Recobrando un poco de rutina, seguimos haciendo malabares
Después de un verano intenso, diferente y bastante caótico, por fin parece que poco a poco estamos recuperando algo de rutina.
Aunque quizá decir «rutina» todavía sea demasiado.
Porque seguimos aprendiendo a ser cuatro.
Spoiler: todavía estamos aprendiendo.
Y seguimos intentando hacerlo lo mejor posible.
Pero el día 8 empezó el cole.
Y, con él, una pequeña sensación de volver a poner algunas piezas en su sitio.
Un verano diferente
Este verano ha sido nuestro primer verano siendo cuatro.
Y probablemente uno de esos veranos que no olvidaremos fácilmente.
Nara llegó antes de tiempo, pasó sus primeros días en Neonatos y, mientras nosotros intentábamos recuperarnos del susto y adaptarnos a todo lo que había pasado, Aday tuvo que convertirse de repente en hermano mayor.
Las yayas y el casal fueron nuestros grandes salvadores.
Mientras nosotros estábamos entre el hospital, las visitas médicas y la llegada de Nara a casa, Aday seguía con sus excursiones, sus juegos, sus amigos y sus aventuras.
Y eso nos daba mucha tranquilidad.
Él podía seguir siendo Aday mientras nosotros intentábamos aprender a ser cuatro.
Después llegó el verano de verdad.
Y con él, el calor.
Mucho calor.
Demasiado calor.
Este verano no hubo playa
Este verano no hemos pisado la arena de la playa.
Ni hemos dejado que las olas nos acariciaran los pies.
Y no pasa nada.
Este año hacía demasiado calor.
Demasiado para una bebé recién nacida.
Demasiado para un niño que no para quieto.
Y demasiado para unos padres que, sinceramente, ya no podían con mucho más.
Así que Aday se ha tenido que conformar con la piscina.
Y tampoco está tan mal.
La playa tendrá que esperar.
Ya llegará el momento de volver a pasear por la arena, buscar piedras y conchas, hacer castillos y mojarnos los pies en el agua salada.
De dejarnos acariciar por la brisa del mar.
Pero este año tocaba otra cosa.
Tocaba cuidarnos.
Adaptarnos.
Ir más despacio.
Y hacer el verano que podíamos hacer.
Haciendo malabares
Porque ser cuatro también ha sido eso: hacer malabares.
Mientras uno se iba con Aday a la piscina, el otro se quedaba en casa con Nara, que todavía era demasiado pequeña para acompañarnos.
Y luego nos cambiábamos.
Uno con Aday.
El otro con Nara.
Y así íbamos repartiendo el tiempo.
Intentando que Aday siguiera disfrutando de su verano y que Nara tuviera todo lo que necesitaba.
No siempre era fácil.
Pero poco a poco fuimos encontrando nuestra manera.
Una manera un poco improvisada.
Un poco caótica.
Pero nuestra.
Viajar siendo cuatro
Y luego están los viajes en coche.
Porque viajar con un bebé ya tiene lo suyo.
Pero viajar con un bebé, un niño, una perra guía y todo el equipaje de una familia de cuatro es otra historia.
Dos niños, cada uno en su sillita reglamentaria.
Leia.
Su cama y sus cosas.
Las maletas.
Los juguetes de Aday.
El patinete que se engancha al carrito de Nara.
El capazo.
El carrito.
Los biberones.
Y todo aquello que parece imprescindible cuando tienes niños.
El coche acaba pareciendo un Tetris.
Y cuando por fin conseguimos que todo quepa, empieza la segunda parte.
Nara llora.
Y llora.
Y llora.
Está atada a su sillita y no podemos cogerla mientras estamos circulando.
Aday intenta calmarla cantándole a grito pelado.
Yo le hablo desde donde estoy.
Carlos busca ruido blanco en Spotify mientras conduce y la vigila por el espejo que ha colocado para poder verla.
Leia, mientras tanto, ronca tranquilamente a mis pies.
Y yo me río.
Porque, ¿qué otra cosa podemos hacer?
Y entonces nos miramos.
Nos miramos con complicidad.
Nos buscamos.
Nos entendemos sin decir nada.
En medio del caos, de los lloros, de las canciones y del ruido blanco, estamos todos juntos.
Y quizá sean precisamente esos momentos imperfectos los que más nos unen.
No los viajes perfectos.
No las fotos bonitas.
Sino esos pequeños desastres cotidianos que vivimos juntos y que algún día recordaremos con una sonrisa.
Porque, de alguna manera, lo estamos haciendo.
Como podemos.
Juntos.
Y necesitábamos volver un poco a la normalidad
Y después de todo este verano, de todos estos cambios y de tanto caos, llegó un momento en que todos necesitábamos un poco de rutina.
Aday estaba cansado.
Incluso un poco aburrido de tanta improvisación.
Necesitaba volver a sus horarios, a sus amigos, a sus juegos, a su colegio.
Necesitaba recuperar un poco de normalidad.
Y nosotros también.
Porque tener una bebé como Nara, que demanda tanta atención como buena bebé que es, hace que a veces necesitemos también pequeños espacios para respirar.
Así que llegó el día 8.
Primer día de cole.
Y Aday entró contentísimo.
Buscando a todos sus amigos.
Con ganas de reencontrarse con ellos.
Y también de conocer a sus nuevas profesoras.
Y mientras él recuperaba su pequeño mundo, nosotros empezábamos también a recuperar el nuestro.
A tener unos momentos con Nara.
A conocerla un poco más.
A disfrutar de ella sin tener que estar pendientes de todo al mismo tiempo.
No es que de repente tengamos una rutina perfecta.
Ni mucho menos.
Seguimos haciendo malabares.
Seguimos aprendiendo.
Seguimos siendo cuatro.
Pero ahora parece que algunas piezas empiezan a encajar un poquito mejor.
Quizá eso sea la rutina.
No tenerlo todo bajo control.
Sino encontrar pequeños espacios de normalidad dentro del caos.
Y después de este verano, creo que todos necesitábamos un poquito de eso.
Un poco de normalidad.
Un poco de calma.
Y seguir aprendiendo, día a día, a ser cuatro.