2 meses de Nara: una nueva etapa
Hace unos meses estaba preparando cómo volver a abrir este blog. Tenía ideas, viajes pendientes de contar, entradas pensadas y hasta una especie de calendario imaginario de todo lo que quería escribir.
Y entonces llegó ella.
O, mejor dicho, llegó mucho antes de lo que esperábamos y cambió todos los planes.
La vida tiene esa curiosa costumbre de recordarnos que, por mucho que intentemos organizarla, no siempre admite guiones.
Han sido dos meses intensos. De esos en los que los días pasan deprisa y, al mismo tiempo, parecen no acabar nunca. Han sido momentos complicados, de incertidumbre y de aprender a vivir un día cada vez.
Hace unos días, mi prima me dijo una frase muy sencilla: «Todo pasa».
Y quizá eso es precisamente lo que estamos aprendiendo. Que incluso los momentos que parecen interminables terminan pasando y se convierten en parte del camino.
Pero ahora, cuando miro a Nara, cuesta creer todo lo que ha cambiado en tan poco tiempo.
Porque esta pequeña, que decidió llegar antes de tiempo, está creciendo a pasos gigantescos.
Cada día hay algo nuevo: una mirada diferente, un gesto, una forma de reclamar nuestros brazos, una pequeña conquista que hace que nos demos cuenta de que, aunque todavía sea tan pequeña, ella no parece tener ninguna intención de ir despacio.
Y quizá por eso he pensado en una imagen que me acompaña desde hace tiempo: un castillo de naipes.
Vamos colocando las cartas una encima de otra. Con cuidado. Haciendo planes. Imaginando cómo será la siguiente carta y convencidos de que sabemos más o menos cómo queremos construir nuestro castillo.
Hasta que, de repente, una carta se mueve.
Y entonces toca hacer malabares.
A veces una carta cae y parece que todo el castillo va a venirse abajo. Hay momentos en los que no sabes muy bien dónde apoyarte ni cómo colocar la siguiente.
Pero entonces aparecen unas manos que te agarran con el corazón.
Manos que te sostienen cuando tú no puedes.
Y poco a poco vuelves a encontrar fuerzas para sacar otra carta y ponerla en pie.
En nuestro castillo hay muchas cartas.
Está Aday, con sus tres años y medio y toda esa mezcla de hermano mayor, niño pequeño y compañero de aventuras.
Está Carlos.
Está nuestra familia, nuestros amigos, nuestras pequeñas rutinas y todo aquello que, de una manera u otra, nos ayuda a seguir.
Y ahora hay una carta nueva.
Una carta con forma de corazón.
Una carta que se llama Nara.
Y aunque sea pequeñita, tiene una fuerza enorme.
De alguna manera, ella también nos sostiene a nosotros.
Quizá este blog siempre haya sido un poco eso.
Un castillo hecho de cartas.
Al principio puse sobre la mesa los viajes. Después llegaron la accesibilidad, los perros guía, la tecnología, los libros, las canciones, las reflexiones, las historias personales y tantos otros recovecos que fueron apareciendo casi sin planearlo.
Con el tiempo entendí que La maleta de Pili dejó de ser solamente un blog de viajes.
Se convirtió en un lugar donde guardar pedacitos de vida.
Los bonitos.
Los difíciles.
Los inesperados.
Los que queremos recordar y también aquellos que nos enseñan algo aunque no los hubiéramos elegido.
Y aquí estoy otra vez.
Sin prometer que escribiré cada semana.
Sin prometer un calendario perfecto.
Porque ya he aprendido que los planes están muy bien… hasta que una carta decide moverse.
Solo quiero volver a escribir.
Volver a abrir esta maleta.
Encontrar, aunque sean pequeños, esos momentos de refugio que siempre me ha dado escribir.
Quizá no existan los momentos perfectos. Quizá nos empeñamos demasiado en esperarlos, en planificarlos, en pensar que llegará ese momento ideal en el que todo encajará.
Y mientras esperamos, pasan los días, los meses y, sin darnos cuenta, los años.
Así que aquí estoy.
Abriendo una nueva etapa.
Colocando una carta.
Y después otra.
Y otra más.
Hasta volver a encontrar el equilibrio.
Y quizá de eso se trate esta nueva etapa.
De seguir construyendo, aunque no sepamos exactamente qué forma tendrá el castillo.
De abrir de nuevo esta maleta y volver a llenarla de historias.
Y, sobre todo, de seguir escribiendo.
Así que hoy vuelvo a colocar una carta.
La primera de esta nueva etapa.
Y ese as de corazones tiene nombre propio: Nara.
Gracias por desmontarnos la rutina y empujarnos, sin previo aviso, a este dulce caos de la vida.


