domingo, 25 de marzo de 2018

Miyajima: una isla para descubrir


Excursión desde Hiroshima


Nos levantamos temprano, no tanto como hubiéramos debido, pero lo suficiente, como para buscar un lugar para desayunar y cargarnos de energía. En el Ryo kan, donde estábamos alojados, también ofrecía desayunos, sin embargo: no nos entraba con la estancia, era un poco caro, y el horario era bastante limitado y para gente más madrugadora. Así que por cuestiones del azar, acabamos en un local, pequeño, pero acogedor, de esos que te hacen sentir como en casa. El japonés que nos atendió, el único que estaba en el local, nos atendió de muy buenas maneras, intentando hablar inglés, bastante entendible y con el que se podía mantener una conversación. Optamos por un desayuno sano: un bol de leche con cereales, fruta que nos preparó con mimo y un café. Parece algo ligero, pero teniendo en cuenta que debíamos coger un ferry no queríamos ir con la barriga pesada. El japonés que nos atendió, como si unos familiares suyos fuéramos, nos preguntó que de dónde éramos, y nos contó que le gustaba mucho la música de Paco de Lucía. Me encanta saber las puertas culturales que abre la música que llega a todas partes. Nos despedimos y emprendimos la aventura del día.

Primero fuimos a por un tranvía, ya que en Hiroshima no hay metro. El tranvía es el transporte público que más se utiliza, porque hay muchas líneas, y casi que estar esperando uno ante las vías en la calle es como estar ante un museo ferroviario al aire libre, porque cada uno de los tranvías que aparecen son diferentes y bastante antiguos. Carlos previamente había mirado qué número nos convenía, pero no sabíamos que el recorrido sería tan largo. No pasaba nada, porque al menos íbamos sentados, y los 45 minutos que debimos estar dentro, tampoco se nos hizo tan eternos,, ya que estábamos todo el rato pendientes de cuándo debíamos bajarnos. Aunque con lo que no contábamos era que nos teníamos que bajar en la última parada. Al bajar había unos revisores que nos cobraron el trayecto, ya que no se pagaba al entrar, algo extraño, porque supongo que cada uno de los pasajeros debió subir en una parada diferente. Sin embargo, debía ser un precio único por trayecto. Nos indicaron hacia donde teníamos que dirigirnos, teníamos que pasar por unas barreras y ahí no tuvimos que pagar, porque una vez más enseñando nuestro preciado Japan Raíl Pass y nos dejaron pasar de forma gratuita.

Pasado ese control debíamos esperar a que llegase el ansiado ferry. No éramos
Ferry que nos llevaría hasta Miyajima
los únicos, y la mayoría éramos extranjeros, aunque nos ganaban de goleada los asiáticos de otras partes. Cuando subimos al ferry, enseguida subimos al piso de arriba, a pesar de que haría más frío, tendríamos mejores vistas y al menos no llovía.  Y ahora, redoble de tambores, redoble de tambores
 ¿A qué destino nos dirigíamos?

Desde el ferry Carlos empezó a divisar el icono de la isla que visitaríamos, el torii flotante. Una puerta espiritual, grande y roja, que estaba dentro del mar. La marea estaba alta y parecía que estuviera flotante dentro del mar, le daba un encanto espléndido. Vale, lo reconozco, no la veía, ni siquiera veía una sombra, estaba en el barco, pero era emocionante, ver a Carlos sacando fotos, a un montón de gente haciendo lo mismo, y yo preguntando impaciente que si se veía cuando era obvio que ante tanto sonido de flashes sí que se podía ver algo. Teníamos ganas de pisar tierra firme para llegar a nuestro destino.

Vistas de la isla desde el ferryç


Nuestro destino no era otro que Miyajima, una isla pequeñita situada a 50 km de Hiroshima. Una isla mágica, no ya por su símbolo más emblemático como es el torii flotante, sino porque habíamos escuchado maravillas de esa isla. Y así, fue nada más bajar y pisar suelo firme, entramos en una mini estación, ésta contaba con oficina de información turística y fuimos. Tuvimos que hacer algo de cola, pero valió la pena, porque con una amabilidad digna de una japonesa, con sonrisa incluida, poco inglés y mucha simpatía, nos dio varios mapas. Nos dijo las rutas que podíamos hacer, y sobre todo lo que más nos sorprendió, con un español de no sé dónde, nos dijo que “Be careful ciervos”. No paraba de repetir “ciervos” el nombre de ese animal con cuernos lo repetía en nuestro idioma, se reía y en inglés nos decía que vigilásemos con ellos, sobre todo porque se podían comer el mapa, nuestra comida y todo lo que tuviéramos. A nosotros nos entró la risa,, porque aunque sabíamos que habían ciervos que andaban en libertad por aquella isla, no pensábamos que íbamos a tener la suerte de encontrarnos con alguno y menos que alguien que no tiene ni un mapa ni ninguna guía en español, supiera decir ciervos en nuestro idioma.

Ciervo descansando y Pili mñirándole

Pasadas las puertas de la oficina, pudimos respirar el aire puro de la isla, mucho jaleo, gente por todas partes, y esos famosos ciervos andando a sus anchas y rodeando a todos los turistas que llegaban a su hogar sagrado. Paseaban a sus anchas, como si de perros sueltos se tratasen, te seguían, comían del suelo, no les daba miedo la gente, porque ya están muy acostumbrados a que miles de viajeros se acerquen a visitarles. Están casi como domesticados, pero, de todas maneras, a Carlos no le terminaba mucho que me acercase como si tal cosa, porque me decía que son salvajes y nunca sabemos cómo van a reaccionar. Así que me resigné y le hice caso, ya que me contagió su temor. Paseamos por el pueblecito, viendo siempre ese torii gigante, teniendo a la derecha el mar, pero aún caminando sobre cemento y gravilla. 

Pili y Carlos con el torii flotante en el mar detrás

Había tiendas de recuerdos por todas partes, que no dudamos en visitarlos, por el simple gusto de ver qué tenían. Dejamos pasar a varios grupos de adolescentes, ya que nos agobiaba ir al lado de ellos, porque armaban mucho barullo. En seguida nos alejamos de lo más céntrico, para adentrarnos por algunas de las rutas que nos había aconsejado en la oficina de turismo. Nos íbamos encontrando a gente que también tomaba el mismo camino. Subimos unas cuantas escaleras hasta que llegamos a un Santuario sintoísta llamado Santuario:  Itsukushima. Realmente la isla recibe el mismo nombre que el santuario, pero es conocida con el sobrenombre de Miyajima, ya que literalmente significa: isla del santuario. Y, es que, de esta isla, aparte de su calma y tranquilidad, a pesar de los turistas que la visitamos, sobre todo destaca por su torii flotante, ese que es la puerta espiritual del santuario mejor conservado. Éste está dividido en varias estancias que se pueden encontrar por toda la isla. 
Nosotros acabamos en uno, huyendo de las masificaciones, en el que se respiraba calma, se oía música oriental y olía a incienso. Solamente constaba de un piso, en el que, como en todos los santuarios, nos tuvimos que descalzar dejando las deportivas a la intemperie. A mí este tipo de cosas, y más viniendo de España, no me gustaba mucho, porque me daba la sensación que íbamos a salir y no iba a estar nuestro calzado, porque realmente si esto ocurriera en según qué sitios de mi ciudad, estoy convencida que me tocaría volver andando en calcetines. Sé que puede parecer desconfianza, puede sonar a chiste, pero no estamos acostumbrados y es una cuestión cultural. Dejando de lado este tipo de anécdotas, el templo era muy bonito, Carlos me lo iba describiendo todo, y a mí me entraban ganas de tocar todo lo que me decía, aunque a veces se trataba de cosas que estaban en vitrinas u imágenes, pero al escuchar que, por ejemplo, había un elefante, me imaginaba una escultura, y con cuidado hubiera ido a tocarlo, hasta que Carlos me decía que no se podía, que era un dibujo. Al igual que en otras ocasiones, había gente rezando en el suelo, y nos daba la sensación de estar invadiendo su intimidad, mientras nosotros rodeábamos la estancia, curioseábamos y hacíamos fotografías. Éramos unos intrusos que alucinábamos con todo.  Salimos, nos calzamos y nos quedamos en un banco de al lado, escuchando el sonido de unos tambores y sintiendo la tranquilidad que se respiraba en el ambiente. Seguro que había miles de estancias más que visitar, pero para ello necesitábamos coger aire y sentir que estábamos ahí, que no teníamos todo el tiempo del mundo, pero que era el ahora de ese día y queríamos disfrutar del momento con los rayitos de Sol que tanto habíamos anhelado durante días.

Proseguimos por la montaña, bajando escalones, parándonos ante cualquier campana, escultura o algún ciervo que se nos cruzase. Sin rumbo fijo, simplemente dejándonos llevar por la naturaleza. Y, hablando de naturaleza, nuestro estómago empezaba a rugir, así que tocaba bajar al centro de la isla, donde se aglutinan los restaurantes. Al ir bajando empezamos a notar el bullicio de la gente, como si hasta entonces hubiéramos estado en plena naturaleza escondidos de la vorágine del mundo real. Íbamos mirando los menús que había, la mayoría orientados a turistas como nosotros, casi todos por la hora que era estaban con bastante comensales. Finalmente nos decantamos por uno, que tenía gente, buena señal, pero que no teníamos que esperar demasiado. Nos trajeron el menú, que también contaba con una traducción en inglés. Hay que destacar que lo más típico de la isla son las ostras, pero realmente he de reconocer que no me gustan demasiado. Recuerdo que Carlos sí que se pidió un plato que llevaba ostras cocinadas y no estaba mal, una cosa es comerlas crudas y otras preparadas con condimento, la cosa cambia mucho. Yo pedí un arroz con
Platos de comida
curry, porque me encanta cómo lo cocinan, y como me había gustado tanto las veces que lo había comido, quería seguir aprovechando la oportunidad de comer el arroz que allí preparan. Carlos esos fideos con ostras que fue muy original, y que, por supuesto, como casi siempre hacemos, compartimos. Después de reponer energía y saciarnos de agua fresquita, la ruta debía continuar.

Nada más salir, Carlos me dijo que el torii seguía con el agua hasta arriba, así que optamos por adentrarnos en el monte y subir a un teleférico, para subir a la cima de la montaña y comprobar las vistas. Esta era una de las rutas que nos habían aconsejado realizar desde la oficina de turismo cuando nos dieron el mapa. La cumbre más alta de la isla consta de 530 metros, es el monte Misen. Es considerado un monte sagrado. Así que fuimos en búsqueda del teleférico,
Vistas desde el teleférico
había que pagar 1000 yenes (casi 10 euros) y si era ida y vuelta 1800 yenes. Nosotros optamos por comprar solamente ida, a Carlos le parecía buena ida después bajar haciendo senderismo de forma tranquila. Tuvimos que hacer algo de cola, tanto para comprar los tickets, que teníamos que pagar, ya que no entraban con el Jipan Raíl Pass, como para subir. Nos tocó subirnos con dos japoneses que serían casi fotógrafos profesionales, porque llevaban unos objetivos que casi nos sacan un ojo, aprovechamos que parecían entender del tema, para que nos hicieran alguna que otra fotografía. Con ellos llegamos a la primera parada del teleférico, estación de Kayadani, allí cambiamos a otro, en el que íbamos con bastante más gente y de pie, y hicimos el tramo final y más corto hasta  la estación de Shishiiwa, de ahí fuimos caminando hasta alcanzar la cima sagrada. Según Carlos había unas vistas increíbles de la Bahía de Miyajima, no solamente del torii, sino de toda la isla, del mar interior de Seto y de los alrededores. Nos sentamos, después de comer siempre entra algo de sueño, además del cansancio acumulado de los días, además a veces apetece sentarse en algún rincón para oír el viento desde lo más alto. Sin embargo, no éramos los únicos que habían tenido esa idea, y esa idea de tranquilidad se esfumó a medida que la gente iba subiendo y se quedaba sentada intercambiando conversaciones, que enturbiaban la calma conseguida tras llegar a lo más alto. Bueno, sin ser una anti social, descansamos, disfrutamos de las vistas, del momento y de estar ahí. Ahora tocaba bajar, y es cuando le decía a Carlos que por qué no habíamos cógido ida y vuelta en teleférico, pero Carlos me decía que valdría la pena, que no teníamos prisa.

Es cierto que no teníamos porque correr, que podríamos realizar el camino de vuelta con tranquilidad, pero nada más dar unos pasos e intentar empezar a bajar, Carlos se dio cuenta de la dificultad que conllevaba ir con una persona con bajo resto visual. Empezamos con unas escaleras, casi sin barandilla, ningún problema: él se pone delante y yo me agarro a sus hombros, en los tramos en que las escaleras eran irregulares, él me iba ayudando como podía. Sin embargo, a mí la inseguridad de no pisar donde debiera, de no ir con un calzado apropiado y de ver lo lenta que iba, me desanimaba. Pronto abandonamos las escaleras, y empezamos a encontrar más dificultades, pero no podíamos volver hacia atrás, estábamos en medio del monte, no pasaba casi nadie y las piedras que resbalaban, las irregularidades del camino y los saltos cada vez eran más complicados.
No quería desanimarme, pero veía que la gente pasaba por nuestro lado como si nada, cuando a mí me costaba un montón dar un paso, porque Carlos me tenía que indicar en qué piedra poner el pie, estar atento. Los dos acabamos sudando y pasándolo muy mal. Y, son en esos momentos, en los que la fiera que hay dentro de ti sale, y dice la típica frase: “Te lo dije” y sí la pronuncié en varias ocasiones, porque le dije que deberíamos haber cogido ida y vuelta en teleférico. Sin embargo, esos instantes de mal rato, cuando superas las adversidades, cuando el tipo pasa, se olvidan fácilmente y te das cuenta de que fue toda una experiencia. Lo complicado, a veces es lo que mejor sabe. Y fue muy difícil, porque pensábamos que nunca íbamos a llegar, porque pasamos por un riachuelo que teníamos que saltar, por tramos resbaladizos, de desnivel, y porque Carlos, sin querer, me metía prisa, y no es que nos fueran a dar un premio por llegar a la meta, si no que iba viendo que esos 5 km eran el doble o el triple conmigo, que íbamos muy lentos y sobre todo que estaba oscureciendo. No es que fuera muy tarde, pero hay que tener en cuenta que era octubre y atardece más temprano, por tanto Carlos no quería que se fuera la luz y nos quedásemos ahí perdidos en el monte. El cansancio, la desesperación y las ganas por tirar la toalla en varias ocasiones se apoderaron de mí, porque lo único que quería era que alguien viniera a rescatarnos. Sin darme cuenta que quien me estaba rescatando de mis temores y de mis dificultades estaba a mí lado. Me pidió mil veces perdón, porque no sabía que el camino iba a ser, y nunca mejor dicho, tan pedregoso. Sin embargo, la alegría que sentí al llegar a suelo firme fue infinita, así que, al llegar mi cara, mi ánimo y mi enfado desapareció. Además de que Carlos estaba más atento de lo normal, complaciendo todos mis detalles, para compensar el mal rato que había pasado. He de reconocer que él también lo paso mal, y no solamente por la culpa, sino porque iba poco a poco y tenía miedo de que me pasase algo. Finalmente, aunque tardamos mucho más que otros transeúntes del camino, logramos vencer aquella senda tan salvaje, a pesar de que tardamos mucho más de lo que nos habían dicho en la oficina de turismo, pero es que, a pesar de sea una buena idea, no lo es tanto si no ves por donde pisas. 

Llegamos de nuevo al centro del pueblo, visitamos algunas tiendas, compramos algunos recuerdos y unos cascabeles. Compramos dos iguales, uno para cada uno, ya que habíamos perdido los que habíamos comprado en Osaka. Fuimos saludando a todos los ciervos que seguían deambulando por ahí, incluso me atreví a tocar a alguno, después de descender de la cima sagrada, ya no me daba miedo nada. Además, cabe decir, que esos ciervos, aparte de estar más que domesticados, no tienen cuernos, parece ser que para no dañar a nadie sin querer o queriendo, se los han debido cortar para que puedan convivir con los turistas que cada día  visitan su hogar: la isla del santuario Itsukushima. Y, para nuestra sorpresa, casi atardeciendo, pudimos acercarnos más al torii flotante, y ya no era tal torii, si no que la marea había bajado tanto, que incluso se podía andar a su lado, y lo mejor para mí: tocar esos altos pilares. Nos quedamos sorprendidos, felices, andando en la arena húmeda, por la que antes había estado bañada de agua salada, ahora la naturaleza hacía que yo pudiera tocar ese famosos símbolo de la isla.  

El torii flotante con baja marea

El torri flotante es muy curioso y muy bonito verlo rodeado de agua, sin embargo, si la marea baja, que suele hacerlo a partir de las tres de la tarde, es una gozada poder pasear por la arena del mar y tocar sus grandes pilares. A mí me daba la sensación de estar bajo una portería, con esos tres palos que significan mucho. En cierta medida, puede dar esa sensación, porque al fin y al cabo es una puerta, una puerta al mundo espiritual. Es muy alto, casi 17 metros de altura. Y los dos grandes pilares, por mucho que intentara abrazarlos eran imposibles, cuenta con un diámetro de 10 metros. La parte superior del gran torii, esa que por su altura no llegamos a tocar, tiene una longitud de 24,4 metros. Esta gran símbolo pesa unas 60 toneladas. Entenderéis que dado que el torii se encuentra gran parte del tiempo bañado por agua salada, sus materiales han sufrido mucho. Aunque, el que tuvimos la suerte de ver y tocar, es la octava vez que ha sido reconstruido, y está ahí desde la última reconstrucción en 1875. Está hecho de madera, una madera natural de alcanfor (que tiene más de 600 años) y se conserva de maravilla. Cuando pasé la mano por una de las bases del torii, pude notar que había incrustaciones del fondo marino, tales como: caracolas, fósiles y musgo. Pero, me gustó notar la sensación de una madera húmeda con historia, con magia, que transmite tanto. A pesar de los años transcurridos, cada día regala al mundo una escena de la naturaleza magnífica, baja y sube la marea ye el gran torii imperceptible a las alteraciones del mar sigue erguido para dar la bienvenida al mundo espiritual a todo aquel que lo contemple.  Dejamos nuestras huellas en la arena mojada, tocamos con intensidad el gran torii, y, por supuesto, nos hicimos bastantes instantáneas para inmortalizar aquel momento. Después nos alejamos, para dejar paso a otros turistas que también querían tener la oportunidad de posar sus manos en aquellas columnas que habían estado enterradas por el mar unas horas antes, y que dentro de unas horas volvería a estarlo. 

Subimos unas pequeñas escaleras que nos separaba de la arena, y vimos un farolillo con mucho encanto, todavía no estaba encendido, pero comenzaba a oscurecer. Aún no era la hora de apagar el telón, así que seguimos paseando, contemplando los ciervos, que ya no estaban tan activos como cuando habíamos llegado, iban buscando un lecho para dormir, aunque a ellos cualquier sitio les iba bien. Aún viendo que había bastantes turistas, querían ver si podrían comer algo que les dieran, nosotros no les dimos nada, más que nada porque no teníamos nada para darles. Seguimos visitando tiendas, y buscamos por el centro la pala de arroz más grande del mundo: O-shakushi. Ésta aparece en la zona más comercial de Miyajima, y en el  mapa que te dan en la oficina de turismo, en la estación del ferry, aparece como un punto para visitar. Esta paleta de arroz tiene 7,7 metros de longitud y 2,7 metros en su punto más ancho. Pesa 2,5 toneladas. La verdad es que es algo curioso de ver, así que si vais, no dudéis en verla, no tenéis que entrar en ningún sitio, y de camino al ferry la veréis mientras paseáis.

No sé exactamente qué hora era, pero debía ser la hora en la que todo el mundo abandonaba la isla, había mucho tránsito de personas de camino al ferry. Así que, antes de embarcar, preferimos sentarnos en un banquito, en el que detrás teníamos un ciervo adormilado en el césped y delante el mar, con el gran torii rojo alumbrando la isla, y el cielo haciendo juego con la gran puesta sagrada. Era un momento relajante, en el que nos dábamos cuenta de dónde estábamos, de lo rápido que pasan de los días y de lo poco que nos quedaba ya por Japón. Así que después de quedarnos pensativos en aquel lugar mágico, decidimos dar un último paseo, hacer las últimas fotos y emprender el camino a Hiroshima.

Había sido un día lleno de emociones, de aventuras, pero sobre todo lleno de momentos que no olvidaremos fácilmente, porque aquella isla tiene algo mágico, que por suerte: lo pudimos comprobar y vivir en primera persona.
Una excursión de un día totalmente recomendable desde Hiroshima. No está muy lejos, y podrás vivir un día totalmente diferente, en el que encontraréis la calma y la magia de una isla con mucho encanto.



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