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domingo, 25 de marzo de 2018

Miyajima: una isla para descubrir


Excursión desde Hiroshima


Nos levantamos temprano, no tanto como hubiéramos debido, pero lo suficiente, como para buscar un lugar para desayunar y cargarnos de energía. En el Ryo kan, donde estábamos alojados, también ofrecía desayunos, sin embargo: no nos entraba con la estancia, era un poco caro, y el horario era bastante limitado y para gente más madrugadora. Así que por cuestiones del azar, acabamos en un local, pequeño, pero acogedor, de esos que te hacen sentir como en casa. El japonés que nos atendió, el único que estaba en el local, nos atendió de muy buenas maneras, intentando hablar inglés, bastante entendible y con el que se podía mantener una conversación. Optamos por un desayuno sano: un bol de leche con cereales, fruta que nos preparó con mimo y un café. Parece algo ligero, pero teniendo en cuenta que debíamos coger un ferry no queríamos ir con la barriga pesada. El japonés que nos atendió, como si unos familiares suyos fuéramos, nos preguntó que de dónde éramos, y nos contó que le gustaba mucho la música de Paco de Lucía. Me encanta saber las puertas culturales que abre la música que llega a todas partes. Nos despedimos y emprendimos la aventura del día.

Primero fuimos a por un tranvía, ya que en Hiroshima no hay metro. El tranvía es el transporte público que más se utiliza, porque hay muchas líneas, y casi que estar esperando uno ante las vías en la calle es como estar ante un museo ferroviario al aire libre, porque cada uno de los tranvías que aparecen son diferentes y bastante antiguos. Carlos previamente había mirado qué número nos convenía, pero no sabíamos que el recorrido sería tan largo. No pasaba nada, porque al menos íbamos sentados, y los 45 minutos que debimos estar dentro, tampoco se nos hizo tan eternos,, ya que estábamos todo el rato pendientes de cuándo debíamos bajarnos. Aunque con lo que no contábamos era que nos teníamos que bajar en la última parada. Al bajar había unos revisores que nos cobraron el trayecto, ya que no se pagaba al entrar, algo extraño, porque supongo que cada uno de los pasajeros debió subir en una parada diferente. Sin embargo, debía ser un precio único por trayecto. Nos indicaron hacia donde teníamos que dirigirnos, teníamos que pasar por unas barreras y ahí no tuvimos que pagar, porque una vez más enseñando nuestro preciado Japan Raíl Pass y nos dejaron pasar de forma gratuita.

Pasado ese control debíamos esperar a que llegase el ansiado ferry. No éramos
Ferry que nos llevaría hasta Miyajima
los únicos, y la mayoría éramos extranjeros, aunque nos ganaban de goleada los asiáticos de otras partes. Cuando subimos al ferry, enseguida subimos al piso de arriba, a pesar de que haría más frío, tendríamos mejores vistas y al menos no llovía.  Y ahora, redoble de tambores, redoble de tambores
 ¿A qué destino nos dirigíamos?

Desde el ferry Carlos empezó a divisar el icono de la isla que visitaríamos, el torii flotante. Una puerta espiritual, grande y roja, que estaba dentro del mar. La marea estaba alta y parecía que estuviera flotante dentro del mar, le daba un encanto espléndido. Vale, lo reconozco, no la veía, ni siquiera veía una sombra, estaba en el barco, pero era emocionante, ver a Carlos sacando fotos, a un montón de gente haciendo lo mismo, y yo preguntando impaciente que si se veía cuando era obvio que ante tanto sonido de flashes sí que se podía ver algo. Teníamos ganas de pisar tierra firme para llegar a nuestro destino.

Vistas de la isla desde el ferryç


Nuestro destino no era otro que Miyajima, una isla pequeñita situada a 50 km de Hiroshima. Una isla mágica, no ya por su símbolo más emblemático como es el torii flotante, sino porque habíamos escuchado maravillas de esa isla. Y así, fue nada más bajar y pisar suelo firme, entramos en una mini estación, ésta contaba con oficina de información turística y fuimos. Tuvimos que hacer algo de cola, pero valió la pena, porque con una amabilidad digna de una japonesa, con sonrisa incluida, poco inglés y mucha simpatía, nos dio varios mapas. Nos dijo las rutas que podíamos hacer, y sobre todo lo que más nos sorprendió, con un español de no sé dónde, nos dijo que “Be careful ciervos”. No paraba de repetir “ciervos” el nombre de ese animal con cuernos lo repetía en nuestro idioma, se reía y en inglés nos decía que vigilásemos con ellos, sobre todo porque se podían comer el mapa, nuestra comida y todo lo que tuviéramos. A nosotros nos entró la risa,, porque aunque sabíamos que habían ciervos que andaban en libertad por aquella isla, no pensábamos que íbamos a tener la suerte de encontrarnos con alguno y menos que alguien que no tiene ni un mapa ni ninguna guía en español, supiera decir ciervos en nuestro idioma.

Ciervo descansando y Pili mñirándole

Pasadas las puertas de la oficina, pudimos respirar el aire puro de la isla, mucho jaleo, gente por todas partes, y esos famosos ciervos andando a sus anchas y rodeando a todos los turistas que llegaban a su hogar sagrado. Paseaban a sus anchas, como si de perros sueltos se tratasen, te seguían, comían del suelo, no les daba miedo la gente, porque ya están muy acostumbrados a que miles de viajeros se acerquen a visitarles. Están casi como domesticados, pero, de todas maneras, a Carlos no le terminaba mucho que me acercase como si tal cosa, porque me decía que son salvajes y nunca sabemos cómo van a reaccionar. Así que me resigné y le hice caso, ya que me contagió su temor. Paseamos por el pueblecito, viendo siempre ese torii gigante, teniendo a la derecha el mar, pero aún caminando sobre cemento y gravilla. 

Pili y Carlos con el torii flotante en el mar detrás

Había tiendas de recuerdos por todas partes, que no dudamos en visitarlos, por el simple gusto de ver qué tenían. Dejamos pasar a varios grupos de adolescentes, ya que nos agobiaba ir al lado de ellos, porque armaban mucho barullo. En seguida nos alejamos de lo más céntrico, para adentrarnos por algunas de las rutas que nos había aconsejado en la oficina de turismo. Nos íbamos encontrando a gente que también tomaba el mismo camino. Subimos unas cuantas escaleras hasta que llegamos a un Santuario sintoísta llamado Santuario:  Itsukushima. Realmente la isla recibe el mismo nombre que el santuario, pero es conocida con el sobrenombre de Miyajima, ya que literalmente significa: isla del santuario. Y, es que, de esta isla, aparte de su calma y tranquilidad, a pesar de los turistas que la visitamos, sobre todo destaca por su torii flotante, ese que es la puerta espiritual del santuario mejor conservado. Éste está dividido en varias estancias que se pueden encontrar por toda la isla. 
Nosotros acabamos en uno, huyendo de las masificaciones, en el que se respiraba calma, se oía música oriental y olía a incienso. Solamente constaba de un piso, en el que, como en todos los santuarios, nos tuvimos que descalzar dejando las deportivas a la intemperie. A mí este tipo de cosas, y más viniendo de España, no me gustaba mucho, porque me daba la sensación que íbamos a salir y no iba a estar nuestro calzado, porque realmente si esto ocurriera en según qué sitios de mi ciudad, estoy convencida que me tocaría volver andando en calcetines. Sé que puede parecer desconfianza, puede sonar a chiste, pero no estamos acostumbrados y es una cuestión cultural. Dejando de lado este tipo de anécdotas, el templo era muy bonito, Carlos me lo iba describiendo todo, y a mí me entraban ganas de tocar todo lo que me decía, aunque a veces se trataba de cosas que estaban en vitrinas u imágenes, pero al escuchar que, por ejemplo, había un elefante, me imaginaba una escultura, y con cuidado hubiera ido a tocarlo, hasta que Carlos me decía que no se podía, que era un dibujo. Al igual que en otras ocasiones, había gente rezando en el suelo, y nos daba la sensación de estar invadiendo su intimidad, mientras nosotros rodeábamos la estancia, curioseábamos y hacíamos fotografías. Éramos unos intrusos que alucinábamos con todo.  Salimos, nos calzamos y nos quedamos en un banco de al lado, escuchando el sonido de unos tambores y sintiendo la tranquilidad que se respiraba en el ambiente. Seguro que había miles de estancias más que visitar, pero para ello necesitábamos coger aire y sentir que estábamos ahí, que no teníamos todo el tiempo del mundo, pero que era el ahora de ese día y queríamos disfrutar del momento con los rayitos de Sol que tanto habíamos anhelado durante días.

Proseguimos por la montaña, bajando escalones, parándonos ante cualquier campana, escultura o algún ciervo que se nos cruzase. Sin rumbo fijo, simplemente dejándonos llevar por la naturaleza. Y, hablando de naturaleza, nuestro estómago empezaba a rugir, así que tocaba bajar al centro de la isla, donde se aglutinan los restaurantes. Al ir bajando empezamos a notar el bullicio de la gente, como si hasta entonces hubiéramos estado en plena naturaleza escondidos de la vorágine del mundo real. Íbamos mirando los menús que había, la mayoría orientados a turistas como nosotros, casi todos por la hora que era estaban con bastante comensales. Finalmente nos decantamos por uno, que tenía gente, buena señal, pero que no teníamos que esperar demasiado. Nos trajeron el menú, que también contaba con una traducción en inglés. Hay que destacar que lo más típico de la isla son las ostras, pero realmente he de reconocer que no me gustan demasiado. Recuerdo que Carlos sí que se pidió un plato que llevaba ostras cocinadas y no estaba mal, una cosa es comerlas crudas y otras preparadas con condimento, la cosa cambia mucho. Yo pedí un arroz con
Platos de comida
curry, porque me encanta cómo lo cocinan, y como me había gustado tanto las veces que lo había comido, quería seguir aprovechando la oportunidad de comer el arroz que allí preparan. Carlos esos fideos con ostras que fue muy original, y que, por supuesto, como casi siempre hacemos, compartimos. Después de reponer energía y saciarnos de agua fresquita, la ruta debía continuar.

Nada más salir, Carlos me dijo que el torii seguía con el agua hasta arriba, así que optamos por adentrarnos en el monte y subir a un teleférico, para subir a la cima de la montaña y comprobar las vistas. Esta era una de las rutas que nos habían aconsejado realizar desde la oficina de turismo cuando nos dieron el mapa. La cumbre más alta de la isla consta de 530 metros, es el monte Misen. Es considerado un monte sagrado. Así que fuimos en búsqueda del teleférico,
Vistas desde el teleférico
había que pagar 1000 yenes (casi 10 euros) y si era ida y vuelta 1800 yenes. Nosotros optamos por comprar solamente ida, a Carlos le parecía buena ida después bajar haciendo senderismo de forma tranquila. Tuvimos que hacer algo de cola, tanto para comprar los tickets, que teníamos que pagar, ya que no entraban con el Jipan Raíl Pass, como para subir. Nos tocó subirnos con dos japoneses que serían casi fotógrafos profesionales, porque llevaban unos objetivos que casi nos sacan un ojo, aprovechamos que parecían entender del tema, para que nos hicieran alguna que otra fotografía. Con ellos llegamos a la primera parada del teleférico, estación de Kayadani, allí cambiamos a otro, en el que íbamos con bastante más gente y de pie, y hicimos el tramo final y más corto hasta  la estación de Shishiiwa, de ahí fuimos caminando hasta alcanzar la cima sagrada. Según Carlos había unas vistas increíbles de la Bahía de Miyajima, no solamente del torii, sino de toda la isla, del mar interior de Seto y de los alrededores. Nos sentamos, después de comer siempre entra algo de sueño, además del cansancio acumulado de los días, además a veces apetece sentarse en algún rincón para oír el viento desde lo más alto. Sin embargo, no éramos los únicos que habían tenido esa idea, y esa idea de tranquilidad se esfumó a medida que la gente iba subiendo y se quedaba sentada intercambiando conversaciones, que enturbiaban la calma conseguida tras llegar a lo más alto. Bueno, sin ser una anti social, descansamos, disfrutamos de las vistas, del momento y de estar ahí. Ahora tocaba bajar, y es cuando le decía a Carlos que por qué no habíamos cógido ida y vuelta en teleférico, pero Carlos me decía que valdría la pena, que no teníamos prisa.

Es cierto que no teníamos porque correr, que podríamos realizar el camino de vuelta con tranquilidad, pero nada más dar unos pasos e intentar empezar a bajar, Carlos se dio cuenta de la dificultad que conllevaba ir con una persona con bajo resto visual. Empezamos con unas escaleras, casi sin barandilla, ningún problema: él se pone delante y yo me agarro a sus hombros, en los tramos en que las escaleras eran irregulares, él me iba ayudando como podía. Sin embargo, a mí la inseguridad de no pisar donde debiera, de no ir con un calzado apropiado y de ver lo lenta que iba, me desanimaba. Pronto abandonamos las escaleras, y empezamos a encontrar más dificultades, pero no podíamos volver hacia atrás, estábamos en medio del monte, no pasaba casi nadie y las piedras que resbalaban, las irregularidades del camino y los saltos cada vez eran más complicados.
No quería desanimarme, pero veía que la gente pasaba por nuestro lado como si nada, cuando a mí me costaba un montón dar un paso, porque Carlos me tenía que indicar en qué piedra poner el pie, estar atento. Los dos acabamos sudando y pasándolo muy mal. Y, son en esos momentos, en los que la fiera que hay dentro de ti sale, y dice la típica frase: “Te lo dije” y sí la pronuncié en varias ocasiones, porque le dije que deberíamos haber cogido ida y vuelta en teleférico. Sin embargo, esos instantes de mal rato, cuando superas las adversidades, cuando el tipo pasa, se olvidan fácilmente y te das cuenta de que fue toda una experiencia. Lo complicado, a veces es lo que mejor sabe. Y fue muy difícil, porque pensábamos que nunca íbamos a llegar, porque pasamos por un riachuelo que teníamos que saltar, por tramos resbaladizos, de desnivel, y porque Carlos, sin querer, me metía prisa, y no es que nos fueran a dar un premio por llegar a la meta, si no que iba viendo que esos 5 km eran el doble o el triple conmigo, que íbamos muy lentos y sobre todo que estaba oscureciendo. No es que fuera muy tarde, pero hay que tener en cuenta que era octubre y atardece más temprano, por tanto Carlos no quería que se fuera la luz y nos quedásemos ahí perdidos en el monte. El cansancio, la desesperación y las ganas por tirar la toalla en varias ocasiones se apoderaron de mí, porque lo único que quería era que alguien viniera a rescatarnos. Sin darme cuenta que quien me estaba rescatando de mis temores y de mis dificultades estaba a mí lado. Me pidió mil veces perdón, porque no sabía que el camino iba a ser, y nunca mejor dicho, tan pedregoso. Sin embargo, la alegría que sentí al llegar a suelo firme fue infinita, así que, al llegar mi cara, mi ánimo y mi enfado desapareció. Además de que Carlos estaba más atento de lo normal, complaciendo todos mis detalles, para compensar el mal rato que había pasado. He de reconocer que él también lo paso mal, y no solamente por la culpa, sino porque iba poco a poco y tenía miedo de que me pasase algo. Finalmente, aunque tardamos mucho más que otros transeúntes del camino, logramos vencer aquella senda tan salvaje, a pesar de que tardamos mucho más de lo que nos habían dicho en la oficina de turismo, pero es que, a pesar de sea una buena idea, no lo es tanto si no ves por donde pisas. 

Llegamos de nuevo al centro del pueblo, visitamos algunas tiendas, compramos algunos recuerdos y unos cascabeles. Compramos dos iguales, uno para cada uno, ya que habíamos perdido los que habíamos comprado en Osaka. Fuimos saludando a todos los ciervos que seguían deambulando por ahí, incluso me atreví a tocar a alguno, después de descender de la cima sagrada, ya no me daba miedo nada. Además, cabe decir, que esos ciervos, aparte de estar más que domesticados, no tienen cuernos, parece ser que para no dañar a nadie sin querer o queriendo, se los han debido cortar para que puedan convivir con los turistas que cada día  visitan su hogar: la isla del santuario Itsukushima. Y, para nuestra sorpresa, casi atardeciendo, pudimos acercarnos más al torii flotante, y ya no era tal torii, si no que la marea había bajado tanto, que incluso se podía andar a su lado, y lo mejor para mí: tocar esos altos pilares. Nos quedamos sorprendidos, felices, andando en la arena húmeda, por la que antes había estado bañada de agua salada, ahora la naturaleza hacía que yo pudiera tocar ese famosos símbolo de la isla.  

El torii flotante con baja marea

El torri flotante es muy curioso y muy bonito verlo rodeado de agua, sin embargo, si la marea baja, que suele hacerlo a partir de las tres de la tarde, es una gozada poder pasear por la arena del mar y tocar sus grandes pilares. A mí me daba la sensación de estar bajo una portería, con esos tres palos que significan mucho. En cierta medida, puede dar esa sensación, porque al fin y al cabo es una puerta, una puerta al mundo espiritual. Es muy alto, casi 17 metros de altura. Y los dos grandes pilares, por mucho que intentara abrazarlos eran imposibles, cuenta con un diámetro de 10 metros. La parte superior del gran torii, esa que por su altura no llegamos a tocar, tiene una longitud de 24,4 metros. Esta gran símbolo pesa unas 60 toneladas. Entenderéis que dado que el torii se encuentra gran parte del tiempo bañado por agua salada, sus materiales han sufrido mucho. Aunque, el que tuvimos la suerte de ver y tocar, es la octava vez que ha sido reconstruido, y está ahí desde la última reconstrucción en 1875. Está hecho de madera, una madera natural de alcanfor (que tiene más de 600 años) y se conserva de maravilla. Cuando pasé la mano por una de las bases del torii, pude notar que había incrustaciones del fondo marino, tales como: caracolas, fósiles y musgo. Pero, me gustó notar la sensación de una madera húmeda con historia, con magia, que transmite tanto. A pesar de los años transcurridos, cada día regala al mundo una escena de la naturaleza magnífica, baja y sube la marea ye el gran torii imperceptible a las alteraciones del mar sigue erguido para dar la bienvenida al mundo espiritual a todo aquel que lo contemple.  Dejamos nuestras huellas en la arena mojada, tocamos con intensidad el gran torii, y, por supuesto, nos hicimos bastantes instantáneas para inmortalizar aquel momento. Después nos alejamos, para dejar paso a otros turistas que también querían tener la oportunidad de posar sus manos en aquellas columnas que habían estado enterradas por el mar unas horas antes, y que dentro de unas horas volvería a estarlo. 

Subimos unas pequeñas escaleras que nos separaba de la arena, y vimos un farolillo con mucho encanto, todavía no estaba encendido, pero comenzaba a oscurecer. Aún no era la hora de apagar el telón, así que seguimos paseando, contemplando los ciervos, que ya no estaban tan activos como cuando habíamos llegado, iban buscando un lecho para dormir, aunque a ellos cualquier sitio les iba bien. Aún viendo que había bastantes turistas, querían ver si podrían comer algo que les dieran, nosotros no les dimos nada, más que nada porque no teníamos nada para darles. Seguimos visitando tiendas, y buscamos por el centro la pala de arroz más grande del mundo: O-shakushi. Ésta aparece en la zona más comercial de Miyajima, y en el  mapa que te dan en la oficina de turismo, en la estación del ferry, aparece como un punto para visitar. Esta paleta de arroz tiene 7,7 metros de longitud y 2,7 metros en su punto más ancho. Pesa 2,5 toneladas. La verdad es que es algo curioso de ver, así que si vais, no dudéis en verla, no tenéis que entrar en ningún sitio, y de camino al ferry la veréis mientras paseáis.

No sé exactamente qué hora era, pero debía ser la hora en la que todo el mundo abandonaba la isla, había mucho tránsito de personas de camino al ferry. Así que, antes de embarcar, preferimos sentarnos en un banquito, en el que detrás teníamos un ciervo adormilado en el césped y delante el mar, con el gran torii rojo alumbrando la isla, y el cielo haciendo juego con la gran puesta sagrada. Era un momento relajante, en el que nos dábamos cuenta de dónde estábamos, de lo rápido que pasan de los días y de lo poco que nos quedaba ya por Japón. Así que después de quedarnos pensativos en aquel lugar mágico, decidimos dar un último paseo, hacer las últimas fotos y emprender el camino a Hiroshima.

Había sido un día lleno de emociones, de aventuras, pero sobre todo lleno de momentos que no olvidaremos fácilmente, porque aquella isla tiene algo mágico, que por suerte: lo pudimos comprobar y vivir en primera persona.
Una excursión de un día totalmente recomendable desde Hiroshima. No está muy lejos, y podrás vivir un día totalmente diferente, en el que encontraréis la calma y la magia de una isla con mucho encanto.



sábado, 27 de agosto de 2016

Aventuras diarias con Kenzie

Anécdotas diarias con Kenzie


Ir con Kenzie siempre es toda una aventura. No, porque ir con ella sea un riesgo, todo al contrario, ya que me salva de muchas. Si no, porque gracias a ella, siempre tengo alguna que otra historia que contar. Alguien que ha querido tocarle, alguien que ha hecho un comentario, alguien que le ha preguntado algo a ela como si le fuera a contestar, algo que ha hecho Kenzie y ha despertado asombro, sonrisas o simplemente ha hecho que el día fuera diferente.

Anécdota vial: Los perros no distinguen colores. No te dice cuando cruzar

Esta semana en el famoso semáforo no acústico que está enfrente de mi puesto de trabajo siempre requiero que alguien me asegure que puedo cruzar sin jugármela. El otro día al ver una sombra cerca de mí, pregunté si me podía avisar cuando pudiera cruzar. Ahí mi gran error, y despés comprenderéis porqué. Ya que siempre pregunto o debo preguntar si me puede avisar cuando esté verde. El hombre al principio me ignoró, pero seguramente al ver que le miraba y esperaba una respuesta, me contestó que si le había dicho algo, que llevaba los auriculares. Volvía repetírselo y me dijo que sí que ya me avisaría. Hasta ahí todo correcto.
Entonces me pregunta que si es que ese semáforo no pita, le digo que no, que ya lo he reclamado al Ayuntamiento. Y, la pregunta que me hizo a continuación es la que más me sorprende, aunque no sea la primera vez que me la hagan, aunque sepa que no es culpa suya, sino de la falta de información.
-        ¿y el perro no te dice cuando cruzar?
Le contesto que no, que no distingue los colores.
-        ¡Ay, pobret! 
Me quedo alucinada con su expresión de pena, como si Kenzie tuviera alguna enfermedad y no pudiera distinguir ella los colores, mientras los demás perros sí que lo hacen. Enseguida reacciono y en acto de defensa de mi perra y queriendo aplacar esa frase llena de lástima, salté.
-        No, no es que ella no pueda distinguir los colores. Ningún perro puede distinguir los colores. 
Me imaginé a Kenzie, que seguía centrada mirando al frente, sonriendo y diciéndome: “Así se hace, Pili”. Lo único que faltaba que ahora también nos dijeran los colores, si podemos cruzar o no, qué ropa ponernos, leernos lo que queremos. Creo que ya hacen bastante, para que tuvieran que hacer nada. No me indigné. Bueno, sí, pero porque pensase que mi campeona peluda tuviera algún problema, para no distinguir los colores y decirme cuando cruzar o no. Pero, por lo de que los perros nos digan si el semáforo está favorable para nosotros o no, ya me ha pasado en otras ocasiones y es debido al desconocimiento.
Además, creo que a veces la gente no se para a prestarme ayuda, porque se piensan que mi guía me va a pasar cuando esté verde. Ya que  son muy inteligentes,, y lo son. Pero, como siempre digo, esta labor es nuestra: decidir cuándo podemos cruzar o no, igual que si llevásemos el bastón.
Si llevase el bastón, lo he podido comprobar, vendría más gente a ofrecer su ayuda que cuando vamos con un perro guía.

Seguimos con la conversación mañanera del hombre desinformado y con auriculares. Cabe decir que era a primera hora de la mañana, me había costado encontrar a alguien que pasase por ahí, que no me ignorase y que quisiera ayudarme.
Al poco me dice que podemos cruzar, pero me da la sensación que él va más lento que yo, y de repente un brazo me coge por detrás y me para. Ese brazo era el del hombre que riendo me dice que me pare, que es que ahora pasan todos. Me giro indignada y le digo que si es que no está en verde, y me dice que no, pero que como no pasaban los coches….
Nos quedamos en medio de la carretera, entre la acera y las vías del tranvía, ahí en una separación estrecha entre coches y tranvía. Él también se queda atrapado en medio de la nada, en un lugar nada seguro. Y al cabo de unos instantes ya podemos cruzar, ya se paran los coches, ya está verde.

Sé que no lo hizo con mala intención, pero no lo pasé nada bien. Sé que fue culpa mía por no accionar bien la pregunta. Ya que pides ayuda, es mejor que te avisen cuando está verde para ti. En muchas ocasiones, cuando el semáforo sí que es acústico, mucha gente pasa y me dice que puedo cruzar que no pasa ninguno, pero les digo que ya me espero a que este verde, y se deben quedar alucinados pensando que cuándo lo sabré, y les digo que ya pitará cuando esté verde. En otras, me he sentido muy tonta, perdiendo el tiempo, pero sabiendo que tampoco va de un minuto, y cruzar con seguridad.

Ahí queda la anécdota vial de la semana.  

La anécdota que despertó sonrisas: Kenzie y sus travesuras

Ayer viernes Kenzie me regaló otra anécdota que despertó sonrisas, pero que me engañó de lo lindo. Cuando íbamos de camino al trabajo, noté que el modo aspiradora se ponía en marcha y succionaba algo, pero enseguida la corregí y pensé que ya habría tirado lo que fuese que hubiera cogida. Además, hasta llegar a la oficina guió de maravilla, sin detenerse, muy centrada. Nada más llegar a mi puesto, cuando estaba ordenando unos papeles, ella se tumbó y escuché como que comía algo: “Crac, crac, crac”. Terminé de hacer lo que hacía y fui a ver si comía algo, y, efectivamente le saqué de la boca algo alargado de madera. Un lápiz pensé, deseando que no se hubiera comido la goma, que no se hubiera comido mucho, y le quité todo lo que pude: su gozo en un pozo. Todo lo que encontré lo tiré en mi papelera.
Cuando llegó mi compañero, buscaba algo y pensé que buscaba su lápiz. Le dije que si buscaba su lápiz de madera que lo sentía que Kenzie se lo había comido, él pudo comprobar los restos que habían quedado en el suelo y se quedó alucinado. Le enseñé lo que le había sacado de la boca, para que comprobase si se había comido la goma o qué. Se quedó mirándolo y riendo me dijo que no era un lápiz. Era un palo de un árbol. Un palo pequeño, de la medida de un lápiz. Eso lo había traído de la calle. Ella había estado disimulando todo el camino, guiando de maravilla, con la intención, con su único objetivo de llegar tumbarse y ponerse a comérselo. Había disimulado, escondiéndoselo en la boca, sin moverla, para que no le pillase. Una vez más me ha demostrado lo lista que es, engañándome, para poder disfrutar de su hallazgo tranquilamente.
Sin embargo, aunque tarde, le pillé y se quedo sin su tesoro. Pero, sí que consiguió su objetivo: engañarme y llevárselo hasta la oficina.

Al fin y al cabo no pasó nada, no era nada malo, fue una travesura y nos alegró el día, despertando risas y haciendo que ese viernes acumulásemos una anécdota más en el libro de nuestra vida.    


lunes, 26 de octubre de 2015

5 years ago...

DUBLIN TIMES


Hoy hace cinco años llegábamos a un país nuevo, cambiábamos de vida por una temporada. Una nueva etapa se abría para nosotros, no teníamos billete de vuelta. Estábamos llenos de ilusión. Pero, cabe decir, que Dublín, Irlanda, su gente, nos recibió con los brazos abiertos, aunque el tiempo ya empezaba a ser frío. Las primeras semanas fueron más que duras, porque por mucho que viajes con la maleta llena de ilusión, planes e ideas, cada día teníamos que ir a visitar casas en una ciudad desconocida, con un inglés, que digamos que no muy bueno, y que por mucho diccionario que llevásemos no servía de mucho.

Con el paso del tiempo, echo la mirada atrás y cuando recuerdo nuestra etapa dublinesa, no pueda más que esbozar una sonrisa. Fue un año intenso, con muchas vivencias, con frío, con lluvia, con Sol, con paseos, yendo a clases de inglés, fiestas, muchas fiestas, conociendo a mucha gente, gente con la que aún mantenemos el contacto, y es por eso, y por mil cosas más que se me dibuja una sonrisa. Sí, porque aunque ahora no viva esos nervios que los primeros días vivimos, el cerebro es muy selectivo y sabe quedarse con lo que quiere. Y yo me quedo con que esa etapa fue totalmente una experiencia: una de esas que no se olvidan fácilmente. No solamente por las vivencias, si no por la gente que fuimos conociendo por ese caminar, y que aún siguen en ese camino, a pesar de la distancia del tiempo.  

Kenzie y yo en la puerta de casa
La puerta azul de nuestra casa
Siempre digo que fue una aventura, una aventura que viví junto a Carlos y Kenzie. Y ese tipo de experiencias tan intensas, tan condensadas, unen mucho. Además siempre recordaré la casa donde vivíamos, una casita muy cerca de Croke Park, la casita de la puerta azul. Esa la de la puerta azul era la nuestra, ese azul que yo sí que distingo.
     El piso era muy pequeño, quiénes han estado se acordarán. El comedor, por decirlo de alguna manera, solamente tenía un sofá, no había ni televisión, solamente nuestros portátiles, y al lado, ya sin la famosa moqueta, estaba la cocina con barra americana. Todo era mini. Una habitación de matrimonio, con cama y estanterías, ni un armario. Un lavabo y poco más. Pero, teníamos la suerte de tener un jardín, que teníamos que atravesar para llegar a la lavadora. Ese jardín fue testigo de cuando disfrutamos como niños esa Navidad del año 2010 cuando nevó como nunca, quedando las tuberías heladas, pero nosotros disfrutamos haciendo muñeco de nieve, tirándonos bolas y viendo caer los copos. También, ese jardín servía para dar la siesta cuando algún que otro rayo de Sol se colaba por la ciudad, y de alguna que otra barbacoa. Recuerdo que para mi cumpleaños empezaron a aparecer rostros familiares, de gente que habíamos ido conociendo en Dublín, y acabamos cenando todos en el jardín. Ese jardín asilvestrado, hasta que conseguí que el casero nos mandase a un jardinero, para arreglar toda la mala hierba y dejase de ser un bosque, para convertirse en un jardín en condiciones. 

Pueden parecer tonterías que ahora me acuerde del jardín, de la casa, de la calle, de la nieve, de la escuela de inglés, pero todo eso sumado a los amigos que conocimos, más las visitas que recibimos no se olvida fácilmente. Fue un paréntesis de un año que nos sirvió de mucho, para afianzarnos como familia, para aprender inglés, para conocer a gente que también habían ido a aprender inglés, a movernos por una ciudad nueva y sobre todo para vivir todo tipo de experiencias juntos. Me encanta el carácter afable y abierto de los irlandeses, siempre que íbamos a un pub conocíamos a alguien y hacíamos un “aslonchas” con la Guinnes alzada. No digo nada de las canciones irlandesas, depende en qué pub te encontrases te podías encontrar que por arte de magia, dos o tres personas que estaban como tú tomando algo, sacasen instrumentos y afinases la voz y se pusieran, improvisadamente, a cantar canciones irlandesas. Era algo divertido, mágico y que animaba el ambiente, sumándonos a ellos, aunque ni supiéramos la letra, dando palmas, moviendo la cabeza o bailando.  

El tiempo pasa volando, pero me gusta que haya momentos para recordar. Los recuerdos cuando son buenos quedan grabados en la memoria, y no hacen falta ni las mejores fotografías, ni vídeos, simplemente quedan grabados en la retina. Te puedes quedar con la mirada fija en algo, y sin darte cuenta, se te queda cara de tonta ¿por qué? Porque el vídeo de los recuerdos, esos que tienes grabados, se activan sin que tú hayas querido pensar en eso, simplemente, algo hace que te recuerde aquella época. A veces va bien hacer kit-kat y respirar el aire de ciudades nuevas, gente desconocida y que acaba convirtiéndose en más que conocida y sentir el ambiente del día a día de un país diferente. No es lo mismo ir a un sitio por turismo que estar viviendo allí, sintiendo todo lo que pasa en la ciudad, yendo a comprar al super, conociendo a los vecinos, eso sí que es adentrarte de lleno en un país.

La verdad, me quedo con un buen sabor de esos tiempos irlandeses. La verdad, es que tengo ganas de regresar para hacer un remember en toda regla, siempre da gusto pasear por calles conocidas y ver que el tiempo ha pasado, pero que recuerdas dónde estás, dónde estuviste y qué pasó. Así que, quién sabe, quizás muy pronto visitemos a nuestra querida Dublín.  


Os dejo con música irlandesa, de esa que por arte de magia animaba el ambiente de cualquier fiesta. Espero que os anime y os sintáis como nos sentimos nosotros, libres corriendo por prados verdes, en la isla esmeralda.  


lunes, 28 de julio de 2014

CON MIS OJOS: TODO UN REGALO

LOS REGALOS DE LA VIDA

         Durante estos meses que he estado sin publicar ninguna entrada en el blog, he estado viviendo experiencias maravillosas. He abierto y cerrado un paréntesis en mi vida. Pero, a pesar de haber sido un paréntesis, ha sido algo que no olvidaré nunca. He estado realizando un programa de televisión: Con mis ojos.
Un programa que me ha dado la oportunidad para introducirme en un mundo, hasta entonces desconocido para mí, el mundo de la televisión. Hasta entonces, la televisión solamente era ese aparato que está en casa y sirve para ver cosas, a veces interesantes y entretenidas y otras no tanto. Pero, en este caso he sabido lo complicado que es hacer un programa de televisión: estar delante de las cámaras, las repeticiones. El tiempo que se tarda en hacer un programa. No es lo mismo lo que se ve en pantalla, que el tiempo que se invierte en los rodajes.
A pesar de que no ha sido un camino de rosas, porque no todo ha sido fácil, me ha servido para aprender muchas cosas, y no solamente de las cámaras y del planeta audiovisual, sino que ha servido para mucho más. He tenido la gran oportunidad de estar viajando por España, conociendo sitios que no había visitado, descubrir gente que me han enseñado miles de cosas, y realizar actividades que nunca se me hubieran pasado por la cabeza. Ha sido una experiencia única, maravillosa, y, como digo en el título de la entrada, todo un regalo que el destino me ha puesto en el camino de la vida. 

Todo esto no lo he hecho sola, una vez más Kenzie, mi perra guía, me ha acompañado en toda esta aventura. No hubiera sido lo mismo hacerlo sin ella. Ella también es protagonista del programa, sin duda alguno de los momentos más divertidos los ha dado ella. Además, como de todo se aprende, a mí me ha servido para afianzar, si cabe aún más, mi vínculo con ella. Aparte de estar contentísima por la ayuda que me genera cada día, ella ha estado en algunos de los momentos más importantes en mi vida, y, sin duda, éste ha sido uno de ellos. Ha estado, como ha siempre, para guiarme en todos sentidos.
Pero, ella no ha sido la única que me ha acompañado. Un grupo de profesionales, que desconocía, nos han escoltado durante toda esta aventura. Me han enseñado muchas cosas, han tenido paciencia con mi aprendizaje, y sobre todo; durante estos meses han formado parte de nuestra familia.  Porque no todo ha sido trabajo, también ha habido convivencia, con lo que ello supone: confianza, risas, enfados, malos y buenos momentos….pero siempre juntos. Y si he comentado que con Kenzie me ha servido para acrecentar mi vínculo, con ellos ha servido para crearlo. Hemos vivido muchas cosas juntos, han estado en momentos difíciles, en los buenos y me han ayudado mucho. Me lo han puesto fácil, porque con los meses han sabido ponerse en mi piel, entenderme y sabían mis límites. Han llegado a conocerme tanto que, alguno de ellos, sin hablar sabían lo que estaba pensando. Ahora que todo ha terminado, que el paréntesis se ha cerrado, los echo en falta. Pero sé que con alguno de ellos mantendré el contacto, porque han sido como hermanos para nosotras, y ahora ya forman parte de nuestra familia. Sé que ha sido un trabajo, aunque para mí ha sido mucho más, pero, como digo, aparte de trabajo, había convivencia, y hemos compartido muchos días juntos. Así que, si no olvidaré toda experiencia: lugares, personas y actividades que he realizado, por supuesto, tampoco los olvidaré a ellos, quienes han sido testigos directos de todas mis andanzas, guiándome, aconsejándome y estando siempre ahí.
Pero no me quiero olvidar de otra parte importante del equipo, que no viajaban físicamente con nosotros, pero sí lo hacían desde la sala de montaje, desde la sala de locución ó desde producción. El director siempre estaba atento de cada paso que dábamos, y a  la vuelta de cada viaje siempre estaba ahí para dar algún consejo y preparar el siguiente viaje. A pesar de los consejos que me pudo dar en los momentos más complicados, también tuvo la paciencia suficiente con una novata en el sector  como yo.  Me he sentido muy arropada por todos ellos, por eso y por lo que callo les estoy muy agradecida.

La vida te depara muchas sorpresas, cada día, aunque sea una palabra, un gesto o una sonrisa hace que el día te cambie la perspectiva. Sabemos que, hay épocas mejores que otras, sin duda, este año lo he empezado de la mejor manera, con un proyecto fantástico. Así que, no me queda otra que dar las gracias a la vida. Eso sí, parece que solamente sepa dar las gracias cuando todo va bien, pero es cuando mejor se ven las cosas.
Cabe decir que hemos realizado muchos viajes y muchas actividades durante poco tiempo, por eso al haber estado todo tan comprimido, ha sido más intenso. Ahora es el momento para revivirlo, pensar en todo lo que he hecho y darme cuenta de la suerte que he tenido por haber sido elegida para este proyecto. Ahora es el momento de asimilar todo, porque no he tenido ni tiempo de hacerlo. Hoy en día, cuando recuerdo algún momento vivido, ya sea malo o bueno, se me dibuja una sonrisa.   

Estos meses que he estado sin dar señales por la maleta, es cuando más la he utilizado. Hacía tiempo que no hacía y deshacía maletas con tanta rapidez. Pensándolo bien, nunca había tenido que preparar tantas maletas en tan poco tiempo. He tenido la gran suerte de no parar de viajar, de descubrir un montón de sitios y gente nueva que me han acercado a la cultura y tradiciones de los lugares que he visitado.  Todo esto ha sido gracias a un programa de televisión: Con mis ojos, donde Kenzie y yo hemos compartido con vosotros nuestras sensaciones.  
Pero, no he dejado de escribir. Después de cada viaje recogía todo lo que había ido anotando, mis impresiones,  y así me servía de recuerdo, para no olvidar ningún detalle de todas nuestras andanzas. Incluso, si queréis podéis leer mis sensaciones en la página web oficial del programa, aquí.   


¡Gracias a todos!  A Fundación ONCE, a la productora Media 3.14, a TVE, a todo mi equipo, a Kenzie, a mi familia y a todos los que habéis seguido domingo a domingo todas nuestras aventuras. ¡Gracias!