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Una maleta cargada de ilusiones, aventuras, anécdotas, sorpresas, recuerdos y mucho más…







viernes, 29 de julio de 2016

Relato: El último portazo

EL ÚLTIMO PORTAZO


¡Pum!
El portazo retumbó por toda la casa, haciendo caer un cuadro, el que estaba más cerca del marco de la puerta. Pero, no solamente hizo caer casi los cimientos del edificio, hizo caer los de mi alma. Nunca habíamos acabado tan mal, nunca había habido portazos. Miento, sí que los había habidos, incluso yo misma en alguna ocasión había provocado alguno, por corrientes de aire, por ir con prisas o mil historias, pero ninguno ocasionado por una discusión como la que tuvimos aquel viernes noche. Dar un portazo es zanjar un tema de muy malas maneras, es huir del campo de batalla, es comportase como un adolescente malhumorado.

Aquel viernes noche fue un antes y un después en nuestra relación. Sé que le puse al límite y me culpo de ello, pero yo también estaba a punto de rebosar y lo pagué con él. Hacía tiempo que nuestra relación no funcionaba al cien por cien,  y cualquier excusa era buena para encender la chispa que nos electrocutaba. El día a día hacía de las suyas, y cuando no era porque alguno no recogía la mesa, era porque la basura estaba sin tirar. Incluso llegamos al extremo de pelearnos por abrir la puerta. Las caras de las visitas, al  ver que habíamos tardado tanto en abrir, eran todo un poema, sobre todo al ver las nuestras de pocos amigos. Seguro que pensaban que no queríamos recibirles, suerte que al cabo de unos minutos todo volvía a la normalidad y se sentían, nos sentíamos a gusto, rellenando la estancia de risas y anécdotas.   La rutina, la cotidianeidad, o ves tú a saber, hizo que el amor se fuera apagando y nos convirtiésemos en dos extraños compartiendo piso. El trabajo nos ocupaba muchas horas fuera de casa, poco tiempo para  nosotros, pero, creo que eso simplemente es una excusa, porque cuando estábamos juntos no sabíamos ni de qué hablar, es como si el tiempo se hubiera llevado las cosas en común, las conversaciones y la pasión. Suerte que su carácter no era como el mío y siempre tenía una sonrisa, una broma o cualquier tentempié para amenizar el rato, siempre hacía que las risas flotasen por allá por donde estaba, tenía una relación muy estrecha con el sentido del humor, que hacía que le quitase hierro a todo. Por eso mismo no era muy común que diera portazos, ya digo que no lo había hecho nunca antes hasta esa noche.
Aquel viernes no fue una discusión sobre tareas del hogar, sino que en un afán de egoísmo, al ver que yo estaba en la barrera de los cuarenta y veía que no avanzaba, volví a sacar el tema de arriesgarnos y ser padres. Sé que he dicho que nuestra relación no es que fuera idílica, pero eran cosas tontas las que nos ahogaban, no era nada serio. Necesitábamos un cambio. Además, no era una cuestión que quisiera plantear para solventar nuestras dificultades de pareja, aunque en parte sí. Si quería salvar nuestro matrimonio teníamos que salir de esa rutina, desde que nos habíamos casado, hacía más de diez años, que mi reloj biológico estaba al acecho, siempre he tenido ese instinto maternal, pero él parece que no quisiera ser padre, porque ya era el niño que yo quería tener. Sí, a veces su comportamiento era de niño, a sus 38 años seguía jugando a videojuegos, leyendo cómics y comportándose con una inmadurez típica de un adolescente que no sabe lo que quiere. Sin embargo, lo quería.  
Esa noche estaba tan cabreada con su comportamiento de crío consentido, que me fui a la cama. Sí, no dormí, solamente lloraba en silencio, tragándome esas lágrimas amargas. Dando vueltas en una cama que hasta el día anterior había compartido con él, me sentía sola, abandonaba y tiritaba de frío. Mi orgullo, mi cabezonería, hizo que aunque me muriera de ganas de llamarle para solucionar las cosas, no lo hiciera, pensé que quien tendría que venir arrastrándose como un cobarde que ha escuchado algo que no quería y ha huido era él.  En alguno de esos momentos, entre pensamientos contradictorios, recuerdos y tristeza, me debí dormir. Me desperté sobresaltada por el timbre agudo del móvil que descansaba en mi mesita de noche. 
Aunque dormida, sonreí pensando que habría ganado la batalla, sería él que no se atrevería a venir a casa y querría asegurarse antes de venir. Tantear el terreno, ver cómo estaba, disculparse por su comportamiento y preguntarme si podía venir. No era él, una voz de un hombre desconocido, me preguntó si era la esposa de José Luis Martínez García. Me quedé helada, porque la desilusión de no escuchar su voz se apoderó de mí, además de mil temores se llevaron mi sonrisa. Contesté que así era. Me comunicaron que estaba en el Clínico que había tenido un accidente de tráfico. Cerré los ojos y volvió a resonar el portazo y vi como cogía las llaves de su adorado Seat Ibiza. ¡Mierda! ¡Mierda! Me dijeron que estaba en cuidados intensivos. Me vestí corriendo y fui a verle, a pesar de que había horarios para poder hacerlo. Llegué y no me quedó otra que quedarme en la sala de espera, me encontré con rostros desconocidos, con miradas perdidas, tristes y todos callados. No sé cuál sería mi cara, pero creo que algo similar al resto. Pensé en si llamar a alguien, pero mis padres habían fallecido hacía tiempo, no tenía hermanos y él no se hablaba con sus padres. De todas maneras, salí fuera, me estaba mareando ante ese olor de hospital, ese calor que no sé si era real o solamente estaba en mí. Salí fuera y me fui a dar una vuelta, justamente pasé por un estanco y, a pesar de que hacía cinco años que había dejado de fumar, no me lo pensé y me compré un paquete. El primer cigarro me dio asco, pero nada comparado con la sensación que ya de por sí llevaba conmigo. Después vinieron más y más cigarros que me ayudaban a calmar los nervios. Llamé a amigos, compañeros de trabajo y por último a un primo suyo con quien sí que tenía relación, él podría ser la clave para que la familia se enterase. No sé cómo atiné a llamar a tanta gente, a ser coherente con mis palabras, con la información. Quizás no lo fui. Estaba muy nerviosa, agitada, el corazón me iba a mil. No pude ni derramar una lagrima, no sé si porque no me lo creía, no me lo quería creer, o por haber derramado tantas la noche anterior.  Miré el reloj y me di cuenta que faltaban diez minutos para que abriesen las puertas de la UCI. Entré corriendo, como si me fuera la vida en ello.
¡Pum! 
Nada más entrar, una enfermera estaba preguntando por los familiares de José Luis, fui corriendo hacia donde estaba ella y le dije que era su mujer. Me llevo a un despacho y me hizo sentar, agradezco que lo hiciera, porque no me esperaba esa noticia. Ella hablaba y hablaba y no sé qué me decía, la escuchaba, pero yo parecía drogada, no entendía que me decía. Algo de firmar un papel, pero aunque mi memoria selectiva no recuerde con exactitud las palabras, sé que lo que  me estaba diciendo no era nada bueno.
Ese fin de semana fue el peor de mi vida. El domingo celebramos el funeral. Estaban todos, sus familiares, allegados, compañeros, y todo aquel que había tenido trato con él, era muy querido. Yo no recuerdo nada, porque me dieron muchos sedantes para aguantar el tirón. Mi vecina y mejor amiga, con el paso del tiempo, me ha ido relatando todos los detalles de aquel día, quién fue, qué dijeron, los discursos. Yo soy incapaz de recordar. María dice que alguna gente incomprensiva comentaba que no entendían que no llorase, que estuviera tan fría, tan ajena a la muerte de un marido. No les culpo. Las lágrimas las derramo cada día, cuando entro en casa y veo que estoy sola, que no volverá y, sobre todo, al cerrar la puerta y  escuchar ese portazo. No siento solamente su perdida, me siento culpable de su marcha, porque no fui buena compañera de vida, porque no estuve a su lado, porque me debería haber ido con él. Ahora sé que no seré madre, pero ahora no me preocupa eso.  No podré serlo, porque él era el padre perfecto, el futuro padre de mis hijos, quien, a pesar de su comportamiento algo niño, sabría entenderlo, mimarle y hacerle reír. Ahora ya no estaba para ser padre, ni para jugar, ni para hacerme reír, ni para nada, y todo por un capricho incesante que le puso al límite y estalló.

Hace dos años de aquel viernes y estoy yendo a un psicólogo, quizás para decirle todo lo que no le dije a José Luis, quizás por mi culpabilidad, para desahogarme, y, porque quizás él pueda quitarme ese pum que me viene a la cabeza en esos momentos menos inesperados. Un pum que cambió mi vida y que ahora resuena en mi alma, en mi cabeza, y me desequilibra mi vida. Quizás es él que allá donde esté sigue enfadado conmigo y sigue dando portazos, para que los oiga y me siga acordando de él. 

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