somos lo que somos por las circunstancias que nos rodean.
Quisiera dar las gracias una vez
más a todas las socias de la Pizarra de Raimunda por acordarse de mí, por
prestarme atención y por ser como son. Además, cogiendo las palabras de la
presidenta, creo que su hijo también se lo dedicaría a ella, yo se lo quiero
dedicar a mis padres, porque siempre han estado a mi lado apoyándome, sufriendo
y modelando que sea como soy. Si soy valiente, que ya digo que no me considero
nada valiente, es porque unos padres que lo pasaron muy mal, porque ser padres
no es nada fácil, estuvieron y están a mi lado, para tenderme la mano cuando
más lo necesitaba. Quise demostrarles y pienso demostrarles que, aunque me haya
tocado cargar con esta patología, seguiré luchando, porque ellos se lo merecen
y porque yo también me lo merezco. El coraje lo tienen ellos por no
desmoronarse y, a pesar de que el castillo de naipes estuviera a punto de irse
volando y derrumbarse, supieron ser, saben ser el soporte, el gran apoyo, para
que ese castillo se mantenga en pie día a día.
Este premio no solamente va a
esas mujeres luchadoras, a esos que no se rinden, a quienes tienen valor, sino
a los que se caen y saben levantarse, pero, como he dicho, sobre todo a mis
padres que han sabido estar ahí.
Nunca se me había pasado por la cabeza hacer el Camino de Santiago. A pesar de que, familiares y gente cercana, me lo habían recomendado, porque habían
venido muy contentos de la experiencia. Pero, yo era un poco reacia a hacerlo,
más que nada por mis pies, pensaba que sufrirían mucho y no valdría la pena. Sin embargo, algo cambió en mí.
Cuando estuve grabando el programa “Con mis ojos”, enGalicia entrevisté a unos peregrinos en la Plaza del Obradoiro, recién llegados
de la caminata. Al verlos tan emocionados y con la ilusión que desprendían sus
palabras, me entraron muchas ganas de vivirlo. Los ví tan emocionados, y eran
sinceros, no era todo genial, pero sí que valía la pena, ya que servía para
conocer paisajes, gente, pero, sobre todo, conocerte a ti mismo. Mi gran
preocupación: los pies, solamente es una parte del cuerpo, y la mente es mucho
más fuerte. Quería comprobarlo por mí misma, ver si valía tanto la pena. Por mucho que te puedan contar y explicar, cada uno lo vive de una manera diferente, lo que para uno ha sido algo alucinante, quizás para ti no lo es tanto. Incluso para quien ha podido ser lo más nefasto, para ti puede ser lo más maravilloso que te ha pasado. Así que para ello, no hay nada como calzarse las botas y ponerse en marcha, para poder comprobarlo por uno mismo.
Cuando llegué a casa se lo planteé a Carlos, y él
estaba encantado con la idea. Hay que decir, que ninguno de los dos somos muy
deportistas, ni siquiera senderistas, ni grandes caminantes, pero queríamos
vivir la experiencia. Él tenía vacaciones en septiembre, así que teníamos
tiempo para prepararlo. Sí, aunque sea por España, y digan que lo mejor
que hay que hacer es llevar el menos peso posible, nos teníamos que
organizar.
Una de las primeras cosas que hicimos fue ir a informarnos a
una asociación de amigos del Camino de
Santiago, allí nos informaron de todo, con un trato muy amable. También nos
ofrecieron la credencial. La credencial es una cartulina pequeñita, donde pone
tus datos y hay unas casillas, para que en cada sitio donde estés te puedan
sellar, y así luego demostrar que has hecho los kilómetros
correspondientes, para que te puedan dar la Compostelana. Aunque, más que para que te den la Compostelana, yo creo que es un bonito recuerdo,
porque después vas recordando que en tal sitio estuviste alojado, en tal otro
comiste un pulpo delicioso y en tal otro conociste a unos peregrinos majísimos,
de todos los sitios, los sellos te traen a la memoria miles de anécdotas.
Queríamos hacer un tramo del Camino, ni muy largo, ni muy
corto, el justo para conseguir la Compostelana y para vivir la experiencia. Así
que el pueblo escogido fue: Sarria, en Lugo. Queríamos tener la experiencia de
hacer lo suficiente y llegar al gran destino: la Catedral de Santiago. Cuando
fuimos a informarnos a la Asociación de amigos del Camino nos aconsejaron coger
un tren, para ir por la noche y por la mañana ya empezar la etapa.
Sin embargo, descartamos de inmediato la idea, porque eran muchas horas de
tren de Barcelona a Galicia, y a pesar de que puedas ir durmiendo, no descansas lo mismo, además
era demasiado trote para Kenzie, muchas horas sin poder ir al lavabo, ni moverse.
Los meses se acercaban, ya teníamos el billete de avión
comprado. Solamente nos quedaba reservar los albergues. Yo prefería ir con el
alojamiento reservado, más que nada, porque así llegas al destino y ya sabes
dónde tienes que ir, y porque volvemos a lo mismo de siempre, aunque Kenzie sea
un perro guía y tenga derecho por ley a estar alojada en el sitio donde yo
elija, no quiero llevarme decepciones y prefiero que lo sepan de antemano, para
no llevarnos desagradables sorpresas. Así que comenzó la ardua labor de mirar
alojamientos, escribir correos electrónicos, llamadas…y justo unos días antes
de emprender la aventura, ya teníamos todo reservado. Teniendo alojamiento íbamos
más tranquilos. Sabiendo que al final de cada ruta no nos volveríamos locos buscando un sitio para descansar. Además no queríamos albergues en el que duermes con cuatrocientas personas a tu lado, con ronquidos, gente que se despierta a horas diferentes a las tuyas, con olores de todo tipo y personas que refresan de star de fiesta cuando tú ya estás en el tercer sueño. A parte de por todo ello, tampoco queríamos compartir habitación, ya que aunque Kenzie sea una perra guía y tenga todo el derecho del mundo de estar durmiendo justo a mi lado, si alguien venía más tarde y no sabía que había un perro se podía llevar un gran susto, porque no se espera que haya un perro, y por esa regla de tres, Kenzie también se podía asustar si le pillaban tranquila y dormida y le despertaban, ya que no es plato de buen gusto para nadie, incluida ella, que después de un día agotador te despierten.
Por supuesto, no faltó una visita al veterinario, porque si
nosotros sabíamos qué teníamos que tener en cuenta, quería saber qué medidas
había que tomar con la peluda de cuatro patas. El veterinario ante mi duda de
si Kenzie podría aguantar el tute que le íbamos a meter, me contestó que sí,
que seguro que lo aguantaría, se rió y aseguró que quizás tiraría más que nosotros. Eso sí, en una de las etapas que era de más de 30 kilómetros nos aconsejó dividirla en dos, tanto por ella como para nosotros. Me recetó una pomada para las almohadillas que
tendríamos que untarle unos diez minutos antes de empezar las caminatas, porque
hay que tener en cuenta que si a nosotros nos pueden salir ampollas, a los
perros también. Así que, con Kenzie lo que teníamos que tener en cuenta era
untarle con la crema que nos habían recetado y sobre todo, al igual que
nosotros, hidratarle mucho, ir parando y que bebiera el agua necesaria.
Todo estaba listo para iniciar la aventura. ¡Qué nervios!
¿Sabríamos llegar a Sarria? ¿Seríamos capaces de aguantar las rutas? ¿Cómo serían los
caminos? Un montón de preguntas se agolpaban en mi cabeza, tenía ganas de estar
allí y experimentarlo por mí misma, respondiendo a las preguntas. Con
nuestras mochilas en la espalda -pesadas con anterioridad, tienen que pesar
sobre un 10% de tu peso, para que puedas aguantar. Hay que tener en cuenta que, aparte de llevar nuestras mudas, también teníamos que cargar con la comida de
Kenzie para los días que íbamos a estar fuera. Con las mochilas en los hombros, las botas puestas y cargados de ilusión salimos hacia el aeropuerto.
El primer día hasta llegar a Sarria ya fue toda una
aventura, sin contar mucho con los pies, pero lo fue. Primero el madrugón para
coger el avión. Llegamos a Santiago y de allí teníamos que coger un autocar
hasta Lugo, pero el vuelo y el autocar no estaban sincronizados, así que tuvimos que esperar más de una
hora hasta que apareciera el autocar. Mientras esperamos, en la parada había
otra chica, también de Barcelona, que iba a hacer el Camino, también era su
primera vez. Se le veía muy nerviosa, porque además nos contó que pensaba empezar
ese mismo día, porque no tenía muchos días para realizar las etapas. A mí me
parecía impensable empezar a caminar, no sé cuándo llegaríamos al destino, pero
a ella le daba igual la hora, teniendo en cuenta que el tiempo jugaba en su
contra.
Una vez en el autocar, se nos hizo eterno hasta llegar a
Lugo, entre curvas y carreteras que no terminaban nunca. Pero, en el asiento
delantero conocimos a un melillense que amenizó el viaje, contando que él ya
había hecho el Camino y que menuda diferencia ir en autocar que caminando. Así
que lo que para mí estaba siendo largo, para él no era nada, porque caminando
se tarda mucho más, obvio. Nos dio consejos para llevar mejor el Camino, nos
recomendó sitios y nos contó anécdotas, para él ya acababa la aventura, pero
para nosotros solamente había hecho que empezar. A él solamente le quedaban los
recuerdos y las vivencias, en cambio a nosotros nos acompañaban las preguntas y
las inquietudes de empezar algo. Así que nos vino muy bien coincidir con él.
En Lugo tuvimos que coger otro autocar, con otra espera,
para llegar a Sarria. Después de tanto viaje, con sus diferentes medios de
transporte, llegamos a Sarria. Allí fue nuestra primera despedida, con la chica
que iba a empezar la ruta fuera la hora que fuese y pegase un Sol criminal, con
el melillense y su hijo y todos los del autocar. Todos se despidieron con una
frase que escucharíamos repetidamente durante los días que vendrían: “!Buen
Camino!”
En Sarria cargados con nuestras mochilas y mucha ilusión nos
dirigimos a nuestro albergue, San
Lázaro. Allí nos acogieron con los brazos abiertos. La dueña, Marisa, al
vernos ya supo quiénes éramos. Kenzie es una gran pista, más habiendo hablado
antes con ellos y diciéndoles que iba a ir con un perro guía, esa es una gran
pista, para que supiera quiénes éramos. Enseguida nos enseñó nuestra
habitación, solamente para nosotros. Nos enseñó las instalaciones: baños
compartidos, salón para desayunar y ver la televisión y por supuesto, algo que
se ve nada más entrar, un patio con mesas donde tomar la fresca y descansar.
Ese día nos dedicamos a visitar el pueblo, comprar algunas
cosillas: como un palo para Carlos, para que le sirviera de apoyo en momentos
de subidas o bajadas, a charlar con Marisa y sobre todo a reponer fuerzas para
el día siguiente.
Primera etapa: De Sarria a Portomarín- 23Km.
Nos levantamos bien temprano, sobre las seis de la mañana,
antes de que amaneciera. Desayunamos algo ligero, sobre todo un café, para ir
bien despiertos. Antes de todo ello, nos habíamos untado bien los pies con
vaselina y puesto los calcetines al revés, para que las costuras quedasen al
otro lado, así pudimos ponernos las botas con los pies bien protegidos. Kenzie
también llevaba puesta su crema en las almohadillas. Una vez preparados,
salimos a la calle, parecía de noche, no había luz, así que Carlos tuvo que
encender la linterna. Hacía algo de fresco de buena mañana, pero… ¡zas! Primera
cuesta, la cual cosa, hizo que nada más subir, tuviéramos que desquitarnos de
prendas, porque ya habíamos entrado en calor. Esos esfuerzos de primera mañana,
hace entrar en calor a cualquiera.
A primera hora no nos encontramos a nadie por el camino,
pero, por suerte, está bien indicado con flechas que te indican el camino a seguir. Poco, después de la gran subida, nos empezamos a encontrar a otros peregrinos.
A medida que la luz matutina se hacía presente, los caminantes también iban
apareciendo.
Amaneciendo y empezando la aventura
No sé cuántas horas estuvimos caminando, porque además nos
íbamos parando a cada paso. Cuando no era para hacer un descanso, era para
beber agua, y si no, era porque nos sorprendía cualquier cosa. Por el Camino
conocimos a unas mujeres americanas que viajaban en grupo, y en las paradas que
hicimos también nos las encontramos, siempre se acordaban de nuestros nombres,
incluyendo el de Kenzie, y siempre que nos veían nos saludaban gritando
nuestros nombres, me hacía mucha gracia.
Cuando quedaba poco para llegar al destino, parecía que no
íbamos a llegar nunca, las fuerzas empezaban a flojear, el calor hacía mella en
nuestro cansancio. Hubo un momento que ni me sentía los pies, yo creo que
andaban solos, por inercia.
Kenzie estuvo guiando como la gran campeona que es. Hubo en
un momento que pasamos por un riachuelo y nos encantó la idea de soltarle,
porque además había otro perro bañándose, y con lo que le gusta el agua a
nuestra pequeña, no podíamos desperdiciar esa oportunidad. Eso sí,
después me tocó ir agarrada de Carlos, hasta que se secase del todo y pudiera
ponerle de nuevo el arnés.
¿Por qué no quería llevarla suelta por todo el Camino?
Porque Kenzie en cuanto ve algo de hierba se pone a pastorear, como si fuera
una cabra. Porque se hubiera puesto hecha una marrana, ya que tiene una fea
costumbre de restregarse en el barro y en lo que no es barro. Porque no sé que
habría comido por ahí, y eso hay que controlarlo mucho, para que después no se
encuentre mal. Porque no en todas partes había campo, hubo trozos, aunque en
esta ruta no, que había bastante carretera y eso es peligroso. Y por supuesto,
porque a mí me servía de mucha ayuda, me daba fuerza, seguridad y autonomía
poder ir del arnés de mi pequeña de cuatro patas.
Cuando Carlos me dijo que había visto el cartel de
Portomarín casi no me lo podía creer. Pero, la sorpresa estaba por llegar…. Para
llegar al pueblo, tenías que subir no sé cuántos escalones. Ese pueblo está
hecho con mala leche. No puedes con tu alma y tienes que subir escaleras,
es criminal. Eso sí, después pude comprobar que valía la pena, pero en ese
momento estaba por no subirlas.
Cuando llegamos al albergue lo primero que hicimos fue
ducharnos. Sienta de maravilla una ducha después de una gran caminata, recomforta muchísimo. Después fuimos a comer, eran casi las tres de la tarde. Aunque, yo más que hambre lo que tenía era un cansancio bestial. Estaba contenta
por haber llegado a nuestro destino, pero no me sentía el cuerpo. Hacía un
calor terrible, yo todo el rato les decía a los gallegos que era muy raro el
tiempo que estaba haciendo para estar en Galicia, aunque mucho mejor eso que
lluvia, por supuesto. Pero, estábamos a más de 25 grados, algo increíble.
Después de comer, fuimos a descansar, después de un gran
madrugón y una larga caminata, no hay nada como dar una buena siesta. Una vez
repuestos dimos una vuelta por el pueblo, que sí que era bonito de verdad, y
una vez descansados se disfruta más del pueblo y de sus gentes.
Volvimos a madrugar, como es normal, para aprovechar más el
día y para que el Sol no nos diera tanto durante el recorrido. A pesar del
madrugón hizo un día, que más que estar rozando otoño, parecía verano en puro
estado. Por la mañana, fuimos con linterna y bien abrigados, pero nos duró
poquito, porque no sé si es aposta, pero enseguida nos debimos encontrar alguna
cuesta, de esas en las que sudas sangre para llegar, y al llegar te tienes que
quitar la ropa. Esta etapa la recuerdo como de las más duras, porque había
mucho trozo sobre asfalto, por carretera, y quieras que no, es más duro.
Nosotros que no estamos acostumbrados a grandes caminatas, sumado al peso
de la mochila más el calor se hizo horrible. Sufría por Kenzie en los tramos de
carretera, porque el asfalto le debía quemar las patitas, pero ella es muy
lista, y siempre que podía me llevaba por algo de hierba que encontraba.
Parecía que no fuéramos a llegar nunca, era una etapa larga, de las más largas
que teníamos, pero es que aparte a medida que había indicaciones, cuando se
supone que estás llegando, parece que no llega el momento final.
Mis rodillas se resentían mucho, sobre todo en las bajadas,
era un dolor punzante que me impedía seguir normalidad, bajaba el ritmo y
seguía como podía. Quien parecía que no mostraba síntomas de agotamiento, ni
dolor, ni cansancio era Kenzie, pero ella nunca se queja. ¡Por fin
llegamos al destino! Fuimos a nuestro alojamiento, comimos algo por ahí cerca y
a descansar. Sin embargo, cuando desperté de la siesta me dolía todo el cuerpo
y bajar alguna cuesta, aunque fuera con mis chanclas, era algo
impensable. Así que, hicimos una visita de rigor por la farmacia, y me
hizo gracia coincidir allí con otros peregrinos que habíamos visto por el
camino. Todos íbamos a curarnos nuestras heridas de guerra. En mi caso,
fue como una visita al médico, empecé a relatarle lo que me dolía, mis
síntomas, lo que me pasaba y me dejaba de doler. Era una situación algo cómica,
pero lo que me recomendó para el dolor, era algo milagroso, una pomada que
aliviaba un montón, creo que se llamaba Voltaren. Eso sí, se nos gastó enseguida, bueno nos duró los días que
eran necesarios, pero entre el dolor de hombros por la mochila, de rodillas, de
pies,, y claro, aunque Carlos no sea tan quejica como yo, él también estaba
fastidiado y también tuvo que hacer uso de la pomada.
Con Sol y asfalto
Con el cartel de Palas de Rei
3ª Etapa: Palas de Rei – Melide 14 km.
Empezamos con muchas ganas esta ruta. Iba a ser una ruta más
corta que las demás, porque la habíamos dividido en dos. No estábamos cómo para
hacer 30 kilómetros, además nos habían hablado tan bien del pueblo de Melide
que merecía la pena quedarse para comprobarlo por nosotros mismos. Melide tiene fama
gastronómica por sus pulperías, donde hacen un pulpo al más estilo gallego, con
su olla de cobre y a un precio de lo más asequible para los bolsillos. Así que teníamos el
objetivo de llegar, para darnos un gran homenaje gastronómico. Era el premio por
llegar al destino. Aparte de eso, el hecho de que fuera una etapa más corta
ayudó a que llegásemos antes de lo que teníamos previsto. El camino fue fácil,
cómodo y agradecido, porque eran senderos de bosques. Parecía que nos
hubiéramos metido en un cuento, en bosques mágicos, solamente nos faltaban encontrarnos
meigas por el medio del camino. Caminos preciosos, más viniendo de unos
urbanitas, así que cualquier árbol, arbusto o terreno rural nos sorprendía.
Pulpo gallego
Como digo, llegamos bastante pronto. A una hora de lo más
razonable, justo para descansar, cambiarnos, tomar algo e ir a comer el ansiado
plato de pulpo. Fuimos a una pulpería, me hizo gracia el nombre. Me gustó mucho
el sitio, un sitio amplio, con mesas gigantescas de madera, con bancos de
madera, donde sentarnos para degustar las delicias gallegas. Parecía estar en
otro tiempo, en una taberna, donde compartes mesa con gente que no conoces. Al
ser un sitio tan grande, había gente, pero no compartimos mesa, no me hubiera
importado, pero tuvimos nuestro sitio para comer solos. Por supuesto pedimos
pulpo y el famoso vino blanco que sirve para acompañar un plato como ese, unos
gachelos, y de postre, cómo no, un fabuloso trozo de tarta de Santiago.
¡Me encanta!
Entre el vinito, y la comilona, qué mejor que ir a
descansar…. ¡menos mal que no teníamos que proseguir la ruta! Algunos
peregrinos que nos encontramos por el camino, tenían la idea de parar en
Melide, simplemente para almorzar, coger fuerzas y seguir con la ruta. Nosotros
no teníamos prisa, así que, según mi punto de vista, la mejor manera de
degustar un buen plato es sin prisas.
Nos sentó de maravilla la comida, pero más la siesta. Se
notaba que era nuestro tercer día, y las agujetas y los dolores parecían
remitir, más sabiendo que la ruta había sido más corta que los días anteriores.
No podíamos estar más cansados, si lo hubiéramos estado, por mal camino íbamos.
Bosque mágico, lleno de árboles
4ª etapa: Melide – Arzúa 14 km.
De Melide a Arzúa a pesar de que también había tramos muy
bonitos, en los que la naturaleza era compañera inseparable de viaje, a veces
la abandonábamos para sumergirnos en: aldeas, en carretera y en tramos algo
complicados. Sí, se supone que era la mitad, pero no íbamos tan ilusionados,
como cuando fuimos a Melide. No nos esperaba un pulpo en el pueblo que íbamos,
no sabíamos cómo sería el destino. Las fuerzas, el cansancio acumulado,
empezaban a hacer mella en nosotros. En realidad, no llegamos tan tarde al
hostal en Arzúa, justo a la hora de comer. Nos aconsejaron un sitio para comer,
pero primero hicimos un alto en el camino para tomar algo. Estábamos en una
terracita, con una temperatura estupenda, totalmente veraniega, y con un trato muy amable, así que,
optamos por quedarnos en el primer sitio donde nos habíamos aposentado, total,
estábamos cómodos y ¿para qué nos íbamos a mover? Pues ahí nos quedamos y
comimos bastante bien. No sé cómo sería el otro restaurante, el que nos habían recomendado en el hostal, pero qué más daba, lo que no queríamos era movernos.
Por la tarde, fuimos a comprar algo de pan y embutido para cenar en el hostal. Sin embargo, no sé si fue buena idea. Era un hostal
fantasma, a pesar de tener una zona para descansar, con mesas y demás, no había
nadie estábamos solos. Claro, nosotros pensamos que habría más gente,
televisión o algo, pero el único ruido que se escuchaba era el de una máquina
de refrescos. Un poco triste. Cuando estábamos cortando el pan, apareció una
señora mayor que buscaba algo para comer en la máquina. Pero, no había nada, y
como buenos peregrinos ofrecimos lo que teníamos, para poder compartirlo con
ella. Estaba súper agradecida, pero ella no sabe lo agradecidos que estuvimos
de su presencia. Siempre te gusta compartir cosas del camino y fue la
oportunidad de hacerlo. Aunque en este caso, fue ella la que tenía muchas cosas
que contarnos. Venía de Estados Unidos, aunque era de Puerto Rico, estaba
haciendo el Camino ella sola con más de 70 años, y a pesar de que mucha
de su familia estaba preocupada por su idea, ella quería hacerlo por razones
religiosas. Nunca mejor dicho la fe mueve montañas, y en su caso así es, da
igual los años que tenga, lo que vaya a tardar, ella tenía la ilusión de
hacerlo, aunque fuera sola y así lo estaba haciendo.
Los días iban pasando y ya nos quedaba poco para llegar… ya
habíamos superado el ecuador de la aventura. ¡Sí! Las agujetas iban
desapareciendo, estaban casi olvidadas. Los dolores iban remitiendo, aunque no
del todo. Ahora teníamos que llegar a O Pedrouzo y yo jugaba con algo de
ventaja. Supimos que había un servicio en los albergues que te trasladaban la
mochila de un alojamiento a otro por solo 3 euros. Así que, no fui tonta y
pensé en mi espalda, no quería que mis hombros sufrieran innecesariamente, ya
habían padecido bastante los días anteriores el peso de la mochila, que por
fortuna, gracias a que la comida de Kenzie iba desapareciendo, pesaba menos. Sin
embargo, sabiendo que existía la posibilidad
de que te trasladasen la mochila a un precio más que razonable, no lo dudé.
Cargamos todo lo que pudimos en mi mochila, dimos la dirección del siguiente
hostal y así Carlos, aunque con mochila, iba con mucho menos peso, y yo sin
nada. Se me hacía raro ir sin mochila, pero me sentía mucho mejor, claro,
sin peso encima. Solamente agarrada del arnés de Kenzie, siguiendo el
Camino.
Al poco de iniciar nuestra penúltima ruta, se puso a llover.
Ya me extrañaba a mí estar en Galicia y que no estuviera presente el agua, eso
era raro. Habíamos llevado unas capelinas, porque al ser más anchas, puedes
cubrir la mochila. Por supuesto, Kenzie también llevaba su chubasquero, es una
perra muy fina y no le gusta mojarse, solamente si a ella se le antoja, pero
eso de guiar, caminar e ir mojándose no va con ella. Normal. Los tres
bien protegidos bajo la lluvia fuimos caminando, realmente no llovía
exageradamente, pero eran gotitas que poco a poco te van calando. Cuando
hicimos una pausa para almorzar, los dueños del establecimiento se reían
diciendo que eso no era llover…no lo sería, pero más vale ir protegidos. En
realidad, después de la pausa, ya no nos hizo falta el impermeable, así que fue
una falsa alarma. Además, se caminó mucho mejor, porque estaba algo nublado y
con esa temperatura es mucho más agradable caminar.
En O Pedrouzo nos costó encontrar nuestro hostal, una vez lo
hicimos nos encantó la habitación era muy amplia, de las más grandes que hemos
tenido. Renovados y cambiados fuimos a comer y nos encontramos con que en la
mesa de al lado también había otros peregrinos, no los conocíamos, no habíamos
coincidido, pero nos sonaban las conversaciones que se entrelazaban entre
ellos. Comimos muy bien, menú del peregrino, bastante asequible para el
bolsillo y de muy buena calidad.
Para cenar indagamos qué había por el pueblo, aunque no era
para perderse, tenía dos calles y poco más. Algunos establecimientos estaban
bastante llenos, más peregrinos, que parecía que ya estuvieran de fiesta. Se
notaba en el ambiente que solamente nos faltaba un día para llegar a Santiago. ¡Solamente
un día!
El último día había llegado, el día que si todo iba bien
llegaríamos a Santiago. Estábamos algo emocionados y con muchas ganas de
llegar. Queríamos cumplir nuestro reto, llegar a la meta. Aunque al poco de empezar el camino, en medio
de un bosque, yendo con linternas, empezó a caer una tromba de agua bastante
fuerte. Por suerte, estábamos resguardados por los chubasqueros y bajo los árboles. La alegría de llegar no
queríamos que se viera desdibujada por el mal tiempo que hacía, pero caminar sobre
fango, mojados y con resbalones no era fácil. Después de la lluvia, salió
un arcoíris, aunque yo no lo pudiera ver, era síntoma de que tras los
nubarrones siempre puede aparecer el Sol. Ese parón de lluvia, ese arcoíris y
esos rayos de Sol que empezaban a asomar daba muy buen rollo y muchos ánimo
para continuar.
Con el arco iris
Cuando quedaba poco para llegar a Santiago teníamos que
pasar por Monte do Gozo, donde resulta que hay buenas vistas de la ciudad, pero
nosotros no vimos mucho. Vimos a bastantes peregrinos en ese monte. Resultó
bastante difícil llegar hasta allí, porque es una subida considerable. Lo peor,
para mí, estaba por llegar, una bajada de lo más bestia, donde mi rodilla gemía
de dolor. Me hubiera gustado bajarla haciendo la croqueta y estar abajo en un
periquete, pero era carretera y en ocasiones nos teníamos que apartar a un lado
para que pasasen los coches. Al bajar, ya se escuchaban los típicos
sonidos de una gran ciudad: coches, camiones, motos, tráfico por todas partes. ¡Ya
estábamos rozando la gran ciudad de Santiago! Algo complicado, como había sido
la bajada del Monte do Gozo, sobre asfalto y siendo una bajada muy salvaje,
tenía su recompensa. ¡Ya estábamos cerca!
En la ciudad de Santiago de Compostela
Pero, como nos había pasado en otras etapas, cuando sabes
que ya queda poco para llegar, parece que los kilómetros se multiplican y parece
que no vas a llegar nunca. Ya estábamos pisando la ciudad de Santiago. Aunque,
desde que pisas Santiago, ves el cartel de la ciudad hasta que llegas al centro
histórico, la catedral, hay un buen trecho por en medio. Además, el
camino es por ciudad y se hace realmente duro. Yo iba sin mochila y era
la que tiraba de mi equipo, Carlos no podía con su alma, le pesaba la mochila y
hasta los pies, Kenzie no sabía por qué caminábamos tanto y no es que se
parase, pero iba lenta y con pasos torpes.
Estando cerca, casi en el centro histórico, parecía que las
indicaciones que habíamos visto durante todo el Camino las hubieran
desaparecido. No es fácil perderse y menos con tanta gente, siempre puedes
preguntar. Aunque no nos hizo falta, de repente ante el tumulto, apareció una
pareja, que nos conocía. Se alegró mucho de vernos, yo no sabía quiénes eran. Habíamos coincidido
con ellos el primer día, en Sarria, y nos explicaron que justo ellos había llegado
a Santiago el día anterior, nos cuentan las etapas más duras y cómo había ido
todo, y lo mejor: nos indicaron los pasos que debíamos dar para llegar a la Catedral.
Nos dijeron por dónde ir, pero nos dejaron, para que experimentáramos lo que
ellos habían vivido el día anterior, es tan emocionante que lo tenéis que vivir
solos.
Justo después de dejar a esa pareja, empezamos a escuchar un
sonido de gaita y me empecé a emocionar. Carlos pensaba me estaba emocionando
por la melodía de la gaita. A mí me gusta el sonido tan celta que transmite la
gaita, pero no me emocionaba simplemente el sonido, sino que sabía que estábamos
rozando la plaza. Yo no veía la Catedral, es lo que tiene no ver, pero el oído
en múltiples ocasiones es un gran aliado, y en esta ocasión lo fue. Yo ya había
estado en Santiago, unos meses atrás, y recordaba que justo en un soportal
lateral de la catedral se ponían a tocar la gaita, para dar la bienvenida a los
peregrinos. Bajamos unos escalones y ya estábamos en la plaza del Obradoiro,
enfrente de la catedral. ¡No me lo podía creer! ¡No nos lo podíamos creer! ¡lo
habíamos conseguido! ¡Habíamos llegado!
Queríamos la foto de rigor, recién llegados a la plaza, nos
hizo la foto una peregrina italiana, y sin conocerla de nada empezamos a
abrazarnos. Ella también estaba emocionada, también acaba de llegar, había
sufrido como nosotros y habíamos llegado a la meta. Estábamos exhaustos,
emocionados y radiantes de felicidad. Nos apartamos a un lado de la plaza y nos
tumbamos en el suelo, la primera en hacerlo fue Kenzie. Carlos, en ese momento,
contemplando la catedral fue cuando realmente fue consciente que habíamos
llegado, que después de tantos días, tanto sufrimiento, dolores, agujetas, calor,
lluvia, sudor y todas las aventuras, lo habíamos conseguido..
Nos quedamos ahí sentados un rato, pensativos, rememorando
todo lo que habíamos vivido. Se nos hacía raro no tener otra etapa, pensar que
ya habíamos llegado, habíamos cumplido nuestro objetivo. Estábamos en la gran
meta y era una satisfacción muy grande, un orgullo por haberlo conseguido, pero
también una mezcla de tristeza por saber que todas esas aventuras por el camino
se quedaban en el recuerdo, ya se había acabado.
Zombies perdidos, aún soñando fuimos al hotel, que lo
teníamos reservado muy cerca de la catedral, en el casco histórico. Comimos
allí mismo, no teníamos ganas de dar más vueltas. Nos aconsejaron que fuéramos
por la tarde a por la Compostelana y que nos preparásemos para hacer cola. Por
suerte no fue tanto rato el que estuvimos esperando. Con nuestra compostelana y
una sonrisa que no cabía en nuestra cara nos fuimos a buscar la Cotolaya.
La cotolaya es una credencial que justamente en el 2014 dan los franciscanos.
Nada más entrar a la Iglesia que nos habían dicho y ver a Kenzie, nos
preguntaron su nombre y le hicieron un certificado a ella también. Me hizo
mucha ilusión, porque para la Compostelana lo había preguntado y me dijeron que
no podían hacerle un diploma. Ella se lo merece tanto, o incluso más, que
nosotros. Por eso me hizo tanta ilusión que sin que yo dijera nada, preguntasen
por su nombre y empezaran a hacerle un diploma.
Cotolaya de Kenzie
Al día siguiente nos quedamos por Santiago, pudimos entrar
en la catedral, abrazar al Santo, ver el Botafumeiro y dar una vuelta por
la plaza y alrededores. Nos encantó encontrarnos con algunos compañeros de
viaje, con los que habíamos coincidido en algún momento de alguna etapa, saber
que ellos lo habían logrado nos hacía ilusión. Empezamos a abrazarnos como si
nos conociéramos de toda la vida, a hacernos fotos y contar anécdotas.
Era el momento de decir adiós a tierras gallegas.Por la tarde cogimos el avión para casa. Todo lo bueno se
acaba. Pero, ha sido una aventura mágica, ahora entiendo lo que sintieron los
peregrinos que entrevisté en el programa, las buenas palabras que todo el mundo
le dedicaba al camino, las recomendaciones de que lo hiciera. No me extraña.
Aparte de ser toda una aventura, una experiencia, un deporte, es una búsqueda
en ti mismo, el ver que todo si se quiere, con más esfuerzo o menos, con más
dolor o menos, con agujetas o sin, se consigue. De una manera u otra todo
se puede conseguir. Todo esfuerzo tiene su recompensa.
Nos ha encantado tanto la experiencia, que entiendo eso que
dicen que el Camino engancha, porque a nosotros nos ha entrado el gusanillo de
seguir. Ya estamos pensando qué ruta
haremos el año que viene. Hay múltiples de rutas que elegir, incluso diferentes
caminos. Nosotros hemos hecho el Camino Francés, pero hay diferentes: el
primitivo, el del Norte, el de la Plata. Tenemos dónde elegir, por opciones no
será. Sea como fuere, y vayamos por donde vayamos, queremos seguir caminando,
porque como decía Machado: “Caminante no
hay camino, se hace camino al andar”.
En general, la vida en sí es un largo camino, que tenemos
que recorrer día a día, sin dejar de caminar, sin que las fuerzas flaqueen y siempre
siguiendo hacia adelante….Así que, solamente puedo decir:
Casi con seguridad, me atrevo a decir que, lo que os voy a
contar, ha sido nuestra última escapada de este 2013. Sí, porque el año está a
punto de acabar, porque vienen fiestas familiares y hay que estar al lado de
los tuyos, y porque durante este año, ya hemos tenido suficiente. Tendremos que
cargar las pilas, para que el año que viene haya más y mejores escapadas,
viajes de los que aprendes y descubres.
CIUDAD DE RECUERDOS
En esta ocasión, nuestro viaje, mini viaje, fue a Logroño ,
capital de La Rioja. Ciudad de la que guardo muchos recuerdos, donde he pasado
casi todos mis veranos, hasta que llegó la adolescencia, y preferí quedarme con
mis amigos. Sin embargo, durante años he estado yendo allí. Mientras muchos
veraneaban en pueblos, yo pasaba mis veranos en una capital de provincia. Sí,
no era un pueblo, no había peñas, no iba en fiestas, pero, de todas maneras,
eran unos veranos excepcionales. Además, Logroño, a pesar de que con los años
está creciendo mucho, siempre ha sido como un pueblo para mí. Un lugar pequeño,
donde te lo puedes recorrer andando, donde todo el mundo se conoce y preguntan
por ti. Iba a Logroño, porque mis abuelos eligieron ese lugar cuando
llegó la edad de la jubilación, buscaban un lugar tranquilo y, sin duda, ese
era el lugar indicado.
Me encantaba ir a Logroño, para verles, pasar ratos con
ellos, ir a las piscinas, ir a la huerta del yayo, en la orilla del río Ebro,
pasear, ir al Espolón y cuando venían mis padres ir a la Calle Laurel a comer
unos pinchos y beber unos mostos. Logroño tenía un sabor diferente a
Barcelona, no había tanto gentío por todas partes, el agua sabía diferente, y
esos veranos…. Quizás, estoy hablando desde una nostalgia, viendo que los
años han pasado, que he crecido, y que muchos de los que estaban en ese Logroño
que recuerdo ya nos han dejado. Muchos no están en esa ciudad querida, otros ya
no están allí – a mi abuelo nos lo trajimos a Barcelona, para que estuviera más
cerca y acompañado-. Pero, todos los demás ya no están allí. Antes de que la
nostalgia se apodere del todo de mí, voy a continuar…
Sin embargo, dejando de lado las sensiblerías, que siempre me
dominan, vamos al tema: Este diciembre,
aprovechando el puente de la Constitución, y, sobre todo, sabiendo que,
aparte de los días festivos, Carlos tenía unos días más, aunque fuera uno más….
Pues cogimos carretera y manta, y nos fuimos dirección a Logroño. La idea
original era ir a Euskadi, pero, entre el frío que hace en esta época del año ,
los pocos días y que Logroño nos llamaba la atención. Dejamos de lado la
posibilidad de ir al País Vasco, a pesar de las ganas de Carlos por
conocer esa comunidad autónoma. Reconozco que, a mí también me llama la
atención, pero quizás es mejor ir en una época, donde el paisaje este más
verde… Nosotros no tenemos cadenas, y la posibilidad que durante el trayecto
nos encontrásemos nevadas, yendo al norte era factible, así que dejamos esa
opción para más adelante. Además, si un día veíamos la posibilidad y las
ganas nos acompañaban, siempre se podía realizar ese viaje. Utilizando Logroño
como campamento base. De La Rioja a cualquier lugar del País Vasco no hay
mucho, así que siempre que nos apeteciese, sobre todo al conductor, se podía
barajar esa posibilidad.
El viaje
De momento, vamos a centrarnos. Salimos de Barcelona el
jueves, víspera del día de la Constitución. El viaje no se hizo muy largo,
aunque cuando rozábamos Lérida, la cosa se puso muy nublada, y la niebla empezó
a hacerse muy presente…Más despacio, con calma, tranquilidad, y con luces
antiniebla, superamos el primer obstáculo que nos ponía la carretera. Por
fortuna, no hubo ninguna traba más en el camino. Además, tuvimos suerte y no
cogimos caravana. Así que llegamos muy bien. Haciendo las paraditas, para
estirar las piernas, ir al lavabo o que Kenzie corriese un poco y también se
desahogase. Llegamos a Logroño sobre las cinco de la tarde. Con algo de hambre,
pero dada la hora que era, no era plan de pegarse un banquete, picamos algo en
un bar y ya era suficiente.
Pero…. ¿dónde nos
íbamos a alojar?
Por suerte, disuadí a Carlos de ir a la aventura. Habiendo
un puente de por medio, no era plan de jugarnos todas las cartas, y tener que
dormitar en el coche, que ya no tenemos edad. Así que el día anterior, nos dio
por buscar en Internet: hostales, pensiones, albergues, hoteles…. Solamente,
con la idea de mirar la disponibilidad, y apuntarnos las direcciones, para una
vez allí fuéramos allí a preguntar. Sin embargo, nos dio por llamar, y después
de cuatro o cinco llamadas, al ver que estaba todo a tope…me entró “miedo”, el
temor de no encontrar nada. Así que, decidimos intentar encontrar algo
antes de ir, para tener algo seguro, tener algún sitio donde ir.
Y nos encontramos con
los primeros “problemas”
¿Sin salir de casa y ya aparecen problemas? No solo, porque no
encontrábamos alojamiento. Algún sitio escondido habría, se trataba de seguir
indagando y llamando. Pero, cuando encontramos un hostal que no parecía estar
mal, llamamos y tenían una habitación disponible para los dos y con baño
privado, a un precio bastante bueno. Cuando dijimos que nos interesaba,
haciendo la reserva por teléfono. Se me ocurrió decir, para finalizar la
conversación, que también vendría Kenzie. ¿En qué momento dije nada? Como
usuario de perro guía, como persona que necesita un perro, y como perro que
puede entrar en todos los sitios, me podría haber callado y aparecer allí con
Kenzie. Pero, como acto de confianza, lo comenté. Entonces….lo cosa cambió. Me
dijo que es que no aceptaba perros. Le dije que era un perro guía y que había
una LEY que
amparaba a estos perros, permitiéndoles la entrada en cualquier lugar público.
Tienen sus derechos. Él diciéndome que qué ley era esa. Más tarde, le dije que
si tenía correo electrónico, yo le facilitaba la ley, más que nada para no
reinase la ignorancia, y facilitase la entrada a otros usuarios. Me dijo que la
estaba viendo en Internet. ¿Entonces? El hombre, no me decía que no rotundo.
Pero, me decía que, a pesar de ser un perro guía, seguía siendo un perro. Un
perro que ladra, destroza y deja pelos. No aceptaba perros. Le decía que no ladra,
no destroza, porque está bien educado y pelos no suelta, porque la cepillo.
Alguno que otro puede soltar, pero nada que una escoba y un recogedor no pueda
solucionar, me ofrecí para limpiar los pelos que dejase. Pero, él decía que
comprendía que necesitase el perro, pero que…y vuelta a suspirar. Estaba harta
de la conversación, una conversación que no llevaba a nada. SI no quería que me
dijera claramente que no, aunque me hubiera fastidiado, pero eso de los
suspiros y tanta reticencia ante mis argumentos, me estaba sacando de quicio y
era a mí a quien se le estaban quitando las ganas de ir a un sitio donde no iba
a ser bien recibida. Pero, estaba en plan reivindicativo, porque hay unos
derechos, y no miraba solo por mí, miraba por todas las personas que tenemos
perros guía y tenemos derecho a ir a cualquier sitio. A pesar de que nos
encontremos a personas que ven pegas por todas partes.
Una cosa que me reventó fue que me dijera que cómo me iba a
decir que no, con lo que tenía. Entonces, ya le dije que por pena sí que no lo
hiciera. Eso me revienta, cuando se lamentan. Pero, él hombre seguía con el
discurso del perro, que no aceptaba, pero yo diciéndole que no era un perro por
capricho, que es un perro que ayuda. Me decía que lo entendía, pero que lo tenía
que consultar. Y volvíamos a lo mismo. Eso era un no terminar. Pero, yo tampoco
quería colgar, educación ante todo. Me preguntaba cosas súper tontas, como: si
el perro ladraba, que cómo era de grande, que si tenía muchos pelos, que si
dormía con nosotros en la cama. Vale, sé que hay mucha ignorancia,
pero…¿tanta? Al final, yo diciéndole que si se lo tenía que consultar a
alguien que lo hiciera y punto. No estaba dispuesta a aguantar más tonterías.
Pero, me dijo que las condiciones cambiaban, teníamos que pagar la reserva pro
adelantado, que no sabía si tendríamos baño privado, pero que si eso él lo
consultaba, nosotros fuéramos cuando llegásemos y ya encontraría alguna
solución. Antes de colgar, le dije que hablaría con ONCE, para que hicieran más
campañas de concienciación, sobre todo, por Logroño, ya que no veía nada
concienciada a la gente.
Piensen ustedes que, a una persona que va en silla de
ruedas, no le dejaran entrar con la silla, porque fuera a estropear el parquet
del alojamiento. Le denegasen el paso, porque fuera en silla de ruedas. Es un
caso extremo, porque a pesar de que la gente esté más concienciada con esos
casos….las personas con movilidad reducida se encuentran ante dificultades más
duras, en cuanto a accesibilidad. Pero, solamente era un ejemplo.
Volviendo al tema del hostal, ¿Qué pasó? Al cabo de cinco
minutos, a lo sumo 7, recibo una llamada. ¿Quién era? Volvía a ser el hombre
ignorante, el que no entendía, o más bien, no quería entender mis argumentos.
Yo pensaba que para qué volvía a llamar. Y me dijo que, al final sí que
podríamos alojarnos sin ningún problema. Le dije si es que ya lo había
consultado. Y me dijo que sí, que él era el dueño, y lo tenía que consultar con
él mismo. Y había llegado a la conclusión que era un acto discriminatorio,
porque yo necesitaba al perro. Pero, del todo no estaba convencida.
Entonces, le pregunté si tendríamos las mismas condiciones que al principio,
baño privado y pagar allí. Y me dijo que sí, que el mismo precio 100 euros
las tres noches, baño privado y miles de disculpas. Después, como si
fuera mi amigo de toda la vida, con una confianza antes no vista, me estuvo
contando que teníamos que llegar después de las cinco y media, porque tenía que
llevar a su niña a inglés y después no sé qué y después no sé cuántos.
¿Era el mismo hombre? Sí, lo era. Habría recapacitado, o, habría visto la multa
que le podía caer, o….Bueno, a pesar de mi indignación, pero sabiendo que es de
sabios rectificar, acepté ir a ese hostal. Tampoco teníamos otra opción.
Sin embargo, sigo pensando que hay pocas campañas de
concienciación, porque hay gente que aún no entienden que estos perros hacen
una labor encomiable. En Barcelona, nunca, o muy pocas veces, por no decir
nunca, me he encontrado con dificultades, para acceder a los sitios. Puede que
al ser una ciudad más grande estén más acostumbrados a ver la función de un
perro guía. De todas maneras, me gustaría que hicieran campañas, como las
que hicieron la Asociación de perros guía de Andalucía. Os pongo el vídeo.
Creo que, de esta manera, llegaría más a la gente, y verían que estos perros
tienen derecho a entrar en cualquier sitio, que son nuestros ojos, que no es un
capricho y, sobre todo, que están más educados que algunas personas.
¡Ya estábamos en Logroño!
Teníamos hostal. El hombre al vernos, nos dio las llaves-
tanto del portal, como de la puerta de casa, como de la habitación- , casi como
si hubiéramos alquilado un piso. Nunca había estado en ningún hostal sin
recepción. Allí era como si estuviéramos en casa, con nuestras propias llaves.
El dueño, con el que había hablado por teléfono, no hizo ninguna referencia al
tema. Nos dio las llaves, nos enseñó la habitación, nos preguntó si nos gustaba
y nos hizo firmar unos documentos, y después pagar lo dicho. Nos dijo que al
mediodía venían a limpiar la habitación, que si nos iba bien y tal. Después,
que el último día dejásemos las llaves en una mesita que había y ya está. Casi
que no lo volvimos a ver más.
No estaba mal, era como una habitación de esas antiguas, con
muebles que hacen ruido…y una tele que apenas se veía. Pero, lo que queríamos
baño privado, aunque pequeño, y una cama grande para los dos lo tenía, así que
más que suficiente. Además, había calefacción, central, pero calefacción. Una
ventana que daba a la calle y bastante espacio, hemos estado en sitios más
pequeños.
Ya estando en el hostal, sin problemas, con las llaves y en
la cama, suspiramos y dijimos….!Ahora sí que estamos en Logroño! Por fin,
tranquilos, con alojamiento y era el momento de ponernos en marcha con los
reencuentros.
REENCUENTROS….
Teníamos ganas de ver a unos amigos logroñeses, que
hacía como cinco años que no veíamos. Sé que si desde un principio les
hubiéramos dicho que íbamos, hubieran hecho lo imposible para que nos
quedásemos en su casa. Pero, como días anteriores, estuvimos mensajeándonos
y sabíamos que tenían una visita, un familiar, en casa. No queríamos
importunarles con nuestra llegada. Así que, fue sorpresa. Una vez en
Logroño les dijimos que si quedábamos, y ellos que sí , claro, que dónde y tal.
Siguiéndonos el rollo. Pero, como no había manera. Al final, les dijimos la
verdad, que habíamos llegado a Logroño y que queríamos quedar. Pues, costó que
nos creyeran, querían pruebas, fotos o lo que fuera. Pero, no había manera.
Después de muchos mensajes y una llamada de Alfonso terminaron por creérselo.
Alfonso estaba trabajando, así que quedamos que le iríamos a buscar cuando
terminase.
Nosotros aprovecharíamos para ir a hacer unos pinchos. Y
llega el Reencuentro con los Pinchos….
Nos dirigimos a la Calle Laurel. Le llevé a Carlos, sabía el
camino, con referencias, como pasando por el Espolón y desde allí ya sabía
llegar. Me gustaba saber que, a pesar de los años, y de que ya no vea, puedo
llegar a los sitios, puedo recordar cómo llegar.
Bueno, el caso es que la Calle Laurel, sigue donde siempre;
quizás con la variante de que como ahora ya no se puede fumar en los
establecimientos, han puesto barriles al lado de la puerta de los locales.
Primera parada: Fuimos a por un fabuloso pincho de champis.
De esos champiñones gorditos, carnosos, tiernos con una salsa hecha
con ajillo. Pasar por ahí ya es hacerte la boca agua, solamente por
el olor que desprende. Pedimos un pincho de champis, que lo rematan con una
gambita al final, y una copita de vinito para que entre mejor la cosa.
De ahí nos fuimos a otro bar, donde la especialidad son:
“matrimonios” y “zapatillas”. Los matrimonios son bocadillitos pequeñitos de
boquerones, anchoas y oliva. Riquísimo, cayó uno, con otra copita de vino. Las
zapatillas, que en esta ocasión no las pedimos, son bocadillito de pan de
molde, pasado por la plancha, y jamón serrano. Todo ello calentito.
De ahí, a por otro pincho de sepia, otro de chapis, un
bocadillito de jamón con seta y queso de cabra, hasta perder la cuenta. Entre
que no parábamos de comer y de beber vino, pues perdí la cuenta.
Fue un fantástico reencuentro con los pinchos. A pesar del
frío, estábamos fuera, en casi todos los sitios que estuvimos, más que nada,
porque había más espacio entre los barriles colocados fuera, y porque no había
tanta gente, y estábamos más a gusto. Además, al cabo de dos copitas de
vino y varios pinchos, el frío dejó de ser un problema. Kenzie estaba más a
gusto fuera, prefiere el frío, además, no está tan agobiada. Porque hay sitios,
tan estrechos, que es como ir en un vagón del metro en hora punto, y todo eso
comiendo y aguantando la copa y sujetando a Kenzie, para que no hiciera de
aspiradora.
Eso sí, en uno de los sitios, a pesar de estar afuera,
pisaron a Kenzie la colita, y protestó. Pero, es que no se dieron cuenta,
quizás sí que la vieron a ella, pero no a su cola. Pero, dada la gente que
había, que, afortunadamente, solamente le pisasen una vez fue un logro. A pesar
de que íbamos con cuidado, a veces suceden este tipo de percances.
Después de tanto pincho, de disfrutar comiendo, ya tuvimos
suficiente. La cena, entre tanto pincho, ya había llegado a su fin. Ahora
tocaba otro reencuentro… el de Alfonso y Eva. Alfonso nos explicó dónde
trabajaba y que salía a las 23h, así que a por él fuimos.
¡Qué ilusión volverle a ver! Después de tanto tiempo. Él casi no se lo creía, así que podemos decir,
que nos salió bien la sorpresa.
Después de la incredulidad, abrazarnos, reírnos y creernos
que volvíamos a estar en Logroño con ellos. Fuimos a tomar algo, para ponernos
un poco al día, y decidir qué podríamos hacer al día siguiente. Ninguno de los
dos trabajaban, así que genial. Día para pasarlo juntos. Carlos, el
conductor, quería ir al País Vasco, pero quizás otro día, no le apetecía
ponerse otra vez a conducir mucho trayecto. Por tanto, decidimos estar cerca de
Logroño. Tentamos varias opciones, turismo por Logroño: monte Cantabria, río
Ebro, y al fin, se les ocurrió: un sitio muy natural, cerquita de Logroño, con
un lago y donde Kenzie podría correr.
Queríamos un sitio natural donde poder pasar el día.
Incluso, estando en Barcelona, miramos sitios donde ir. Y uno de los sitios que
no s llamó la atención fue un lugar donde hace miles de años vivieron
dinosaurios: El barranco perdido.
Situado cerca del río Cidacos. Sin embargo, la suerte no estaba de nuestro
lado, y justamente en estas fechas estaba cerrado, quizás por la climatología y
por lo que fuera, pero esa opción estaba más que descartada. No hubiéramos
podido ni entrar al parque, ni ver las huellas, ni ver el museo paleontológico.
Así que, otra vez será.
LA GRAJERA
Al día siguiente, madrugamos relativamente, para poder ir a
desayunar. Quedamos que nos venían a buscar, y así íbamos en coche. No hay
mucha distancia, a lo sumo 5 km, pero tampoco era plan de ir caminando….entre
el frío, la distancia y todo lo que se tendría que caminar por ahí. Llegamos,
aparcamos el coche y empezamos a caminar. Kenzie fue lanzada al césped. Quería
oler la hierba y correr por el bosque. Así que, tal y como le habíamos
prometido, la soltamos. Le duro poco la alegría, porque enseguida vino un
forestal, para decirnos que no se podía soltar a los perros. Más tarde,
vimos un cartel donde ponía todas las recomendaciones del lugar, y una de ellas
era llevar atado al perro.
Así que, Kenzie se quedó con las ganas de correr a sus
anchas, y tuvo que trabajar. Entre tanta naturaleza, tantos animalitos y olor a
naturaleza, tiraba mucho, y tenía que hacer fuerza, para que no me llevase
donde su instinto le llamaba. Trabajó duro, luchando ante sus ganas de correr y
de ir hacia donde quisiera. En ese parque, aparte de árboles, arbustos, plantas
y hierba por todas partes, hay: un gran embalse en medio del parque. También,
hay algunos caminos para caminar, algunos de los cuales son parte del Camino de
Santiago.
Muchos logroñeses tienen la oportunidad de realizar deporte,
pic-nic, bici o cualquier tipo de ocio al aire libre yendo a este gran parque,
muy cerca de la ciudad. Caminamos y caminamos, rodeando el lago, parecía que
nunca terminaba esa vuelta. Los chicos, no sé si porque son más altos, o dan
las zancadas más largas, iban muy por delante nuestro. Eso también hacía que
Kenzie quisiera ir más rápido. Mientras, Eva y yo íbamos a nuestro ritmo, sin
pausa, pero sin prisa y poniéndonos al día.
Después de esa gran caminata, dimos un descanso en un
restaurante. Picoteando algo y yo degustando un mosto fresquito. La verdad, es
que hacía muy buen día. Un día soleado, apto para pasear por un ambiente tan
bucólico. Porque, aparte de sentirte en un prado, podías ver a cisnes,
patos y demás a ves en el embalse. Mientras se cebaban con el pan que les
echaban la gente que paseaba por ahí. Más tarde, vimos ciervos. Y en alguna que
otra ocasión, alguna ardilla trepando rápidamente por algún árbol. Entiendo que
si Kenzie hubiera estado suelta, se hubiera ido detrás de alguna ardilla, y por
supuesto, sabiendo lo que le gusta bañarse, hubiera acabado dentro del lago.
Aunque no consiguiéramos el objetivo de que Kenzie pudera
andar a sus anchas. De lo que no cabe duda, es que acabó cansada. Reconozco que
nosotros también.
LOGROÑO
Después de pasar toda la mañana caminando. Repusimos fuerzas
con una buena comida en casa de Alfonso y Eva. Entre otras cosas, Eva nos
preparó un provolone que nos encantó. Le pedimos la receta, para poder probar
de hacerlo en casa. Está riquísimo. Después de hacer la sobremesa, decidimos
dar una vuelta por Logroño. Nos acompañaron hasta la Gran Vía, nos despedimos,
para reencontrarnos por la noche y hacer unos pinchos juntos. Nosotros nos
dirigimos al hostal, para poder darle de comer a Kenzie. Una vez había comido
la pequeña, también tenía fuerzas para seguir ejerciendo su labor. Así que, nos
fuimos a pasear. Primera parada: El Espolón, donde está la escultura que
realizaron a Espartero subido en su caballo. Estaban todas las calles muy
iluminadas, la Navidad ya estaba cerca.
Del Espolón fuimos al Ayuntamiento. Fui dirigiendo a Carlos
y a Kenzie, yo dirigí la ruta. Aún recordaba cómo llegar a según que sitios. El
ayuntamiento sigue donde siempre, estaba muy iluminado. En medio, había una
cerca, porque estaban preparando el pesebre para las fiestas. No lo pudimos
ver, pero da igual, sabíamos que lo pondrían allí.
Quería llegar a un
rincón del Ayuntamiento que me encanta, donde hay una fuente y hay una
mujer con gabardina que bebe y bebe y no deja de beber. Esa escultura lleva
años bebiendo agua de esa fuente, da igual que llueva o nieve, siempre está
allí. Recuerdo que cuando era pequeña me encantaba ir a visitarla. Pero, veo,
que a pesar de los años, mi gran curiosidad no ha desaparecido y quería ir a
visitarla. Ver que, a pesar de los años, hay cosas que permanecen y nuestros
recuerdos siguen perdurando y bebiendo el agua de la vida. Me encantó verla,
tocar a la señora frío de bronce inmóvil ante las situaciones del tiempo. Ahí
estaba, se la presenté a Kenzie, que le daba igual, y me hice la foto de rigor.
No sé cuántas fotos debo tener en esa fuente, pero con diferentes edades, con
el paso del tiempo de por medio, pero siempre acabo yendo allí.
Después de pasear un poco más, pasando por la calle donde
vivían mis abuelos. Dimos media vuelta y nos dirigimos al Casco Antiguo.
Habíamos quedado con Eva y Alfonso en la concatedral de Logroño: Santa María de
La Redonda. Situada en la calle de Portales. Una calle peatonal muy
amplia, donde en los soportales hay comercios. Se puede pasear muy a gusto.
Además, está muy cerca de la calle de los pinchos, porque es paralela a la
calle Laurel.
LASENDA DE LOS ELEFANTES
La calle Laurel,
popularmente, lleva el sobrenombre de: La senda de los elefantes. ¿Por qué?
Desde hace décadas fue bautizada con ese sobrenombre, porque si pruebas a
tomarte un vino en los más de 60 establecimientos que hay en la calle….puedes
acabar con una trompa increíble y caminando a cuatro patas, como harían los
elefantes. Desde hace años, los bares que podemos encontrar no ofrecen
solamente vino, también es un sitio para degustar exquisitos pinchos. Hay una
variedad gastronómica suculenta, en cada bar puedes encontrar una especialidad:
morros, setas, champiñones, tortillas, sepia, patatas a la riojana…. Un
festival de sabores para la boca. Y si a esos manjares le acompaña una copita
de vino- ya sea de denominación Rioja, o bien de otro tipo- o un mosto,
ya estás hecho un logroñés.
Los cuatro junto a Kenzie nos dispusimos a probar todo tipo
de pinchos. Yendo por la calle Laurel, por la San Juan y así por
sucesivas calles. Probando todo tipo de pinchos. Hasta que yo acabé llena. Los
chicos aún fueron capaces de terminar con un pincho denominado: “roto”. Un
pincho que consiste en un panecillo relleno de lo que quieras, acompañado de
huevo y patatas. No apto para no gordos.
Terminamos como los elefantes, no por la trompa, pero sí
como unos gordos.
VITORIA-GASTEIZ
Al final pisamos Euskadi. Carlos conoció el País Vasco. No
hay mucha distancia de Logroño a Vitoria, puede que unos 60 km. Una hora y algo
de distancia en coche. Quedamos esa mañana con Alfonso, tenía fiesta y podía
acompañarnos, así que podría hacernos de guía. ¡Fantástico! Eva tenía que
trabajar y no podía venir con nosotros…pero, bueno… Fuimos a buscarle a
su casa, ya que el día anterior habíamos dejado el coche cerca de donde viven
ellos. Había amanecido una mañana soleada, pero fría. Alfonso nos comentó que
por la noche había helado. Lo comprobamos al ver el coche, que tenía algo de
hielo.
Empezamos a subir y a subir por un puerto de montaña,
llamado: Puerto de Herrera. También conocido como el “Balcón de La Rioja”,
porque desde esa altitud se pueden ver muchos de los viñedos de La Rioja
alavesa. Pertenece a Álava. Fuimos subiendo y subiendo, se notaba el cambio de
temperatura. Pero, a mí, asustadiza de mí, no me hacía mucha gracia que en los
laterales hubiera nieve, porque entre tanto giro y giro, para ir rodeando el
monte, en un descuido… mejor no pensarlo, pero…
Bueno, la cuestión es que con nieve, con heladas y con todas
las impedimentos que nos fuimos encontrando, los sorteamos y llegamos a nuestro
destino. Por el camino, vimos el cartel de un sitio que me hubiera gustado
visitar: La Guardia. Un pueblo muy famoso por sus bodegas, y, según me han
dicho, muy bonito por estar amurallado. Pero, no quisimos distraernos de
nuestro objetivo: Vitoria-Gasteiz. Y allí, aparecimos bajo un Sol increíble,
parecía mentira que las inclemencias del tiempo nos dejará un Sol tan fabuloso.
Fantástico para caminar.
Y a eso nos dedicamos gran parte de la mañana, a caminar sin
rumbo fijo. Pasando por plazas, sorteando a gran cantidad de gente que había
por todas partes. Se nota, sin duda la diferencia en Logroño y Vitoria. Las dos
son capitales, Vitoria del País Vasco y Logroño de La Rioja. Pero, en la
primera hay mucha más gente por todas partes. Además, nos contó Alfonso que en
ocasiones, logroñeses van a Vitoria a comprar, quizás porque en Vitoria se
encuentre “ElCorteInglés” o ves a saber, pero se ve que hay más variedad tanto
de comercios, como de horarios.
La cuestión es que nos dedicamos a caminar, la intención no
era ir de compras. Pasamos por plazas, parques, y un sitio de murallas. Había
que subir y bajar. Incluso vimos unas escaleras mecánicas, que bien nos fue
para después subir lo que había bajado. Porque una vez llegó la hora en la que
la barriga empieza a protestar, nos pusimos en marcha para encontrar un buen
restaurante. Euskadi tiene fama por su buena y abundante gastronomía. Sin
embargo, sin conocer la ciudad iba a resultar algo complicado. Pero, no
imposible. Empezamos a preguntar a oriundos de allí, para ver qué sitio nos
recomendaban. A Carlos se le había metido en la cabeza, comer un buen chuletón,
para ello qué mejor sitio que un asador. Pero, resultaba que a todo el
mundo se le había antojado la misma idea, porque los sitios que visitamos
estaban a tope de gente. Y los que no estaban, a simple vista, tan llenos, nos
decían que no tenían sitio, porque estaban reservados. Llegaron las tres de la tarde
y seguíamos sin encontrar ningún restaurante. Cuando se acercaban las cuatro de
la tarde, o incluso antes, omitimos la idea de Carlos, ya solo queríamos comer,
aunque fuera un menú, algo calentito. Pero, en todos los restaurantes que
visitamos estaban abarrotados de gente esperando. No sé si es que era un día
especial, o qué pasaba. Bueno, era un sábado, pero no era ni festivo ni nada, a
pesar de estar en medio del las dos festividades. Por tanto, al igual que
nosotros, habría muchos que estaban de puente.
Por último, acabamos en un sitio, alejados del bullicio, y
comimos poco y mal. Nada de menú, algo de pinchos y ya está. Ya se nos habían
quitado las ganas de seguir buscando. Seguro que si hubiéramos seguido
buscando, nos hubiéramso encontrado que las cocinas estaban cerradas. Así que
más valían engañar el estómago con algo. Bueno, no hay mal que por bien
no venga, y nos sirvió para recorrer las calles de Vitoria en profundidad,
sobre todo sin descuidar ningún restaurante.
Por la tarde, tomamos un café, intentando que nos dieran los
últimos rayos de Sol, que ya se iba alejando. Lo hicimos en una terracita de
una plaza, no sé si era la Plaza Blanca. Pero, ahí estuvimos tomando café,
arreglando el mundo y viendo a la gente pasar.
Después, cansados y porqué no decirlo, un poco
decepcionados- pensábamos pegarnos una comilona de las que hacen historia y más
después de las caminatas- fuimos al coche. El camino, por ese puerto, por esas
montañas, con tanta bajadita, no fue tan agradable como la subida, parecía que
lo poco que habíamos comido se nos fuera subiendo. Bueno, tampoco tanto, pero
un poco mareadillos y sobre todo, cansadísimos llegamos a
Logroño.
Cuando llegamos ya estaba oscuro. Pero, es que este tiempo,
oscurece antes. Llegamos justo para que Kenzie degustara su pienso, visto y no
visto, como siempre.
Por la tarde, después de descansar, asearnos, salimos a dar
una vuelta pro ese Logroño iluminado por la Navidad. Habíamos quedado con Eva y
Alfonso para cenar. Nos iban a llevar a un buen sitio, habían reservado, para
compensar lo “mal” y poco que habíamos comido en Vitoria.
CENA DE DESPEDIDA
Quedamos en la Gran Vía, y de ahí fuimos al restaurante
donde habían reservado: Mesón Cid. Un
sitio muy grande, con mucha gente esperando, muchos grupos, mesas por todas
partes. Afortunadamente, al haber reservado no tuvimos que esperar y enseguida
nos llevaron a nuestra mesa. En una sala más apartado, donde no había tanta
aglomeración de gente de pie, esperando o en la barra. Teníamos nuestra mesa
para los cuatro, e incluso un hueco muy amplio para Kenzie. Empezamos a mirar
la carta, se nos hacía la boca agua con tanta cosa. Después de la caminata por
Vitoria, de lo poco que habíamos comido y las ganas de pedir un chuletón.
Aparte de pedir un picoteo de embutidos ibéricos y un pulpo, cada uno pidió su
plato. Carlos y yo pedimos un entrecot de buey con salsa roquefort. Eva y
Alfonso también se pidieron carne. Teníamos hambre. Todo acompañado con un
Rioja. Y por último unos chupitos de hierba para bajar la comida. Acabamos muy
contentos con la comida. Por último, nos acompañaron al hostal, donde empezaron
las despedidas y las promesas de no volver a tardar tanto en vernos.
Al día siguiente, ellos trabajaban y nosotros emprendíamos
el viaje de vuelta. Afortunadamente, hoy día con las tecnologías, si quieres no
estás lejos nunca. Pero, quieras que no, da cosilla dejar a gente tan maja.
Sobre todo, te emociona cuando te dicen que ya han tenido regalo de Navidad con
nuestra visita. ¡Gracias, chicos, por estos días! ¡Gracias por hacer de
guías, estar con nosotros y ser como sois!
REGRESO A BARCELONA
Por la mañana, madrugamos para terminar el equipaje. Tocaba
recoger todos los bártulos e ir a buscar el coche. Lo teníamos aparcado por
donde viven nuestros amigos. A pesar de estar cerquita de su casa, no podíamos
volver a despedirnos, estaban trabajando. Además, Carlos no quería que nos
demorásemos mucho en salir, no quería coger caravana. Era domingo y día
festivo, 8 de diciembre. Por suerte, no cogimos nada de caravana. Comimos por
el camino, en la Nacional que es por donde mejor se come, aunque cogimos
un bocadillo, pero mucho mejor que las áreas de servicio de las
autopistas. Paramos por Lérida, otra vez la niebla, emborronaba todo. No se
veía nada, y encima una temperatura muy gélida. Parecía que estábamos en el
país de los fantasmas. Cuando paramos en ese restaurante, sabíamos que había
uno por el cartel, pero Carlos decía que ni lo veía. ¡Qué sensación! Estábamos
entre nubes.
Pasado Lérida, la niebla se difuminó y pudimos ir más
tranquilos. Estando más cerca de casa, sí que cogimos algo de caravana. Parecía
que no fuéramos a llegar nunca. Pero, es que siempre sucede, cuando vas, vas
con ganas por disfrutar de unos días diferentes. Sin embargo, la vuelta, entre
el cansancio acumulado y el saber que regresas, parece que no llegas nunca.
Pero, llegamos a casa. Al día siguiente, Carlos tenía que volver a la rutina
del trabajo. Y yo…a la rutina de casa.