La teoría de los seis grados
¿Te ha pasado alguna vez encontrarte con una persona que habías visto en otro ámbito y en otro momento de tu vida y, al verla de nuevo, te resulta familiar, pero no consigues ubicarla? La miras y piensas: «A esta persona yo la conozco de algo…» Hasta que, de repente, todo encaja. La habías conocido en otro lugar, en otra etapa, en otro contexto completamente diferente. Es curioso cómo nuestra cabeza parece colocar a las personas en pequeñas casillas: esta pertenece a aquella época, aquella a aquel trabajo, aquella otra a ese lugar… Por eso, cuando alguien aparece fuera de su escenario habitual, a veces cuesta unos segundos —o unos cuantos minutos— recolocarlo. Y eso me ha hecho pensar últimamente en todas esas conexiones que existen entre nosotros y que muchas veces ni siquiera conocemos.
Hace poco, una amiga viajó a un país situado a unos 20.000 kilómetros de donde vivo yo. Y allí coincidió con alguien que me conoce. Dos personas que, aparentemente, no tendrían ningún motivo para cruzarse y que, sin embargo, terminaron coincidiendo a miles de kilómetros de distancia.
Y cuando pienso en estas cosas no puedo evitar pensar: «¡Qué pequeño es el mundo!». O, como decimos tantas veces: «¡El mundo es un pañuelo!».
Y, por cierto, me ha dado por investigar de dónde viene esta expresión. Porque la utilizamos continuamente, pero pocas veces nos paramos a pensar por qué precisamente un pañuelo. Lo curioso es que no existe una explicación completamente demostrada sobre su origen. El Centro Virtual Cervantes recoge «el mundo es un pañuelo» como una expresión proverbial que utilizamos cuando nos encontramos inesperadamente con alguien, especialmente en un lugar donde no esperábamos encontrarlo. Entre las explicaciones que se han propuesto existe una curiosa hipótesis relacionada con antiguos mapas realizados sobre telas o lienzos: al poder representar el mundo sobre una superficie relativamente pequeña, se habría utilizado la imagen del pañuelo para expresar metafóricamente que el mundo es mucho más pequeño de lo que parece. No es un origen demostrado, pero me gusta la imagen. Porque eso es precisamente lo que sentimos cuando ocurren estas cosas. El mundo, que sobre un mapa parece inmenso, de repente se encoge.
Y no hace falta viajar 20.000 kilómetros para experimentar esa sensación.
Hace poco nos encontramos, aquí mismo, en nuestro barrio, con una persona a la que habíamos conocido en un contexto completamente diferente, alejado de nuestra vida cotidiana. Al principio nos costó ubicarla. Sabíamos que nos resultaba familiar, pero verla allí no terminaba de encajar. Nuestra cabeza la había colocado en otra casilla de nuestra vida: otro lugar, otro momento, otro contexto. Y ahora aparecía allí, en nuestro entorno habitual. Tardamos unos minutos en recolocarla mentalmente y, cuando finalmente caímos en la cuenta, nos quedamos sorprendidos. Porque hay personas que asociamos tanto a una determinada etapa o circunstancia que, cuando aparecen fuera de ese escenario, parece que durante unos instantes no sabemos dónde colocarlas.
Y fue precisamente al juntar estas dos casualidades —una a 20.000 kilómetros y otra a pocos minutos de casa— cuando me acordé de una teoría de la que quizá hayas oído hablar.
¿Habéis escuchado alguna vez hablar de la teoría de los seis grados de separación?
A mí, con estas casualidades que me han ocurrido últimamente, me ha venido a la mente.
La teoría de los seis grados
La idea parte de una pregunta aparentemente sencilla: ¿Cuántas personas nos separan realmente de cualquier otra persona del mundo?
En los años sesenta, el psicólogo social estadounidense Stanley Milgram quiso investigar precisamente esta cuestión. Su investigación se conoció principalmente como el problema del mundo pequeño (small-world problem).
La pregunta era fascinante: si vivimos en un planeta enorme, con millones de personas y distancias enormes entre unos lugares y otros, ¿cómo de conectadas están realmente nuestras redes de relaciones?
Para intentar averiguarlo, Milgram realizó un experimento en Estados Unidos. Pidió a varias personas que hicieran llegar un mensaje a alguien a quien no conocían y que vivía en otra parte del país. Pero había una condición: no podían enviárselo directamente. Tenían que entregárselo a alguien que conocieran personalmente y que pensaran que podía estar más cerca del destinatario.
Esa persona hacía lo mismo con uno de sus conocidos. Y ese conocido, con otro. Y así, de persona en persona, el mensaje iba avanzando. Como si alguien fuera tirando de un hilo invisible.
Lo sorprendente fue que algunas de aquellas cadenas resultaron ser relativamente cortas. De ahí nació la popular idea de los seis grados de separación: que entre dos personas que aparentemente no tienen ninguna relación puede existir una cadena relativamente pequeña de conocidos que las conecta.
Aunque hoy hablamos de «los seis grados», hay un detalle que me parece especialmente curioso: Milgram no llamó originalmente a su investigación «la teoría de los seis grados de separación». La planteó como el «problema del mundo pequeño».
Y, pensándolo bien, el nombre tiene mucho sentido. Porque no se trata de que el mundo sea pequeño físicamente. Se trata de que nuestras redes de relaciones pueden ser mucho más pequeñas de lo que imaginamos.
Tú conoces a alguien. Esa persona conoce a otra. Esa otra conoce a alguien que vive en otra ciudad, en otro país o incluso al otro lado del mundo. Y, de repente, aparece una conexión.
Estas conexiones también las podemos ver hoy en día en las redes sociales. A veces ves que una amistad tuya tiene amigos en común con personas que, a primera vista, pensarías que no tienen absolutamente nada que ver entre ellas. Y te quedas pensando: «¿Y estos de qué se conocerán?». Pero ahí están. Conectados contigo y, a la vez, entre ellos.
Y después de hablar de todas estas conexiones, me he acordado de un libro que leí hace tiempo.
La trenza, de Laetitia Colombani
La novela cuenta la historia de tres mujeres de tres lugares muy diferentes: India, Italia y Canadá. Tres mujeres, tres realidades y tres caminos diferentes que, a primera vista, no tienen nada que ver entre sí.
No se conocen, pero existe una conexión que las une. Un hilo invisible que atraviesa sus vidas.
Quizá por eso me ha venido a la mente esta novela, La trenza, porque a veces esos hilos invisibles hacen que nuestras vidas se unan y terminen formando una trenza, como la del título del libro.
Y ahí radica, para mí, la magia de la vida: en esas conexiones que a veces llegamos a descubrir y otras permanecen ocultas, aunque estén ahí, entrelazadas con nuestra propia historia.
Porque nunca sabemos qué personas van a aparecer en nuestro camino, qué encuentros van a repetirse, qué casualidad nos va a llevar hasta alguien que jamás imaginábamos conocer o qué hilo invisible puede unir nuestra historia con la de otra persona.
Quizá por eso me gustan tanto estas pequeñas casualidades. Porque durante un instante nos recuerdan que, aunque el mundo parezca enorme, tal vez estemos mucho más conectados de lo que pensamos.
Y quizá, la próxima vez que te encuentres con alguien en el lugar más inesperado y pienses «¿pero qué haces tú aquí?», descubras que simplemente acabas de encontrar uno de esos hilos que ya estaba ahí.
Porque el mundo es un pañuelo.
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